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Ante los ataques de algunos, Progresistas, Teólogos y pérdida de fe de algunos Sacerdotes, Obispos y fieles laicos  sobre la Transustanciación y para quienes por su juventud o falta de conocimiento  o instrucción de catecismo desconocen la verdad de la Sagrada Eucaristía, hemos recopilado algunos fragmentos que aclaran, reafirman, instruyen y robustecen la Fe sobre la PRESENCIA REAL DE CRISTO EN LA EUCARISTÍA.

DEL CREDO DEL PUEBLO DE DIOS

 Solemne Profesión de fe que Pablo VI pronunció el 30 de junio de 1968.

Eucaristía

24. Nosotros creemos que la misa que es celebrada por el sacerdote representando la persona de Cristo, en virtud de la potestad recibida por el sacramento del orden, y que es ofrecida por él en nombre de Cristo y de los miembros de su Cuerpo místico, es realmente el sacrificio del Calvario, que se hace sacramentalmente presente en nuestros altares. Nosotros creemos que, como el pan y el vino consagrados por el Señor en la última Cena se convirtieron en su cuerpo y su sangre, que en seguida iban a ser ofrecidos por nosotros en la cruz, así también el pan y el vino consagrados por el sacerdote se convierten en el cuerpo y la sangre de Cristo, sentado gloriosamente en los cielos; y creemos que la presencia misteriosa del Señor bajo la apariencia de aquellas cosas, que continúan apareciendo a nuestros sentidos de la misma manera que antes, es verdadera, real y sustancial[30].

25. En este sacramento, Cristo no puede hacerse presente de otra manera que por la conversión de toda la sustancia del pan en su cuerpo y la conversión de toda la sustancia del vino en su sangre, permaneciendo solamente íntegras las propiedades del pan y del vino, que percibimos con nuestros sentidos. La cual conversión misteriosa es llamada por la Santa Iglesia conveniente y propiamente transustanciación. Cualquier interpretación de teólogos que busca alguna inteligencia de este misterio, para que concuerde con la fe católica, debe poner a salvo que, en la misma naturaleza de las cosas, independientemente de nuestro espíritu, el pan y el vino, realizada la consagración, han dejado de existir, de modo que, el adorable cuerpo y sangre de Cristo, después de ella, están verdaderamente presentes delante de nosotros bajo las especies sacramentales del pan y del vino[31], como el mismo Señor quiso, para dársenos en alimento y unirnos en la unidad de su Cuerpo místico [32].

26. La única e indivisible existencia de Cristo, el Señor glorioso en los cielos, no se multiplica, pero por el sacramento se hace presente en los varios lugares del orbe de la tierra, donde se realiza el sacrificio eucarístico. La misma existencia, después de celebrado el sacrificio, permanece presente en el Santísimo Sacramento, el cual, en el tabernáculo del altar, es como el corazón vivo de nuestros templos. Por lo cual estamos obligados, por obligación ciertamente suavísima, a honrar y adorar en la Hostia Santa que nuestros ojos ven, al mismo Verbo encarnado que ellos no pueden ver, y que, sin embargo, se ha hecho presente delante de nosotros sin haber dejado los cielos.

CARTA
DOMINICAE CENAE
DEL SUMO PONTÍFICE
JUAN PABLO II

A TODOS LOS OBISPOS DE LA IGLESIA
SOBRE EL MISTERIO Y EL CULTO DE LA EUCARISTÍA

Sacrificio

9. La Eucaristía es por encima de todo un sacrificio: sacrificio de la Redención y al mismo tiempo sacrificio de la Nueva Alianza, [46] como creemos y como claramente profesan las Iglesias Orientales: «el sacrificio actual —afirmó hace siglos la Iglesia griega— es como aquél que un día ofreció el Unigénito Verbo encarnado, es ofrecido (hoy como entonces) por El, siendo el mismo y único sacrificio».[47] Por esto, y precisamente haciendo presente este sacrificio único de nuestra salvación, el hombre y el mundo son restituidos a Dios por medio de la novedad pascual de la Redención. Esta restitución no puede faltar: es fundamento de la «alianza nueva y eterna» de Dios con el hombre y del hombre con Dios. Si llegase a faltar, se debería poner en tela de juicio bien sea la excelencia del sacrificio de la Redención que fue perfecto y definitivo, bien sea el valor sacrificial de la Santa Misa. Por tanto la Eucaristía, siendo verdadero sacrificio, obra esa restitución a Dios.

CARTA ENCÍCLICA
MYSTERIUM FIDEI
DE SU SANTIDAD
PABLO VI

SOBRE LA DOCTRINA Y CULTO DE LA SAGRADA EUCARISTÍA

Cristo Señor está presente en el sacramento de la Eucaristía por la transustanciación

6. Mas para que nadie entienda erróneamente este modo de presencia, que supera las leyes de la naturaleza y constituye en su género el mayor de los milagros [50], es necesario escuchar con docilidad la voz de la iglesia que enseña y ora. Esta voz que, en efecto, constituye un eco perenne de la voz de Cristo, nos asegura que Cristo no se hace presente en este sacramento sino por la conversión de toda la sustancia del pan en su cuerpo y de toda la sustancia del vino en su sangre; conversión admirable y singular, que la Iglesia católica justamente y con propiedad llama transustanciación [51]. Realizada la transustanciación, las especies del pan y del vino adquieren sin duda un nuevo significado y un nuevo fin, puesto que ya no son el pan ordinario y la ordinaria bebida, sino el signo de una cosa sagrada, y signo de un alimento espiritual; pero ya por ello adquieren un nuevo significado y un nuevo fin, puesto que contienen una nueva realidad que con razón denominamos ontológica.

Porque bajo dichas especies ya no existe lo que antes había, sino una cosa completamente diversa; y esto no tan sólo por el juicio de la fe de la Iglesia, sino por la realidad objetiva, puesto que, convertida la sustancia o naturaleza del pan y del vino en el cuerpo y en la sangre de Cristo, no queda ya nada del pan y del vino, sino tan sólo las especies: bajo ellas Cristo todo entero está presente en su realidad física, aun corporalmente, pero no a la manera que los cuerpos están en un lugar.

Por ello los Padres tuvieron gran cuidado de advertir a los fieles que, al considerar este augustísimo sacramento creyeran no a los sentidos que se fijan en las propiedades del pan y del vino, sino a las palabras de Cristo, que tienen tal virtud que cambian, transforman, transelementan el pan y el vino en su cuerpo y en su sangre; porque, como más de una vez lo afirman los mismos Padres, la virtud que realiza esto es la misma virtud de Dios omnipotente, que al principio del tiempo creó el universo de la nada.

«Instruido en estas cosas —dice san Cirilo de Jerusalén al concluir su sermón sobre los misterios de la fe— e imbuido de una certísima fe, para lo cual lo que parece pan no es pan, no obstante la sensación del gusto, sino que es el cuerpo de Cristo; y lo que parece vino no es vino, aunque así le parezca al gusto, sino que es la Sangre de Cristo…; confirmar tu corazón y come ese pan como algo espiritual y alegra la faz de tu alma» [52].

E insiste san Juan Crisóstomo: «No es el hombre quien convierte las cosas ofrecidas en el cuerpo y sangre de Cristo, sino el mismo Cristo que por nosotros fue crucificado. El sacerdote, figura de Cristo, pronuncia aquellas palabras, pero su virtud y la gracia son de Dios. Esto es mi cuerpo, dice. Y esta palabra transforma las cosas ofrecidas» [53]. Y con el obispo de Constantinopla Juan, está perfectamente de acuerdo el obispo de Alejandría Cirilo, cuando en su comentario al Evangelio de san Mateo, escribe: «[Cristo], señalando, dijo: Esto es mi cuerpo, y esta es mi sangre, para que no creas que son simples figuras las cosas que se ven, sino que las cosas ofrecidas son transformadas, de manera misteriosa pero realmente por Dios omnipotente, en el cuerpo y en la sangre de Cristo, por cuya participación recibimos la virtud vivificante y santificadora de Cristo» [54].

Y Ambrosio, obispo de Milán, hablando con claridad sobre la conversión eucarística, dice: «Convenzámonos de que esto no es lo que la naturaleza formó, sino lo que la bendición consagró y que la fuerza de la bendición es mayor que la de la naturaleza, porque con la bendición aun la misma naturaleza se cambia». Y queriendo confirmar la verdad del misterio, propone muchos ejemplos de milagros narrados en la Escritura, entre los cuales el nacimiento de Jesús de la Virgen María, y luego, volviéndose a la creación concluye: «Por lo tanto, la palabra de Cristo, que ha podido hacer de la nada lo que no existía, ¿no puede acaso cambiar las cosas que ya existen, en lo que no eran? Pues no es menos dar a las cosas su propia naturaleza, que cambiársela»

CARTA ENCÍCLICA
ECCLESIA DE EUCHARISTIA
DEL SUMO PONTÍFICE
JUAN PABLO II

12. Este aspecto de caridad universal del Sacramento eucarístico se funda en las palabras mismas del Salvador. Al instituirlo, no se limitó a decir « Éste es mi cuerpo », « Esta copa es la Nueva Alianza en mi sangre », sino que añadió « entregado por vosotros… derramada por vosotros » (Lc 22, 19-20). No afirmó solamente que lo que les daba de comer y beber era su cuerpo y su sangre, sino que manifestó su valor sacrificial, haciendo presente de modo sacramental su sacrificio, que cumpliría después en la cruz algunas horas más tarde, para la salvación de todos. « La misa es, a la vez e inseparablemente, el memorial sacrificial en que se perpetúa el sacrificio de la cruz, y el banquete sagrado de la comunión en el Cuerpo y la Sangre del Señor ».(13)

16. La eficacia salvífica del sacrificio se realiza plenamente cuando se comulga recibiendo el cuerpo y la sangre del Señor. De por sí, el sacrificio eucarístico se orienta a la íntima unión de nosotros, los fieles, con Cristo mediante la comunión: le recibimos a Él mismo, que se ha ofrecido por nosotros; su cuerpo, que Él ha entregado por nosotros en la Cruz; su sangre, « derramada por muchos para perdón de los pecados » (Mt 26, 28). Recordemos sus palabras: « Lo mismo que el Padre, que vive, me ha enviado y yo vivo por el Padre, también el que me coma vivirá por mí » (Jn 6, 57). Jesús mismo nos asegura que esta unión, que Él pone en relación con la vida trinitaria, se realiza efectivamente. La Eucaristía es verdadero banquete, en el cual Cristo se ofrece como alimento. Cuando Jesús anuncia por primera vez esta comida, los oyentes se quedan asombrados y confusos, obligando al Maestro a recalcar la verdad objetiva de sus palabras: « En verdad, en verdad os digo: si no coméis la carne del Hijo del hombre, y no bebéis su sangre, no tendréis vida en vosotros » (Jn 6, 53). No se trata de un alimento metafórico: « Mi carne es verdadera comida y mi sangre verdadera bebida » (Jn 6, 55).

17. Por la comunión de su cuerpo y de su sangre, Cristo nos comunica también su Espíritu. Escribe san Efrén: « Llamó al pan su cuerpo viviente, lo llenó de sí mismo y de su Espíritu [...], y quien lo come con fe, come Fuego y Espíritu. [...]. Tomad, comed todos de él, y coméis con él el Espíritu Santo. En efecto, es verdaderamente mi cuerpo y el que lo come vivirá eternamente ».(27)La Iglesia pide este don divino, raíz de todos los otros dones, en la epíclesis eucarística. Se lee, por ejemplo, en la Divina Liturgia de san Juan Crisóstomo: « Te invocamos, te rogamos y te suplicamos: manda tu Santo Espíritu sobre todos nosotros y sobre estos dones [...] para que sean purificación del alma, remisión de los pecados y comunicación del Espíritu Santo para cuantos participan de ellos ».(28) Y, en el Misal Romano, el celebrante implora que: « Fortalecidos con el Cuerpo y la Sangre de tu Hijo y llenos de su Espíritu Santo, formemos en Cristo un sólo cuerpo y un sólo espíritu ».(29) Así, con el don de su cuerpo y su sangre, Cristo acrecienta en nosotros el don de su Espíritu, infundido ya en el Bautismo e impreso como « sello » en el sacramento de la Confirmación.

CAPÍTULO PRIMERO
LOS SACRAMENTOS DE LA INICIACIÓN CRISTIANA

ARTÍCULO 3
EL SACRAMENTO DE LA EUCARISTÍA

1339 Jesús escogió el tiempo de la Pascua para realizar lo que había anunciado en Cafarnaúm: dar a sus discípulos su Cuerpo y su Sangre:

«Llegó el día de los Ázimos, en el que se había de inmolar el cordero de Pascua; [Jesús] envió a Pedro y a Juan, diciendo: “Id y preparadnos la Pascua para que la comamos”[...] fueron [...] y prepararon la Pascua. Llegada la hora, se puso a la mesa con los Apóstoles; y les dijo: “Con ansia he deseado comer esta Pascua con vosotros antes de padecer; porque os digo que ya no la comeré más hasta que halle su cumplimiento en el Reino de Dios” [...] Y tomó pan, dio gracias, lo partió y se lo dio diciendo: Esto es mi cuerpo que va a ser entregado por vosotros; haced esto en recuerdo mío”. De igual modo, después de cenar, tomó el cáliz, diciendo: “Este cáliz es la Nueva Alianza en mi sangre, que va a ser derramada por vosotros”» (Lc 22,7-20; cf Mt 26,17-29; Mc 14,12-25; 1 Co 11,23-26).

1381 «La presencia del verdadero Cuerpo de Cristo y de la verdadera Sangre de Cristo en este sacramento, “no se conoce por los sentidos, dice santo Tomás, sino sólo por la fe , la cual se apoya en la autoridad de Dios”. Por ello, comentando el texto de san Lucas 22, 19: “Esto es mi Cuerpo que será entregado por vosotros”, san Cirilo declara: “No te preguntes si esto es verdad, sino acoge más bien con fe las palabras del Salvador, porque Él, que es la Verdad, no miente”» (MF 18; cf. Santo Tomás de Aquino, Summa theologiae 3, q. 75, a. 1; San Cirilo de Alejandría, Commentarius in Lucam 22, 19)

«Te pedimos humildemente, Dios todopoderoso, que esta ofrenda sea llevada a tu presencia hasta el altar del cielo, por manos de tu ángel, para que cuantos recibimos el Cuerpo y la Sangre de tu Hijo, al participar aquí de este altar, seamos colmados de gracia y bendición» (Plegaria Eucarística I o Canon Romano 96; Misal Romano).

“Tomad y comed todos de él”: la comunión

1384 El Señor nos dirige una invitación urgente a recibirle en el sacramento de la Eucaristía: “En verdad, en verdad os digo: si no coméis la carne del Hijo del hombre, y no bebéis su sangre, no tendréis vida en vosotros” (Jn 6,53).

Resumen

1406 Jesús dijo: “Yo soy el pan vivo, bajado del cielo. Si uno come de este pan, vivirá para siempre [...] El que come mi Carne y bebe mi Sangre, tiene vida eterna [...] permanece en mí y yo en él” (Jn 6, 51.54.56).

1407 La Eucaristía es el corazón y la cumbre de la vida de la Iglesia, pues en ella Cristo asocia su Iglesia y todos sus miembros a su sacrificio de alabanza y acción de gracias ofrecido una vez por todas en la cruz a su Padre; por medio de este sacrificio derrama las gracias de la salvación sobre su Cuerpo, que es la Iglesia.

1408 La celebración eucarística comprende siempre: la proclamación de la Palabra de Dios, la acción de gracias a Dios Padre por todos sus beneficios, sobre todo por el don de su Hijo, la consagración del pan y del vino y la participación en el banquete litúrgico por la recepción del Cuerpo y de la Sangre del Señor: estos elementos constituyen un solo y mismo acto de culto.

1409 La Eucaristía es el memorial de la Pascua de Cristo, es decir, de la obra de la salvación realizada por la vida, la muerte y la resurrección de Cristo, obra que se hace presente por la acción litúrgica.

1410 Es Cristo mismo, sumo sacerdote y eterno de la nueva Alianza, quien, por el ministerio de los sacerdotes, ofrece el sacrificio eucarístico. Y es también el mismo Cristo, realmente presente bajo las especies del pan y del vino, la ofrenda del sacrificio eucarístico.

1411 Sólo los presbíteros válidamente ordenados pueden presidir la Eucaristía y consagrar el pan y el vino para que se conviertan en el Cuerpo y la Sangre del Señor.

1412 Los signos esenciales del sacramento eucarístico son pan de trigo y vino de vid, sobre los cuales es invocada la bendición del Espíritu Santo y el presbítero pronuncia las palabras de la consagración dichas por Jesús en la última cena: “Esto es mi Cuerpo entregado por vosotros [...] Este es el cáliz de mi Sangre…”

1413 Por la consagración se realiza la transubstanciación del pan y del vino en el Cuerpo y la Sangre de Cristo. Bajo las especies consagradas del pan y del vino, Cristo mismo, vivo y glorioso, está presente de manera verdadera, real y substancial, con su Cuerpo, su Sangre, su alma y su divinidad (cf Concilio de Trento: DS 1640; 1651).

1414 En cuanto sacrificio, la Eucaristía es ofrecida también en reparación de los pecados de los vivos y los difuntos, y para obtener de Dios beneficios espirituales o temporales.

1415 El que quiere recibir a Cristo en la Comunión eucarística debe hallarse en estado de gracia. Si uno tiene conciencia de haber pecado mortalmente no debe acercarse a la Eucaristía sin haber recibido previamente la absolución en el sacramento de la Penitencia.

1416 La Sagrada Comunión del Cuerpo y de la Sangre de Cristo acrecienta la unión del comulgante con el Señor, le perdona los pecados veniales y lo preserva de pecados graves. Puesto que los lazos de caridad entre el comulgante y Cristo son reforzados, la recepción de este sacramento fortalece la unidad de la Iglesia, Cuerpo místico de Cristo.

1417 La Iglesia recomienda vivamente a los fieles que reciban la sagrada comunión cuando participan en la celebración de la Eucaristía; y les impone la obligación de hacerlo al menos una vez al año.

1418 Puesto que Cristo mismo está presente en el Sacramento del Altar es preciso honrarlo con culto de adoración. “La visita al Santísimo Sacramento es una prueba de gratitud, un signo de amor y un deber de adoración hacia Cristo, nuestro Señor” (MF).

1419 Cristo, que pasó de este mundo al Padre, nos da en la Eucaristía la prenda de la gloria que tendremos junto a Él: la participación en el Santo Sacrificio nos identifica con su Corazón, sostiene nuestras fuerzas a lo largo del peregrinar de esta vida, nos hace desear la Vida eterna y nos une ya desde ahora a la Iglesia del cielo, a la Santa Virgen María y a todos los santos.

MENSAJE DE REVELACIÓN PRIVADA DICTADO A VISIONARIA CATÓLICA MARÍA DE LA DIVINA MISERICORDIA SOBRE LA EUCARISTÍA:

Martes 14 de abril del 2011

Mi muy querida hija, no te preocupes, estás mejorando, en el tiempo que estás dedicando a la oración a Mí. Ahora, es importante que el hombre entienda, que en orden de acercarse a Mí Corazón, él debe comprender la necesidad, de recibir el sacramento de la Santísima Eucaristía.

Mucha gente, incluyendo otros grupos cristianos, niega Mi presencia real en la Eucaristía. Por qué han decidido negar las promesas que hice en Mi última cena, cuando prometí que les daría Mi carne y sangre como comida y alimento, para sus almas, no está claro. Lo que está claro es que el milagro de la Santa Eucaristía, presente en todos los tabernáculos del mundo, existe hoy y está ahí para llenar sus pobres, mal nutridas y tristes almas, con Mi presencia. Esta presencia les va a fortalecer de manera, que si se pierden de recibirme, una vez que se acostumbren, se sentirán perdidos.

Muchos cristianos ignoran una de las más fundamentales promesas que hice durante Mi crucifixión, en donde Yo estaría presente en el pan y el vino y dejaría una marca permanente, para ayudar a nutrir sus almas. Demasiado razonamiento humano ha significado que Yo, haya sido rechazado, incluso por los cristianos bien intencionados. Estos mismos cristianos no pueden recibir la Santa Eucaristía en su forma verdadera. La Santísima Eucaristía fue dada a todos ustedes, como un gran don para su redención y salvación. Rechazar el hecho de que estoy presente, significa que ustedes están perdiendo gracias especiales, que son parte de un pacto para traerme, incluso, más cerca de sus corazones.

Recuerden que cuando morí por ustedes, para conducirles hacia la vida eterna y la salvación. Recíbanme como la presencia viviente y sus almas se encenderán de formas que ustedes no creerían posibles. Vuelvan a recibir Mi sangre y cuerpo. Déjenme eliminar sus dudas. Este es uno de los más grandes errores que los cristianos han cometido, el negar Mi entrada a sus almas de esta manera. Esto ofende grandemente a Mi Padre Eterno, por el sacrificio involucrado para salvarles. Déjenme traerles Luz y alimento a sus vidas. Estarán más inclinados a aceptar la verdad de Mis enseñanzas, después de que el GRAN AVISO se lleve a cabo.

Recuerden lo que prometí durante Mi última cena, que cuando tomen el pan y el vino, éste será para ustedes Mi Cuerpo y Mi Sangre. Cualquier otra interpretación, será distorsionada por la lógica y el razonamiento humanos. Ahora, entiendan y acepten la verdad.

Su Amante Salvador, Jesucristo

Importancia de los sacramentos – Matrimonio y Primera Comunión
Miércoles 6 de julio del 2011 a las 15:30 hrs.

Mi muy querida y amada hija, ve ahora cómo la fe de Mis hijos, comienza a crecer y florear. Mientras hay mucha oscuridad en el mundo, la Luz de Mis seguidores, se hace más brillante por el día, por la llama del Espíritu Santo, que ha descendido sobre todo el mundo.

Hoy, hija Mía, deseo recordarle a todos Mis seguidores, la importancia de la oración, para aliviar el sufrimiento en el mundo. Sus oraciones están ahora, ayudando a evitar muchos desastres globales predichos. La oración es el más poderoso mitigador y cuando es dicha a favor de otros, entonces serán contestadas.

Mientras estoy feliz con aquellos de fuerte fe, todavía estoy temeroso de aquellos que son adversos a Mi Divina Luz. La verdad. Mucha gente ahora, pasea alrededor del mundo como en un estupor. Nada les trae paz. Nada les trae alegría. Ninguna cantidad de comodidad materia alivia el dolor. Sus almas vacías están perdidas. Por favor, recen por ellos.

Hija Mía, por favor reza por Mi Vicario, el Papa Benedicto, porque él está rodeado por fuerzas masónicas, que están ahora, haciendo esfuerzos para destronarle, estas fuerzas malignas han estado infiltrando Mi Iglesia, desde el Vaticano II y han diluido Mis enseñanzas. Muchas leyes fueron pasadas, las cuales Me ofenden, especialmente la presentación de Mi Santa Eucaristía, por personas laicas. La falta de respeto mostrada a Mí y a Mi Padre Eterno, a través de nuevas leyes, introducidas para facilitar a la sociedad moderna, Me han hecho llorar con tristeza.

La Santísima Eucaristía, debe ser recibida en la lengua y no mancillada por manos humanas, sin embargo esto es precisamente lo que Mis siervos sagrados han hecho. Estas leyes no fueron pasadas por Mí en espíritu. Mis siervos sagrados han sido llevados por un camino, no alineado con las enseñanzas de Mis apóstoles. Hoy día, Mis sacramentos no son tomados muy seriamente, especialmente aquellos que buscan el sacramento del Matrimonio y la primera Santa Comunión.

El voto de matrimonio, es muy serio, recuerden que esto es un sacramento y es hecho en la presencia de Dios Padre. Sin embargo para muchos es todo acerca de materialismo y adornos exteriores. Muchos que reciben el sacramento del Matrimonio, no conocen su importancia, después de esto. Muchos rompen sus votos muy fácilmente. ¿Por qué hacen esto? ¿Por qué fingen, esta Santísima Unión, solo para separarse poco después? Esto es una burla a una de las más importantes uniones bendecidas por la mano de Mi Padre Eterno. Mucha gente, no presta ninguna atención al deseo de Mi Padre, de que ningún hombre podrá separar tal unión, a partir de entonces. Sin embargo mucha gente se divorcia, lo cual es una ley no reconocida por Mi Padre. El divorcio en una manera fácil de huir de sus responsabilidades. Todos los matrimonios son hechos en el Cielo. Ningún hombre puede destruir un matrimonio sin ofender a Mi Padre.

Primera Santa Comunión
Recibir Mi Cuerpo en el Sacramento de la Eucaristía por primera vez, es otro ejemplo de cómo soy burlado. Muchos padres no ponen atención a la importancia de sus hijos, recibiendo el Pan de Vida. Están más preocupados de cuán bien vestidos estén sus hijos, en vez del maravilloso don que están recibiendo. Este don les llevará a ellos a la salvación, sin embargo, el materialismo que rodea el evento, no tiene nada que ver con sus almas. Para Mí, la parte más triste es que a estos pequeños niños, no se les está hablando acerca de Mí. El amor que tengo por los niños pequeños lo abarca todo. Cuando ellos reciben la Santa Eucaristía, en el total conocimiento de lo que están recibiendo, sus almas se vuelven puras. Entre más Me reciban de esta manera, más fuerte será su fe.

Recuerden, sin los sacramentos su fe se debilita. Después de un tiempo, si su alma es privada de Mis bendiciones especiales, se hace latente, toda la fe en Mí y en Mi Padre Eterno, desaparece con el tiempo, con solo un pequeño destello de reconocimiento que enciende de cuando en cuando. Regresen a Mí a través de los sacramentos, muestren respeto por ellos, en la forma en que ustedes están supuestos y verdaderamente sentirán Mi presencia otra vez.

Recuerden, los sacramentos están ahí por una razón, porque son los nutrientes que necesitan en su alma, para la vida eterna. Sin ellos su alma muere.

Les amo a todos. Por favor abrácenme apropiadamente, respetando los sacramentos dados a ustedes, como un don de Dios Padre Todopoderoso.

Su Amante Salvador, Rey de la Humanidad, Jesucristo

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Sacramentum Caritatis

EXHORTACIÓN APOSTÓLICA POSTSINODALSACRAMENTUM CARITATISDEL SANTO PADREBENEDICTO XVI

AL EPISCOPADO, AL CLERO,
A LAS PERSONAS CONSAGRADAS
Y A LOS FIELES LAICOS
SOBRE LA EUCARISTÍA
FUENTE Y CULMEN DE LA VIDA
Y DE LA MISIÓN DE LA IGLESIA

ÍNDICE

Introducción

Alimento de la verdad

Desarrollo del rito eucarístico

Sínodo de los Obispos y Año de la Eucaristía

Objeto de la presente Exhortación

PRIMERA PARTE

EUCARISTÍA, MISTERIO QUE SE HA DE CREER

La fe eucarística de la Iglesia

Santísima Trinidad y Eucaristía

El pan que baja del cielo

Don gratuito de la Santísima Trinidad

Eucaristía: Jesús, el verdadero Cordero inmolado

La nueva y eterna alianza en la sangre del Cordero

Institución de la Eucaristía

Figura transit in veritatem

El Espíritu Santo y la Eucaristía

Jesús y el Espíritu Santo

Espíritu Santo y Celebración eucarística

Eucaristía e Iglesia

Eucaristía, principio causal de la Iglesia

Eucaristía y comunión eclesial

Eucaristía y Sacramentos

Sacramentalidad de la Iglesia

I. Eucaristía e iniciación cristiana

Eucaristía, plenitud de la iniciación cristiana

Orden de los sacramentos de la iniciación

Iniciación, comunidad eclesial y familia

II. Eucaristía y sacramento de la Reconciliación

Su relación intrínseca

Algunas observaciones pastorales

III. Eucaristía y Unción de los enfermos

IV. Eucaristía y sacramento del Orden

In persona Christi capitis

Eucaristía y celibato sacerdotal

Escasez de clero y pastoral vocacional

Gratitud y esperanza

V. Eucaristía y Matrimonio

Eucaristía, sacramento esponsal

Eucaristía y unidad del matrimonio

Eucaristía e indisolubilidad del matrimonio

Eucaristía y escatología

Eucaristía: don al hombre en camino
El banquete escatológico
Oración por los difuntos

Eucaristía y la Virgen María

SEGUNDA PARTE

EUCARISTÍA, MISTERIO QUE SE HA DE CELEBRAR

Lex orandi y lex credendi

Belleza y liturgia


La Celebración
eucarística, obra del «Christus totus»

Christus totus in capite et in corpore

Eucaristía y Cristo resucitado

Ars celebrandi

El Obispo, liturgo por excelencia

Respeto de los libros litúrgicos y de la riqueza de los signos

El arte al servicio de la celebración

El canto litúrgico

Estructura de la celebración eucarística

Unidad intrínseca de la acción litúrgica

Liturgia de la Palabra

Homilía

Presentación de las ofrendas

Plegaria eucarística

Rito de la paz

Distribución y recepción de la eucaristía

Despedida: « Ite, missa est »

Actuosa participatio

Auténtica participación

Participación y ministerio sacerdotal

Celebración eucarística e inculturación

Condiciones personales para una « actuosa participatio »

Participación de los cristianos no católicos

Participación a través de los medios de comunicación social

«Actuosa participatio» de los enfermos

Atención a los presos

Los emigrantes y su participación en la Eucaristía

Las grandes concelebraciones

Lengua latina

Celebraciones eucarísticas en pequeños grupos

La celebración participada interiormente

Catequesis mistagógica

Veneración de la Eucaristía

Adoración y piedad eucarística

Relación intrínseca entre celebración y adoración

Práctica de la adoración eucarística

Formas de devoción eucarística

Lugar del sagrario en la iglesia

TERCERA PARTE

EUCARISTÍA, MISTERIO QUE SE HA DE VIVIR

Forma eucarística de la vida cristiana

El culto espiritual – logiké latreía (Rm 12,1)

Eficacia integradora del culto eucarístico

«Iuxta dominicam viventes» – Vivir según el domingo

Vivir el precepto dominical

Sentido del descanso y del trabajo

Asambleas dominicales en ausencia de sacerdote

Una forma eucarística de la existencia cristiana, la pertenencia eclesial

Espiritualidad y cultura eucarística

Eucaristía y evangelización de las culturas

Eucaristía y fieles laicos

Eucaristía y espiritualidad sacerdotal

Eucaristía y vida consagrada

Eucaristía y transformación moral

Coherencia eucarística

Eucaristía, misterio que se ha de anunciar

Eucaristía y misión

Eucaristía y testimonio

Jesucristo, único Salvador

Libertad de culto


Eucaristía, misterio que se ha de ofrecer al mundo

Eucaristía: pan partido para la vida del mundo

Implicaciones sociales del Misterio eucarístico

El alimento de la verdad y la indigencia del hombre

Doctrina social de la Iglesia

Santificación del mundo y salvaguardia de la creación [

Utilidad de un Compendio eucarístico

Conclusión


INTRODUCCIÓN

1.Sacramento de la caridad,[1] la Santísima Eucaristía es el don que Jesucristo hace
de sí mismo, revelándonos el amor infinito de Dios por cada hombre. En este
admirable Sacramento se manifiesta el amor « más grande », aquel que impulsa a «
dar la vida por los propios amigos » (cf. Jn 15,13). En efecto, Jesús «
los amó hasta el extremo » (Jn 13,1). Con esta expresión, el evangelista
presenta el gesto de infinita humildad de Jesús: antes de morir por nosotros en
la cruz, ciñéndose una toalla, lava los pies a sus discípulos. Del mismo modo,
en el Sacramento eucarístico Jesús sigue amándonos « hasta el extremo », hasta
el don de su cuerpo y de su sangre. ¡Qué emoción debió embargar el corazón de
los Apóstoles ante los gestos y palabras del Señor durante aquella Cena! ¡Qué
admiración ha de suscitar también en nuestro corazón el Misterio eucarístico!

Alimento de la verdad

2. En el Sacramento del altar, el Señor viene al encuentro del hombre, creado a
imagen y semejanza de Dios (cf. Gn 1,27), acompañándole en su camino. En
efecto, en este Sacramento el Señor se hace comida para el hombre hambriento de
verdad y libertad. Puesto que sólo la verdad nos hace auténticamente libres (cf.
Jn
8,36), Cristo se convierte para nosotros en alimento de la Verdad. San
Agustín, con un penetrante conocimiento de la realidad humana, puso de
relieve cómo el hombre se mueve espontáneamente, y no por coacción, cuando se
encuentra ante algo que lo atrae y le despierta el deseo. Así pues, al
preguntarse sobre lo que puede mover al hombre por encima de todo y en lo más
íntimo, el santo obispo exclama: « ¿Ama algo el alma con más ardor que la
verdad? ».[2] En efecto, todo hombre lleva en sí mismo el deseo
indeleble de la verdad última y definitiva. Por eso, el Señor Jesús, « el
camino, la verdad y la vida » (Jn 14,6), se dirige al corazón anhelante
del hombre, que se siente peregrino y sediento, al corazón que suspira por la
fuente de la vida, al corazón que mendiga la Verdad. En efecto, Jesucristo es la
Verdad en Persona, que atrae el mundo hacia sí. « Jesús es la estrella polar de
la libertad humana: sin él pierde su orientación, puesto que sin el conocimiento
de la verdad, la libertad se desnaturaliza, se aísla y se reduce a arbitrio
estéril. Con él, la libertad se reencuentra ».[3] En particular, Jesús
nos enseña en el sacramento de la Eucaristía la verdad del amor, que es
la esencia misma de Dios. Ésta es la verdad evangélica que interesa a cada
hombre y a todo el hombre. Por eso la Iglesia, cuyo centro vital es la
Eucaristía, se compromete constantemente a anunciar a todos, « a tiempo y a
destiempo » (2 Tm 4,2) que Dios es amor.[4] Precisamente porque
Cristo se ha hecho por nosotros alimento de la Verdad, la Iglesia se dirige al
hombre, invitándolo a acoger libremente el don de Dios.

Desarrollo del rito eucarístico

3. Al observar la historia bimilenaria de la Iglesia de Dios, guiada por la
sabia acción del Espíritu Santo, admiramos llenos de gratitud cómo se han
desarrollado ordenadamente en el tiempo las formas rituales con que conmemoramos
el acontecimiento de nuestra salvación. Desde las diversas modalidades de los
primeros siglos, que resplandecen aún en los ritos de las antiguas Iglesias de
Oriente, hasta la difusión del rito romano; desde las indicaciones claras del
Concilio de Trento y del Misal de san Pío V hasta la renovación litúrgica
establecida por el Concilio Vaticano II: en cada etapa de la historia de la
Iglesia, la celebración eucarística, como fuente y culmen de su vida y misión,
resplandece en el rito litúrgico con toda su riqueza multiforme. La XI Asamblea
General Ordinaria del Sínodo de los Obispos, celebrada del 2 al 23 de octubre de
2005 en el Vaticano, ha manifestado un profundo agradecimiento a Dios por esta
historia, reconociendo en ella la guía del Espíritu Santo. En particular, los
Padres sinodales han constatado y reafirmado el influjo benéfico que ha tenido
para la vida de la Iglesia la reforma litúrgica puesta en marcha a partir del
Concilio Ecuménico Vaticano II.[5] El Sínodo de los Obispos ha tenido
la posibilidad de valorar cómo ha sido su recepción después de la cumbre
conciliar. Los juicios positivos han sido muy numerosos. Se han constatado
también las dificultades y algunos abusos cometidos, pero que no oscurecen el
valor y la validez de la renovación litúrgica, la cual tiene aún riquezas no
descubiertas del todo. En concreto, se trata de leer los cambios indicados por
el Concilio dentro de la unidad que caracteriza el desarrollo histórico del rito
mismo, sin introducir rupturas artificiosas.[6]

Sínodo de los Obispos y Año de la Eucaristía

4. Además, se ha de poner de relieve la relación del reciente Sínodo de los
Obispos sobre la Eucaristía con lo ocurrido en los últimos años en la vida de la
Iglesia. Ante todo, hemos de pensar en el Gran Jubileo de 2000, con el cual mi
querido Predecesor, el Siervo de Dios Juan Pablo II, ha introducido la Iglesia
en el tercer milenio cristiano. El Año Jubilar se ha caracterizado
indudablemente por un fuerte sentido eucarístico. No se puede olvidar que el
Sínodo de los Obispos ha estado precedido, y en cierto sentido también
preparado, por el Año de la Eucaristía, establecido con gran amplitud de miras
por Juan Pablo II para toda la Iglesia. Dicho Año, iniciado con el Congreso
Eucarístico Internacional de Guadalajara (México), en octubre de 2004, se
concluyó el 23 de octubre de 2005, al final de la XI Asamblea Sinodal, con la
canonización de cinco Beatos que se han distinguido especialmente por la piedad
eucarística: el Obispo Józef Bilczewski, los presbíteros Cayetano Catanoso,
Segismundo Gorazdowski, Alberto Hurtado Cruchaga y el religioso capuchino Félix
de Nicosia. Gracias a las enseñanzas expuestas por Juan Pablo II en la Carta
apostólica
Mane nobiscum Domine
,[7] y a las valiosas sugerencias
de la Congregación para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos,[8]
las diócesis y las diversas entidades eclesiales han emprendido numerosas
iniciativas para despertar y acrecentar en los creyentes la fe eucarística, para
mejorar la dignidad de las celebraciones y promover la adoración eucarística,
así como para animar una solidaridad efectiva que, partiendo de la Eucaristía,
llegara a los pobres. Finalmente, es necesario mencionar la importancia de la
última Encíclica de mi venerado Predecesor,
Ecclesia de Eucharistia
,[9]
con la que nos ha dejado una segura referencia magisterial sobre la doctrina
eucarística y un último testimonio del lugar central que este divino Sacramento
tenía en su vida.

Objeto de la presente Exhortación

5. Esta Exhortación apostólica postsinodal se propone retomar la riqueza
multiforme de reflexiones y propuestas surgidas en la reciente Asamblea General
del Sínodo de los Obispos —desde los Lineamenta hasta las
Propositiones
, incluyendo el Instrumentum laboris, las Relationes
ante et post disceptationem,
las intervenciones de los Padres sinodales, de
los auditores y de los hermanos delegados—, con la intención de
explicitar algunas líneas fundamentales de acción orientadas a suscitar en la
Iglesia nuevo impulso y fervor por la Eucaristía. Consciente del vasto
patrimonio doctrinal y disciplinar acumulado a través de los siglos sobre este
Sacramento,[10] en el presente documento deseo sobre todo recomendar,
teniendo en cuenta el voto de los Padres sinodales,[11] que el pueblo
cristiano profundice en la relación entre el Misterio eucarístico, el
acto litúrgico
y el nuevo culto espiritual que se deriva de la
Eucaristía como sacramento de la caridad. En esta perspectiva, deseo
relacionar la presente Exhortación con mi primera Carta encíclica
Deus
caritas est
, en la que he hablado varias veces del sacramento de la
Eucaristía para subrayar su relación con el amor cristiano, tanto respecto a
Dios como al prójimo: « el Dios encarnado nos atrae a todos hacia sí. Se
entiende, pues, que el agapé se haya convertido también en un nombre de
la Eucaristía: en ella el agapé de Dios nos llega corporalmente para
seguir actuando en nosotros y por nosotros ».[12]

PRIMERA PARTE

EUCARISTÍA,

MISTERIO QUE SE HA DE CREER

«Éste es el trabajo que Dios quiere:

que creáis en el que él ha enviado» (Jn
6,29)

La fe eucarística de la Iglesia

6. « Este es el Misterio de la fe ». Con esta expresión, pronunciada
inmediatamente después de las palabras de la consagración, el sacerdote proclama
el misterio celebrado y manifiesta su admiración ante la conversión sustancial
del pan y el vino en el cuerpo y la sangre del Señor Jesús, una realidad que
supera toda comprensión humana. En efecto, la Eucaristía es « misterio de la fe
» por excelencia: « es el compendio y la suma de nuestra fe ».[13] La
fe de la Iglesia es esencialmente fe eucarística y se alimenta de modo
particular en la mesa de la Eucaristía. La fe y los sacramentos son dos aspectos
complementarios de la vida eclesial. La fe que suscita el anuncio de la Palabra
de Dios se alimenta y crece en el encuentro de gracia con el Señor resucitado
que se produce en los sacramentos: « La fe se expresa en el rito y el rito
refuerza y fortalece la fe ».[14] Por eso, el Sacramento del altar está
siempre en el centro de la vida eclesial; « gracias a la Eucaristía, la Iglesia
renace siempre de nuevo ».[15] Cuanto más viva es la fe eucarística en
el Pueblo de Dios, tanto más profunda es su participación en la vida eclesial a través
de la adhesión consciente a la misión que Cristo ha confiado a sus discípulos.
La historia misma de la Iglesia es testigo de ello. Toda gran reforma está
vinculada de algún modo al redescubrimiento de la fe en la presencia eucarística
del Señor en medio de su pueblo.

Santísima Trinidad y Eucaristía

El pan que baja del cielo

7. La primera realidad de la fe eucarística es el misterio mismo de Dios, el
amor trinitario. En el diálogo de Jesús con Nicodemo encontramos una expresión
iluminadora a este respecto: « Tanto amó Dios al mundo, que entregó a su Hijo
único, para que no perezca ninguno de los que creen en él, sino que tengan vida
eterna. Porque Dios no mandó a su hijo al mundo para condenar al mundo, sino
para que el mundo se salve por él » (Jn 3,16-17). Estas palabras muestran
la raíz última del don de Dios. En la Eucaristía, Jesús no da « algo », sino a
sí mismo; ofrece su cuerpo y derrama su sangre. Entrega así toda su vida,
manifestando la fuente originaria de este amor divino. Él es el Hijo eterno que
el Padre ha entregado por nosotros. En el Evangelio escuchamos también a Jesús
que, después de haber dado de comer a la multitud con la multiplicación de los
panes y los peces, dice a sus interlocutores que lo habían seguido hasta la
sinagoga de Cafarnaúm: « Es mi Padre el que os da el verdadero pan del cielo.
Porque el pan de Dios es el que baja del cielo y da la vida al mundo » (Jn
6,32-33); y llega a identificarse él mismo, la propia carne y la propia sangre,
con ese pan: « Yo soy el pan vivo que ha bajado del cielo: el que coma de este
pan vivirá para siempre. Y el pan que yo daré es mi carne, para la vida del
mundo » (Jn 6,51). Jesús se manifiesta así como el Pan de vida, que el
Padre eterno da a los hombres.

Don gratuito de la Santísima Trinidad

8. En la Eucaristía se revela el designio de amor que guía toda la historia de
la salvación (cf. Ef 1,10; 3,8-11). En ella, el Deus Trinitas, que
en sí mismo es amor (cf. 1 Jn 4,7-8), se une plenamente a nuestra
condición humana. En el pan y en el vino, bajo cuya apariencia Cristo se nos
entrega en la cena pascual (cf. Lc 22,14-20; 1 Co 11,23-26), nos
llega toda la vida divina y se comparte con nosotros en la forma del Sacramento.
Dios es comunión perfecta de amor entre el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo.
Ya en la creación, el hombre fue llamado a compartir en cierta medida el aliento
vital de Dios (cf. Gn 2,7). Pero es en Cristo muerto y resucitado, y en
la efusión del Espíritu Santo que se nos da sin medida (cf. Jn 3,34),
donde nos convertimos en verdaderos partícipes de la intimidad divina.[16]
Jesucristo, pues, « que, en virtud del Espíritu eterno, se ha ofrecido a Dios
como sacrificio sin mancha » (Hb 9,14), nos comunica la misma vida divina
en el don eucarístico. Se trata de un don absolutamente gratuito, que se debe
sólo a las promesas de Dios, cumplidas por encima de toda medida. La Iglesia,
con obediencia fiel, acoge, celebra y adora este don. El « misterio de la fe »
es misterio del amor trinitario, en el cual, por gracia, estamos llamados a
participar. Por tanto, también nosotros hemos de exclamar con san Agustín: « Ves
la Trinidad si ves el amor ».[17]

Eucaristía: Jesús,

el verdadero Cordero inmolado

La nueva y eterna alianza en la sangre del Cordero

9. La misión para la que Jesús vino a nosotros llega a su cumplimiento
en el Misterio pascual. Desde lo alto de la cruz, donde atrae todo hacia sí (cf.
Jn
12,32), antes de « entregar el espíritu » dice: « Todo está cumplido » (Jn
19,30). En el misterio de su obediencia hasta la muerte, y una muerte de cruz
(cf. Flp 2,8), se ha cumplido la nueva y eterna alianza. La libertad de
Dios y la libertad del hombre se han encontrado definitivamente en su carne
crucificada, en un pacto indisoluble y válido para siempre. También el pecado
del hombre ha sido expiado una vez por todas por el Hijo de Dios (cf. Hb
7,27; 1 Jn 2,2; 4,10). Como he tenido ya oportunidad de decir: « En su
muerte en la cruz se realiza ese ponerse Dios contra sí mismo, al entregarse
para dar nueva vida al hombre y salvarlo: esto es el amor en su forma más
radical ».[18] En el Misterio pascual se ha realizado verdaderamente
nuestra liberación del mal y de la muerte. En la institución de la Eucaristía,
Jesús mismo habló de la « nueva y eterna alianza », estipulada en su sangre
derramada (cf. Mt 26,28; Mc 14,24; Lc 22,20). Esta meta
última de su misión era ya bastante evidente al comienzo de su vida pública. En
efecto, cuando a orillas del Jordán Juan Bautista ve venir a Jesús, exclama: «
Éste es el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo » (Jn
1,19). Es significativo que la misma expresión se repita cada vez que celebramos
la santa Misa, con la invitación del sacerdote para acercarse a comulgar: « Éste
es el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo. Dichosos los
invitados a la cena del Señor ». Jesús es el verdadero cordero pascual
que se ha ofrecido espontáneamente a sí mismo en sacrificio por nosotros,
realizando así la nueva y eterna alianza. La Eucaristía contiene en sí esta
novedad radical, que se nos propone de nuevo en cada celebración.[19]

Institución de la Eucaristía

10. De este modo llegamos a reflexionar sobre la institución de la Eucaristía en
la última Cena. Sucedió en el contexto de una cena ritual con la que se
conmemoraba el acontecimiento fundamental del pueblo de Israel: la liberación de
la esclavitud de Egipto. Esta cena ritual, relacionada con la inmolación de los
corderos (Ex 12,1- 28.43-51), era conmemoración del pasado, pero, al
mismo tiempo, también memoria profética, es decir, anuncio de una liberación
futura. En efecto, el pueblo había experimentado que aquella liberación no había
sido definitiva, puesto que su historia estaba todavía demasiado marcada por la
esclavitud y el pecado. El memorial de la antigua liberación se abría así a la
súplica y a la esperanza de una salvación más profunda, radical, universal y
definitiva. Éste es el contexto en el cual Jesús introduce la novedad de su don.
En la oración de alabanza, la Berakah, da gracias al Padre no sólo por
los grandes acontecimientos de la historia pasada, sino también por la propia «
exaltación ». Al instituir el sacramento de la Eucaristía, Jesús anticipa e
implica el Sacrificio de la cruz y la victoria de la resurrección. Al mismo
tiempo, se revela como el verdadero cordero inmolado, previsto en el
designio del Padre desde la creación del mundo, como se lee en la primera
Carta de San Pedro
(cf. 1,18-20). Situando en este contexto su don, Jesús
manifiesta el sentido salvador de su muerte y resurrección, misterio que se
convierte en el factor renovador de la historia y de todo el cosmos. En efecto,
la institución de la Eucaristía muestra cómo aquella muerte, de por sí violenta
y absurda, se ha transformado en Jesús en un supremo acto de amor y de
liberación definitiva del mal para la humanidad.

Figura transit in veritatem

11. De este modo Jesús inserta su novum radical dentro de la antigua cena
sacrificial judía. Para nosotros los cristianos, ya no es necesario repetir
aquella cena. Como dicen con precisión los Padres, figura transit in
veritatem
: lo que anunciaba realidades futuras, ahora ha dado paso a la
verdad misma. El antiguo rito ya se ha cumplido y ha sido superado
definitivamente por el don de amor del Hijo de Dios encarnado. El alimento de la
verdad, Cristo inmolado por nosotros, dat… figuris terminum.[20]
Con el mandato « Haced esto en conmemoración mía » (cf. Lc 22,19;
1 Co
11,25), nos pide corresponder a su don y representarlo
sacramentalmente. Por tanto, el Señor expresa con estas palabras, por decirlo
así, la esperanza de que su Iglesia, nacida de su sacrificio, acoja este don,
desarrollando bajo la guía del Espíritu Santo la forma litúrgica del Sacramento.
En efecto, el memorial de su total entrega no consiste en la simple repetición
de la última Cena, sino propiamente en la Eucaristía, es decir, en la novedad
radical del culto cristiano. Jesús nos ha encomendado así la tarea de participar
en su « hora ». « La Eucaristía nos adentra en el acto oblativo de Jesús. No
recibimos solamente de modo pasivo el Logos encarnado, sino que nos implicamos en
la dinámica de su entrega ».[21]) Él « nos atrae hacia sí ».[22]
La conversión sustancial del pan y del vino en su cuerpo y en su sangre
introduce en la creación el principio de un cambio radical, como una forma de «
fisión nuclear », por usar una imagen bien conocida hoy por nosotros, que se
produce en lo más íntimo del ser; un cambio destinado a suscitar un proceso de
transformación de la realidad, cuyo término último será la transfiguración del
mundo entero, el momento en que Dios será todo para todos (cf. 1 Co
15,28).


El Espíritu Santo y la Eucaristía

Jesús y el Espíritu Santo

12. Con su palabra, y con el pan y el vino, el Señor mismo nos ha ofrecido los
elementos esenciales del culto nuevo. La Iglesia, su Esposa, está llamada a
celebrar día tras día el banquete eucarístico en conmemoración suya. Introduce
así el sacrificio redentor de su Esposo en la historia de los hombres y lo hace
presente sacramentalmente en todas las culturas. Este gran misterio se celebra
en las formas litúrgicas que la Iglesia, guiada por el Espíritu Santo,
desarrolla en el tiempo y en los diversos lugares.[23] A este propósito
es necesario despertar en nosotros la conciencia del papel decisivo que
desempeña el Espíritu Santo en el desarrollo de la forma litúrgica y en la
profundización de los divinos misterios. El Paráclito, primer don para los
creyentes,[24] que actúa ya en la creación (cf. Gn 1,2), está
plenamente presente en toda la vida del Verbo encarnado; en efecto, Jesucristo
fue concebido por la Virgen María por obra del Espíritu Santo (cf. Mt
1,18; Lc 1,35); al comienzo de su misión pública, a orillas del Jordán,
lo ve bajar sobre sí en forma de paloma (cf. Mt 3,16 y par.); en este
mismo Espíritu actúa, habla y se llena de gozo (cf. Lc 10,21), y por Él
se ofrece a sí mismo (cf. Hb 9,14). En los llamados « discursos de
despedida » recopilados por Juan, Jesús establece una clara relación entre el
don de su vida en el misterio pascual y el don del Espíritu a los suyos (cf.
Jn
16,7). Una vez resucitado, llevando en su carne las señales de la pasión,
Él infunde el Espíritu (cf. Jn 20,22), haciendo a los suyos partícipes de
su propia misión (cf. Jn 20,21). Será el Espíritu quien enseñe después a
los discípulos todas las cosas y les recuerde todo lo que Cristo ha dicho (cf.
Jn
14,26), porque corresponde a Él, como Espíritu de la verdad (cf. Jn
15,26), guiarlos hasta la verdad completa (cf. Jn 16,13). En el relato de
los Hechos, el Espíritu desciende sobre los Apóstoles reunidos en oración
con María el día de Pentecostés (cf. 2,1-4), y los anima a la misión de anunciar
a todos los pueblos la buena noticia. Por tanto, Cristo mismo, en virtud de la
acción del Espíritu, está presente y operante en su Iglesia, desde su centro
vital que es la Eucaristía.

Espíritu Santo y Celebración eucarística

13. En este horizonte se comprende el papel decisivo del Espíritu Santo en la
Celebración eucarística y, en particular, en lo que se refiere a la
transustanciación. Todo ello está bien documentado en los Padres de la Iglesia.
San Cirilo de Jerusalén, en sus Catequesis, recuerda que nosotros «
invocamos a Dios misericordioso para que mande su Santo Espíritu sobre las
ofrendas que están ante nosotros, para que Él convierta el pan en cuerpo de
Cristo y el vino en sangre de Cristo. Lo que toca el Espíritu Santo es
santificado y transformado totalmente ».[25] También san Juan
Crisóstomo hace notar que el sacerdote invoca el Espíritu Santo cuando celebra
el Sacrificio[26]: como Elías —dice—, el ministro invoca el Espíritu
Santo para que, « descendiendo la gracia sobre la víctima, se enciendan por ella
las almas de todos ».[27] Es muy necesario para la vida espiritual de
los fieles que tomen más clara conciencia de la riqueza de la anáfora:
junto con las palabras pronunciadas por Cristo en la última Cena, contiene la epíclesis, como invocación al Padre para que haga descender el don del Espíritu
a fin de que el pan y el vino se conviertan en el cuerpo y la sangre de
Jesucristo, y para que « toda la comunidad sea cada vez más cuerpo de Cristo ».[28]
El Espíritu, que invoca el celebrante sobre los dones del pan y el vino puestos
sobre el altar, es el mismo que reúne a los fieles « en un sólo cuerpo »,
haciendo de ellos una oferta espiritual agradable al Padre.[29]

Eucaristía e Iglesia

Eucaristía, principio causal de la Iglesia

14. Por el Sacramento eucarístico Jesús incorpora a los fieles a su propia «
hora »; de este modo nos muestra la unión que ha querido establecer entre Él y
nosotros, entre su persona y la Iglesia. En efecto, Cristo mismo, en el
sacrificio de la cruz, ha engendrado a la Iglesia como su esposa y su cuerpo.
Los Padres de la Iglesia han meditado mucho sobre la relación entre el origen de
Eva del costado de Adán mientras dormía (cf. Gn 2,21-23) y de la nueva
Eva, la Iglesia, del costado abierto de Cristo, sumido en el sueño de la muerte:
del costado traspasado, dice Juan, salió sangre y agua (cf. Jn 19,34),
símbolo de los sacramentos.[30] Contemplar « al que atravesaron » (Jn
19,37) nos lleva a considerar la unión causal entre el sacrificio de Cristo, la
Eucaristía y la Iglesia. En efecto, la Iglesia « vive de la Eucaristía ».[31]
Ya que en ella se hace presente el sacrificio redentor de Cristo, se tiene que
reconocer ante todo que « hay un influjo causal de la Eucaristía en los orígenes
mismos de la Iglesia ».[32] La Eucaristía es Cristo que se nos entrega,
edificándonos continuamente como su cuerpo. Por tanto, en la sugestiva
correlación entre la Eucaristía que edifica la Iglesia y la Iglesia que hace a
su vez la Eucaristía,[33] la primera afirmación expresa la causa
primaria: la Iglesia puede celebrar y adorar el misterio de Cristo presente en
la Eucaristía precisamente porque el mismo Cristo se ha entregado antes a ella
en el sacrificio de la Cruz. La posibilidad que tiene la Iglesia de « hacer » la
Eucaristía tiene su raíz en la donación que Cristo le ha hecho de sí mismo.
Descubrimos también aquí un aspecto elocuente de la fórmula de san Juan: « Él
nos ha amado primero » (1Jn 4,19). Así, también nosotros confesamos en
cada celebración la primacía del don de Cristo. En definitiva, el influjo causal
de la Eucaristía en el origen de la Iglesia revela la precedencia no sólo
cronológica sino también ontológica del habernos « amado primero ». Él es quien
eternamente nos ama primero.

Eucaristía y comunión eclesial

15. La Eucaristía es, pues, constitutiva del ser y del actuar de la Iglesia. Por
eso la antigüedad cristiana designó con las mismas palabras Corpus Christi
el Cuerpo nacido de la Virgen María, el Cuerpo eucarístico y el Cuerpo
eclesial de Cristo.[34] Este dato, muy presente en la tradición, ayuda
a aumentar en nosotros la conciencia de que no se puede separar a Cristo de la
Iglesia. El Señor Jesús, ofreciéndose a sí mismo en sacrificio por nosotros,
anunció eficazmente en su donación el misterio de la Iglesia. Es
significativo que en la segunda plegaria eucarística, al invocar al Paráclito,
se formule de este modo la oración por la unidad de la Iglesia: « que el
Espíritu Santo congregue en la unidad a cuantos participamos del Cuerpo y Sangre
de Cristo
». Este pasaje permite comprender bien que la res del
Sacramento eucarístico incluye la unidad de los fieles en la comunión eclesial.
La Eucaristía se muestra así en las raíces de la Iglesia como misterio de
comunión.[35]

Ya en su Encíclica
Ecclesia de Eucharistia
, el siervo de Dios Juan Pablo
II llamó la atención sobre la relación entre Eucaristía y communio. Se
refirió al memorial de Cristo como la « suprema manifestación sacramental de la
comunión en la Iglesia ».[36] La unidad de la comunión eclesial se
revela concretamente en las comunidades cristianas y se renueva en el acto
eucarístico que las une y las diferencia en Iglesias particulares, « in
quibus et ex quibus una et unica Ecclesia catholica exsistit
».[37]
Precisamente la realidad de la única Eucaristía que se celebra en cada diócesis
en torno al propio Obispo nos permite comprender cómo las mismas Iglesias
particulares subsisten in y ex Ecclesia. En efecto, « la unicidad
e indivisibilidad del Cuerpo eucarístico del Señor implica la unicidad de su
Cuerpo místico, que es la Iglesia una e indivisible. Desde el centro eucarístico
surge la necesaria apertura de cada comunidad celebrante, de cada Iglesia
particular: del dejarse atraer por los brazos abiertos del Señor se sigue la
inserción en su Cuerpo, único e indiviso ».[38] Por este motivo, en la
celebración de la Eucaristía cada fiel se encuentra en su Iglesia, es
decir, en la Iglesia de Cristo. En esta perspectiva eucarística, comprendida
adecuadamente, la comunión eclesial se revela una realidad católica por su propia
naturaleza.[39] Subrayar esta raíz eucarística de la comunión
eclesial puede contribuir también eficazmente al diálogo ecuménico con las
Iglesias y con las Comunidades eclesiales que no están en plena comunión con la
Sede de Pedro. En efecto, la Eucaristía establece objetivamente un fuerte
vínculo de unidad entre la Iglesia católica y las Iglesias ortodoxas que han
conservado la auténtica e íntegra naturaleza del misterio de la Eucaristía. Al
mismo tiempo, el relieve dado al carácter eclesial de la Eucaristía puede
convertirse también en elemento privilegiado en el diálogo con las Comunidades
nacidas de la Reforma.[40]

Eucaristía y sacramentos

Sacramentalidad de la Iglesia

16. El Concilio Vaticano II recordó que « los demás sacramentos, como
también todos los ministerios eclesiales y las obras de apostolado, están unidos
a la Eucaristía y a ella se ordenan. La sagrada Eucaristía, en efecto, contiene
todo el bien espiritual de la Iglesia, es decir, Cristo mismo, nuestra Pascua y
Pan vivo que, por su carne vivificada y vivificante por el Espíritu Santo, da
vida a los hombres.. Así, los
hombres son invitados y llevados a ofrecerse a sí mismos, sus trabajos y todas
las cosas creadas junto con Cristo ».[41] Esta relación íntima de la
Eucaristía con los otros sacramentos y con la existencia cristiana se comprende
en su raíz cuando se contempla el misterio de la Iglesia como sacramento.[42]
A este propósito, el Concilio Vaticano II afirma que « La Iglesia es en Cristo
como un sacramento o signo e instrumento de la unión íntima con Dios y de la
unidad de todo el género humano ».[43] Ella, como dice san Cipriano, en
cuanto « pueblo convocado por el unidad del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo
»,[44] es sacramento de la comunión trinitaria.

El hecho de que la Iglesia sea « sacramento universal de salvación »[45]
muestra cómo la « economía » sacramental determina en último término el modo
cómo Cristo, único Salvador, mediante el Espíritu llega a nuestra existencia en
sus circunstancias específicas. La Iglesia se recibe y al mismo tiempo
se expresa
en los siete sacramentos, mediante los cuales la gracia de Dios
influye concretamente en los fieles para que toda su vida, redimida por Cristo,
se convierta en culto agradable a Dios. En esta perspectiva, deseo subrayar aquí
algunos elementos, señalados por los Padres sinodales, que pueden ayudar a
comprender la relación de todos los sacramentos con el misterio eucarístico.

I. Eucaristía e iniciación cristiana

Eucaristía, plenitud de la iniciación cristiana

17. Puesto que la Eucaristía es verdaderamente fuente y culmen de la vida y de
la misión de la Iglesia, el camino de iniciación cristiana tiene como punto de
referencia la posibilidad de acceder a este sacramento. A este respecto, como
han dicho los Padres sinodales, hemos de preguntarnos si en nuestras comunidades
cristianas se percibe de manera suficiente el estrecho vínculo que hay entre el
Bautismo, la Confirmación y la Eucaristía.[46] En efecto, nunca debemos
olvidar que somos bautizados y confirmados en orden a la Eucaristía. Esto
requiere el esfuerzo de favorecer en la acción pastoral una comprensión más
unitaria del proceso de iniciación cristiana. El sacramento del Bautismo,
mediante el cual nos configuramos con Cristo,[47] nos incorporamos a la
Iglesia y nos convertimos en hijos de Dios, es la puerta para todos los
sacramentos. Con él se nos integra en el único Cuerpo de Cristo (cf. 1 Co
12,13), pueblo sacerdotal. Sin embargo, la participación en el Sacrificio
eucarístico perfecciona en nosotros lo que nos ha sido dado en el Bautismo. Los
dones del Espíritu se dan también para la edificación del Cuerpo de Cristo (cf.
1 Co
12) y para un mayor testimonio evangélico en el mundo.[48] Así
pues, la santísima Eucaristía lleva la iniciación cristiana a su plenitud y es
como el centro y el fin de toda la vida sacramental.[49]

Orden de los sacramentos de la iniciación

18. A este respeto es necesario prestar atención al tema del orden de los
Sacramentos de la iniciación. En la Iglesia hay tradiciones diferentes. Esta
diversidad se manifiesta claramente en las costumbres eclesiales de Oriente,[50]
y en la misma praxis occidental por lo que se refiere a la iniciación de los
adultos,[51] a diferencia de la de los niños.[52] Sin embargo,
no se trata propiamente de diferencias de orden dogmático, sino de carácter
pastoral. Concretamente, es necesario verificar qué praxis puede efectivamente
ayudar mejor a los fieles a poner de relieve el sacramento de la Eucaristía como
aquello a lo que tiende toda la iniciación. En estrecha colaboración con los
competentes Dicasterios de la Curia Romana, las Conferencias Episcopales han de
verificar la eficacia de los actuales procesos de iniciación, para ayudar cada
vez más al cristiano a madurar con la acción educadora de nuestras comunidades,
y a asumir en su vida una impronta auténticamente eucarística, que le
haga capaz de dar razón de su propia esperanza de modo adecuado en nuestra época
(cf. 1 P 3,15).

Iniciación, comunidad eclesial y familia

19. Se ha de tener siempre presente que toda la iniciación cristiana es un
camino de conversión, que se debe recorrer con la ayuda de Dios y en constante
referencia a la comunidad eclesial, ya sea cuando es el adulto mismo quien
solicita entrar en la Iglesia, como ocurre en los lugares de primera
evangelización y en muchas zonas secularizadas, o bien cuando son los padres los
que piden los Sacramentos para sus hijos. A este respecto, deseo llamar la
atención de modo especial sobre la relación que hay entre iniciación cristiana y
familia. En la acción pastoral se tiene que asociar siempre la familia cristiana
al itinerario de iniciación. Recibir el Bautismo, la Confirmación y acercarse
por primera vez a la Eucaristía, son momentos decisivos no sólo para la persona
que los recibe sino también para toda la familia, la cual ha de ser ayudada en
su tarea educativa por la comunidad eclesial, con la participación de sus
diversos miembros.[53] Quisiera subrayar aquí la importancia de la
primera Comunión. Para muchos fieles este día queda grabado en la memoria, con
razón, como el primer momento en que, aunque de modo todavía inicial, se percibe
la importancia del encuentro personal con Jesús. La pastoral parroquial debe valorar adecuadamente esta ocasión tan significativa.

II.
Eucaristía y sacramento de la Reconciliación

Su relación intrínseca

20. Los Padres sinodales han afirmado que el amor a la Eucaristía lleva también
a apreciar cada vez más el sacramento de la Reconciliación.[54] Debido
a la relación entre estos sacramentos, una auténtica catequesis sobre el sentido
de la Eucaristía no puede separarse de la propuesta de un camino penitencial
(cf. 1 Co 11,27-29). Efectivamente, como se constata en la actualidad,
los fieles se encuentran inmersos en una cultura que tiende a borrar el sentido
del pecado,[55] favoreciendo una actitud superficial que lleva a
olvidar la necesidad de estar en gracia de Dios para acercarse dignamente a la
Comunión sacramental.[56] En realidad, perder la conciencia de pecado
comporta siempre también una cierta superficialidad en la forma de comprender el
amor mismo de Dios. Ayuda mucho a los fieles recordar aquellos elementos que,
dentro del rito de la santa Misa, expresan la conciencia del propio pecado y al
mismo tiempo la misericordia de Dios.[57] Además, la relación entre la
Eucaristía y la Reconciliación nos recuerda que el pecado nunca es algo
exclusivamente individual; siempre comporta también una herida para la comunión
eclesial, en la que estamos insertados por el Bautismo. Por esto la
Reconciliación, como dijeron los Padres de la Iglesia, es laboriosus quidam
baptismus
,[58] subrayando de esta manera que el resultado del
camino de conversión supone el restablecimiento de la plena comunión eclesial,
expresada al acercarse de nuevo a la Eucaristía.[59]

Algunas observaciones pastorales

21. El Sínodo ha recordado que es cometido pastoral del Obispo promover en su
propia diócesis una firme recuperación de la pedagogía de la conversión que nace
de la Eucaristía, y fomentar entre los fieles la confesión frecuente. Todos los
sacerdotes deben dedicarse con generosidad, empeño y competencia a la
administración del sacramento de la Reconciliación.[60] A este
propósito, se debe procurar que los confesionarios de nuestras iglesias estén
bien visibles y sean expresión del significado de este Sacramento. Pido a los
Pastores que vigilen atentamente sobre la celebración del sacramento de la
Reconciliación, limitando la praxis de la absolución general exclusivamente a
los casos previstos,[61] siendo la celebración personal la única forma
ordinaria.[62] Frente a la necesidad de redescubrir el perdón
sacramental, debe haber siempre un Penitenciario [63] en todas
las diócesis. En fin, una praxis equilibrada y profunda de la indulgencia,
obtenida para sí o para los difuntos, puede ser una ayuda válida para una nueva
toma de conciencia de la relación entre Eucaristía y Reconciliación. Con la
indulgencia se gana « la remisión ante Dios de la pena temporal por los pecados,
ya perdonados en lo referente a la culpa ».[64] El recurso a las
indulgencias nos ayuda a comprender que sólo con nuestras fuerzas no podremos
reparar el mal realizado y que los pecados de cada uno dañan a toda la
comunidad; por otra parte, la práctica de la indulgencia, que, además de
la doctrina de los méritos infinitos de Cristo, implica la de la comunión de los santos,
enseña « la íntima unión con que estamos vinculados a Cristo, y la gran
importancia que tiene para los demás la vida sobrenatural de cada uno ».[65]
Esta práctica de la indulgencia puede ayudar eficazmente a los fieles en el
camino de conversión y a descubrir el carácter central de la Eucaristía en la
vida cristiana, ya que las condiciones que prevé su misma forma incluye el
acercarse a la confesión y a la comunión sacramental.

III.
Eucaristía y Unción de los enfermos

22. Jesús no solamente envió a sus discípulos a curar a los enfermos (cf.
Mt 10,8; Lc 9,2; 10,9), sino que instituyó también para ellos
un sacramento específico: la Unción de los enfermos.[66] La Carta de
Santiago
atestigua ya la existencia de este gesto sacramental en la primera
comunidad cristiana (cf. St 5,14-16). Si la Eucaristía muestra cómo los
sufrimientos y la muerte de Cristo se han transformado en amor, la Unción de los
enfermos, por su parte, asocia al que sufre al ofrecimiento que Cristo ha hecho
de sí para la salvación de todos, de tal manera que él también pueda, en el
misterio de la comunión de los santos, participar en la redención del mundo. La
relación entre estos sacramentos se manifiesta, además, en el momento en que se
agrava la enfermedad: « A los que van a dejar esta vida, la Iglesia ofrece,
además de la Unción de los enfermos, la Eucaristía como viático ».[67]
En el momento de pasar al Padre, la comunión con el Cuerpo y la Sangre de Cristo
se manifiesta como semilla de vida eterna y potencia de resurrección: « El que
come mi carne y bebe mi sangre tiene vida eterna, y yo lo resucitaré en el
último día » (Jn 6,54). Puesto que el santo Viático abre al enfermo la
plenitud del misterio pascual, es necesario asegurarle su recepción.[68])
La atención y el cuidado pastoral de los enfermos redunda sin duda en beneficio
espiritual de toda la comunidad, sabiendo que lo que hayamos hecho al más
pequeño se lo hemos hecho a Jesús mismo (cf. Mt 25,40).

IV.
Eucaristía y sacramento del Orden

In persona Christi capitis

23. La relación intrínseca entre Eucaristía y sacramento del Orden se desprende
de las mismas palabras de Jesús en el Cenáculo: « haced esto en conmemoración
mía » (Lc 22,19). En efecto, la víspera de su muerte, Jesús instituyó la
Eucaristía y fundó al mismo tiempo el sacerdocio de la nueva Alianza. Él
es sacerdote, víctima y altar: mediador entre Dios Padre y el pueblo (cf. Hb
5,5-10), víctima de expiación (cf. 1 Jn 2,2; 4,10) que se ofrece a sí
mismo en el altar de la cruz. Nadie puede decir « esto es mi cuerpo » y « éste
es el cáliz de mi sangre » si no es en el nombre y en la persona de Cristo,
único sumo sacerdote de la nueva y eterna Alianza (cf. Hb 8-9). El Sínodo
de los Obispos en otras asambleas trató ya el tema del sacerdocio ordenado,
tanto por lo que se refiere a la identidad del ministerio[69] como a la
formación de los candidatos.[70] Ahora, a la luz del diálogo tenido en
la última Asamblea sinodal, creo oportuno recordar algunos valores sobre la
relación entre la Eucaristía y el Orden. Ante todo, se ha de reafirmar que el
vínculo entre el Orden sagrado y la Eucaristía se hace visible precisamente en
la Misa presidida por el Obispo o el presbítero en la persona de Cristo como
cabeza
.

La doctrina de la Iglesia considera la ordenación sacerdotal condición
imprescindible para la celebración válida de la Eucaristía.[71] En
efecto, « en el servicio eclesial del ministerio ordenado es Cristo mismo quien
está presente en su Iglesia como Cabeza de su cuerpo, Pastor de su rebaño, sumo
sacerdote del sacrificio redentor ».[72] Ciertamente, el ministro
ordenado « actúa también en nombre de toda la Iglesia cuando presenta a Dios la
oración de la Iglesia y sobre todo cuando ofrece el sacrificio eucarístico ».[73]
Es necesario, por tanto, que los sacerdotes sean conscientes de que nunca deben
ponerse ellos mismos o sus opiniones en el primer plano de su ministerio, sino a
Jesucristo. Todo intento de ponerse a sí mismos como protagonistas de la acción
litúrgica contradice la identidad sacerdotal. Antes que nada, el sacerdote es
servidor y tiene que esforzarse continuamente en ser signo que, como dócil
instrumento en sus manos, se refiere a Cristo. Esto se expresa particularmente
en la humildad con la que el sacerdote dirige la acción litúrgica, obedeciendo y
correspondiendo con el corazón y la mente al rito, evitando todo lo que pueda
dar precisamente la sensación de un protagonismo suyo inoportuno. Recomiendo, por
tanto, al clero que profundice cada vez más en la conciencia de su propio ministerio
eucarístico como un humilde servicio a Cristo y a su Iglesia. El sacerdocio,
como decía san Agustín, es amoris officium,[74] es el oficio del
buen pastor, que da la vida por las ovejas (cf. Jn 10,14-15).

Eucaristía y celibato sacerdotal

24. Los Padres sinodales han querido subrayar que el sacerdocio ministerial
requiere, mediante la Ordenación, la plena configuración con Cristo. Respetando
la praxis y las diferentes tradiciones orientales, es necesario reafirmar el
sentido profundo del celibato sacerdotal, considerado con razón como una
riqueza inestimable y confirmado por la praxis oriental de elegir como obispos
sólo entre los que viven el celibato, y que tiene en gran estima la opción por
el celibato que hacen numerosos presbíteros. En efecto, esta opción del
sacerdote es una expresión peculiar de la entrega que lo configura con Cristo y
de la entrega exclusiva de sí mismo por el Reino de Dios.[75] El hecho
de que Cristo mismo, sacerdote para siempre, viviera su misión hasta el
sacrificio de la cruz en estado de virginidad es el punto de referencia seguro
para entender el sentido de la tradición de la Iglesia latina a este respecto.
Así pues, no basta con comprender el celibato sacerdotal en términos meramente
funcionales. En realidad, representa una especial configuración con el estilo de
vida del propio Cristo. Dicha opción es ante todo esponsal; es una
identificación con el corazón de Cristo Esposo que da la vida por su Esposa.
Junto con la gran tradición eclesial, con el Concilio Vaticano II[76] y
con los Sumos Pontífices predecesores míos,[77] reafirmo la belleza y
la importancia de una vida sacerdotal vivida en el celibato, como signo que
expresa la dedicación total y exclusiva a Cristo, a la Iglesia y al Reino de
Dios, y confirmo por tanto su carácter obligatorio para la tradición latina. El
celibato sacerdotal, vivido con madurez, alegría y entrega, es una grandísima
bendición para la Iglesia y para la sociedad misma.

Escasez de clero y pastoral vocacional

25. A propósito del vínculo entre el sacramento del Orden y la Eucaristía, el
Sínodo reflexionó sobre la preocupación que ocasiona en muchas diócesis la
escasez de sacerdotes. Esto no sólo ocurre en algunas zonas de primera
evangelización, sino también en muchos países de larga tradición cristiana.
Ciertamente, una distribución del clero más equitativa favorecería la solución del
problema. Es preciso, además, hacer un trabajo de sensibilización capilar. Los
Obispos han de implicar a los Institutos de Vida consagrada y a las nuevas
realidades eclesiales en las necesidades pastorales, respetando su carisma
propio, y pedir a todos los miembros del clero una mayor disponibilidad para
servir a la Iglesia allí dónde sea necesario, aunque comporte sacrificio.[78]
En el Sínodo se ha discutido también sobre las iniciativas pastorales que se han
de emprender para favorecer, sobre todo en los jóvenes, la apertura interior a
la vocación sacerdotal. Esta situación no se puede solucionar con simples
medidas pragmáticas. Se ha de evitar que los Obispos, movidos por comprensibles
preocupaciones por la falta de clero, omitan un adecuado discernimiento
vocacional y admitan a la formación específica, y a la ordenación, candidatos
sin los requisitos necesarios para el servicio sacerdotal.[79] Un clero
no suficientemente formado, admitido a la ordenación sin el debido
discernimiento, difícilmente podrá ofrecer un testimonio adecuado para suscitar
en otros el deseo de corresponder con generosidad a la llamada de Cristo. La
pastoral vocacional, en realidad, tiene que implicar a toda la comunidad
cristiana en todos sus ámbitos.[80] Obviamente, en este trabajo
pastoral capilar se incluye también la acción de sensibilización de las
familias, a menudo indiferentes si no contrarias incluso a la hipótesis de la
vocación sacerdotal. Que se abran con generosidad al don de la vida y eduquen a
los hijos a ser disponibles ante la voluntad de Dios. En síntesis, hace falta
sobre todo tener la valentía de proponer a los jóvenes la radicalidad del
seguimiento de Cristo, mostrando su atractivo.

Gratitud y esperanza

26. Es necesario tener mayor fe y esperanza en la iniciativa divina. Aunque en
algunas regiones haya escasez de clero, nunca debe faltar la confianza en que
Cristo seguirá suscitando hombres que, dejando cualquier otra ocupación, se
dediquen totalmente a la celebración de los sagrados misterios, a la predicación
del Evangelio y al ministerio pastoral. Deseo aprovechar esta ocasión para dar
las gracias, en nombre de la Iglesia entera, a todos los Obispos y presbíteros
que desempeñan fielmente su propia misión con dedicación y entrega.
Naturalmente, el agradecimiento de la Iglesia se dirige también a los diáconos, a
los cuales se les imponen las manos « no para el sacerdocio sino para el servicio
».[81] Como ha recomendado la Asamblea del Sínodo, expreso un
agradecimiento especial a los presbíteros fidei donum, que con
competencia y generosa dedicación, sin escatimar energías en el servicio a la
misión de la Iglesia, edifican la comunidad anunciando la Palabra de Dios y
partiendo el Pan de Vida.[82] Por
último, hay que dar gracias a Dios por
tantos sacerdotes que han sufrido hasta el sacrificio de la propia vida por
servir a Cristo. En ellos se ve de manera elocuente lo que significa ser
sacerdote hasta el fin. Se trata de testimonios conmovedores que pueden
impulsar a muchos jóvenes a seguir a Cristo y a dar su vida por los demás,
encontrando así la vida verdadera.

V. Eucaristía y Matrimonio

Eucaristía, sacramento esponsal

27. La Eucaristía, sacramento de la caridad, muestra una
relación particular con
el amor entre el hombre y la mujer unidos en matrimonio. Profundizar en esta
relación es una necesidad propia de nuestro tiempo.[83] El Papa Juan
Pablo II afirmó en numerosas ocasiones el carácter esponsal de la
Eucaristía y su relación peculiar con el sacramento del Matrimonio: « La
Eucaristía es el sacramento de nuestra redención. Es el sacramento del Esposo,
de la Esposa ».[84] Por otra parte, « toda la vida cristiana está
marcada por el amor esponsal de Cristo y de la Iglesia. Ya el Bautismo, que
introduce
en el Pueblo de Dios, es un misterio nupcial. Es, por así decirlo, como el baño
de bodas que precede al banquete de bodas, la Eucaristía ».[85] La
Eucaristía corrobora de manera inagotable la unidad y el amor indisolubles de
cada Matrimonio cristiano. En él, por medio del sacramento, el vínculo conyugal
se encuentra intrínsecamente ligado a la unidad eucarística entre Cristo esposo
y la Iglesia esposa (cf. Ef 5,31-32). El consentimiento recíproco que
marido y mujer se dan en Cristo, y que los constituye en comunidad de vida y
amor, tiene también una dimensión eucarística. En efecto, en la teología
paulina, el amor esponsal es signo sacramental del amor de Cristo a su Iglesia,
un amor que alcanza su punto culminante en la Cruz, expresión de sus « nupcias »
con la humanidad y, al mismo tiempo, origen y centro de la Eucaristía. Por eso,
la Iglesia manifiesta una cercanía espiritual particular a todos los que han
fundado sus familias en el sacramento del Matrimonio.[86] La familia —iglesia doméstica[87]— es un ámbito primario de la vida de la Iglesia,
especialmente por el papel decisivo respecto a la educación cristiana de los
hijos.[88] En este contexto, el Sínodo ha recomendado también destacar
la misión singular de la mujer en la familia y en la sociedad, una misión que
debe ser defendida, salvaguardada y promovida.[89] Ser esposa y madre
es una realidad imprescindible que nunca debe ser menospreciada.

Eucaristía y unidad del matrimonio

28. Precisamente a la luz de esta relación intrínseca entre matrimonio, familia
y Eucaristía se pueden considerar algunos problemas pastorales. El vínculo fiel,
indisoluble y exclusivo que une a Cristo con la Iglesia, y que tiene su
expresión sacramental en la Eucaristía, se corresponde con el dato antropológico
originario según el cual el hombre debe estar unido de modo definitivo a una
sola mujer y viceversa (cf. Gn 2,24; Mt 19,5). En este orden de
ideas, el Sínodo de los Obispos ha afrontado el tema de la praxis pastoral
respecto a quien, proviniendo de culturas en que se practica la poligamia, se
encuentra con el anuncio del Evangelio. A quienes se hallan en dicha situación, y
se abren a la fe cristiana, se les debe ayudar a integrar su proyecto humano en
la novedad radical de Cristo. En el proceso del catecumenado, Cristo los asiste
en su condición específica y los llama a la plena verdad del amor a través de
las renuncias necesarias, con vistas a la comunión eclesial perfecta. La Iglesia
los acompaña con una pastoral llena de comprensión y también de firmeza,[90]
sobre todo enseñándoles la luz de los misterios cristianos que se refleja en la
naturaleza y los afectos humanos.

Eucaristía e indisolubilidad del matrimonio

29. Puesto que la Eucaristía expresa el amor irreversible de Dios en Cristo por
su Iglesia, se entiende por qué ella requiere, en relación con el sacramento del
Matrimonio, esa indisolubilidad a la que aspira todo verdadero amor.[91]
Por tanto, está más que justificada la atención pastoral que el Sínodo ha dedicado
a las situaciones dolorosas en que se encuentran no pocos fieles que, después
de haber celebrado el sacramento del Matrimonio, se han divorciado y contraído
nuevas nupcias. Se trata de un problema pastoral difícil y complejo, una
verdadera plaga en el contexto social actual, que afecta de manera creciente
incluso a los ambientes católicos. Los Pastores, por amor a la verdad, están
obligados a discernir bien las diversas situaciones, para ayudar espiritualmente
de modo adecuado a los fieles implicados.[92] El Sínodo de los Obispos
ha confirmado la praxis de la Iglesia, fundada en la Sagrada Escritura (cf.
Mc
10,2-12), de no admitir a los sacramentos a los divorciados casados de
nuevo, porque su estado y su condición de vida contradicen objetivamente esa
unión de amor entre Cristo y la Iglesia que se significa y se actualiza en la
Eucaristía. Sin embargo, los divorciados vueltos a casar, a pesar de su
situación, siguen perteneciendo a la Iglesia, que los sigue con especial
atención, con el deseo de que, dentro de lo posible, cultiven un estilo de vida
cristiano mediante la participación en la santa Misa, aunque sin comulgar, la
escucha de la Palabra de Dios, la Adoración eucarística, la oración, la
participación en la vida comunitaria, el diálogo con un sacerdote de confianza o
un director espiritual, la entrega a obras de caridad, de penitencia, y la tarea
de educar a los hijos.

Donde existan dudas legítimas sobre la validez del Matrimonio sacramental
contraído, se debe hacer todo lo necesario para averiguar su fundamento. Es
preciso también asegurar, con pleno respeto del derecho canónico,[93]
que haya tribunales eclesiásticos en el territorio, su carácter pastoral, así
como su correcta y pronta actuación.[94] En cada diócesis ha de haber
un número suficiente de personas preparadas para el adecuado funcionamiento de
los tribunales eclesiásticos. Recuerdo que « es una obligación grave hacer que
la actividad institucional de la Iglesia en los tribunales sea cada vez más
cercana a los fieles ».[95] Sin embargo, se ha de evitar que la
preocupación pastoral sea interpretada como una contraposición con el derecho.
Más bien se debe partir del presupuesto de que el amor por la verdad es
el punto de encuentro fundamental entre el derecho y la pastoral: en efecto, la
verdad nunca es abstracta, sino que « se integra en el itinerario humano y
cristiano de cada fiel ».[96] Por esto, cuando no se reconoce la
nulidad del vínculo matrimonial y se dan las condiciones objetivas que hacen la
convivencia irreversible de hecho, la Iglesia anima a estos fieles a esforzarse
por vivir su relación según las exigencias de la ley de Dios, como amigos, como
hermano y hermana; así podrán acercarse a la mesa eucarística, según las
disposiciones previstas por la praxis eclesial. Para que semejante camino sea
posible y produzca frutos, debe contar con la ayuda de los pastores y con
iniciativas eclesiales apropiadas, evitando en todo caso la bendición de estas
relaciones, para que no surjan confusiones entre los fieles sobre del valor del
matrimonio.[97]

Debido a la complejidad del contexto cultural en que vive la Iglesia en muchos
países, el Sínodo recomienda tener el máximo cuidado pastoral en la formación de
los novios y en la verificación previa de sus convicciones sobre los compromisos
irrenunciables para la validez del sacramento del Matrimonio. Un discernimiento
serio sobre este punto podrá evitar que los dos jóvenes, movidos por impulsos
emotivos o razones superficiales, asuman responsabilidades que luego no sabrían
respetar.[98] El bien que la Iglesia y toda la sociedad esperan del
Matrimonio, y de la familia fundada en él, es demasiado grande como para no
ocuparse a fondo de este ámbito pastoral específico. Matrimonio y familia son
instituciones que deben ser promovidas y protegidas de cualquier equívoco
posible sobre su auténtica verdad, porque el daño que se les hace provoca de
hecho una herida a la convivencia humana como tal.

Eucaristía y escatología

Eucaristía: don al hombre en camino

30. Si es cierto que los sacramentos son una realidad propia de la Iglesia
peregrina en el tiempo[99] hacia la plena manifestación de la victoria
de Cristo resucitado, también es igualmente cierto que, especialmente en la
liturgia eucarística, se nos da a pregustar el cumplimiento escatológico hacia
el cual se encamina todo hombre y toda la creación (cf. Rm 8,19 ss.). El
hombre ha sido creado para la felicidad eterna y verdadera, que sólo el amor de
Dios puede dar. Pero nuestra libertad herida se perdería si no fuera posible
experimentar, ya
desde ahora, algo del cumplimiento futuro. Por otra parte, todo
hombre, para poder caminar en la dirección correcta, necesita ser orientado hacia
la meta final. Esta meta última, en realidad, es el mismo Cristo Señor, vencedor
del pecado y la muerte, que se nos hace presente de modo especial en la
Celebración eucarística. De este modo, aún siendo todavía como « extranjeros y
forasteros » (1 P 2,11) en este mundo, participamos ya por la fe de la
plenitud de la vida resucitada. El banquete eucarístico, revelando su dimensión
fuertemente escatológica, viene en ayuda de nuestra libertad en camino.

El banquete escatológico

31. Reflexionando sobre este misterio, podemos decir que, con su venida, Jesús
se puso en relación con la expectativa del pueblo de Israel, de toda la
humanidad y, en el fondo, de la creación misma. Con el don de sí mismo, inauguró objetivamente el tiempo escatológico. Cristo
vino para congregar
al Pueblo de Dios disperso (cf. Jn 11,52), manifestando claramente la
intención de reunir la comunidad de la alianza, para llevar a cumplimiento las
promesas que Dios hizo a los antiguos padres (cf. Jr 23,3; 31,10; Lc
1,55.70). En la llamada de los Doce, que tiene una clara relación con las doce
tribus de Israel, y en el mandato que les dio en la última Cena, antes de su
Pasión redentora, de celebrar su memorial, Jesús ha manifestado que quería
trasladar a toda la comunidad fundada por Él la tarea de ser, en la historia,
signo e instrumento de esa reunión escatológica, iniciada en Él. Así pues, en
cada Celebración eucarística se realiza sacramentalmente la reunión escatológica
del Pueblo de Dios. El banquete eucarístico es para nosotros anticipación real
del banquete final, anunciado por los profetas (cf. Is 25,6-9) y descrito
en el Nuevo Testamento como « las bodas del cordero » (Ap 19,7-9), que se
ha de celebrar en la alegría de la comunión de los santos.[100]

Oración por los difuntos

32. La Celebración eucarística, en la que anunciamos la muerte del Señor,
proclamamos su resurrección, en la espera de su venida, es prenda de la gloria
futura en la que serán glorificados también nuestros cuerpos. La esperanza de la
resurrección de la carne y la posibilidad de encontrarnos de nuevo, cara a cara,
con
quienes nos han precedido en el signo de la fe, se fortalece en nosotros
mediante la celebración del Memorial de nuestra salvación. En esta perspectiva,
junto con los Padres sinodales, quisiera recordar a todos los fieles la
importancia de la oración de sufragio por los difuntos, y en particular la
celebración de santas Misas por ellos,[101] para que, una vez
purificados, lleguen a la visión beatífica de Dios. Al descubrir la dimensión
escatológica que tiene la Eucaristía, celebrada y adorada, se nos ayuda en
nuestro camino y se nos conforta con la esperanza de la gloria (cf. Rm
5,2; Tt 2,13).

Eucaristía y la Virgen María

33. La relación entre la Eucaristía y cada sacramento, y el significado
escatológico de los santos Misterios, ofrecen en su conjunto el perfil de la
vida cristiana, llamada a ser en todo momento culto espiritual, ofrenda de sí
misma agradable a Dios. Y si bien es cierto que todos nosotros estamos todavía
en camino hacia el pleno cumplimiento de nuestra esperanza, esto no quita que se
pueda reconocer ya ahora, con gratitud, que todo lo que Dios nos ha dado
encuentra realización perfecta en la Virgen María, Madre de Dios y Madre
nuestra: su Asunción al cielo en cuerpo y alma es para nosotros un signo de
esperanza segura, ya que, como peregrinos en el tiempo, nos indica la meta
escatológica que el sacramento de la Eucaristía nos hace pregustar ya desde
ahora.

En María Santísima vemos también perfectamente realizado el modo sacramental con
que Dios, en su iniciativa salvadora, se acerca e implica a la criatura humana.
María de Nazaret, desde la Anunciación a Pentecostés, aparece como la persona
cuya libertad está totalmente disponible a la voluntad de Dios. Su Inmaculada
Concepción se manifiesta claramente en la docilidad incondicional a la Palabra
divina. La fe obediente es la forma que asume su vida en cada instante ante la
acción de Dios. La Virgen, siempre a la escucha, vive en plena sintonía con la voluntad
divina; conserva en su corazón las palabras que le vienen de Dios y, formando
con ellas como un mosaico, aprende a comprenderlas más a fondo (cf. Lc
2,19.51). María es la gran creyente que, llena de confianza, se pone en las
manos de Dios, abandonándose a su voluntad.[102] Este misterio se
intensifica hasta a llegar a la total implicación en la misión redentora de
Jesús. Como afirmó el Concilio Vaticano II, « la Bienaventurada Virgen
avanzó en la peregrinación de la fe y mantuvo fielmente la unión con su Hijo
hasta la cruz. Allí, por voluntad de Dios, estuvo de pie (cf. Jn 19,25),
sufrió intensamente con su Hijo y se unió a su sacrificio con corazón de Madre
que, llena de amor, daba su consentimiento a la inmolación de su Hijo como
víctima. Finalmente, Jesucristo, agonizando en la cruz, la dio como madre al
discípulo con estas palabras: Mujer, ahí tienes a tu hijo ».[103] Desde
la Anunciación hasta la Cruz, María es aquélla que acoge la Palabra que se hizo
carne en ella y que enmudece en el silencio de la muerte. Finalmente, ella es
quien recibe en sus brazos el cuerpo entregado, ya exánime, de Aquél que de
verdad ha amado a los suyos « hasta el extremo » (Jn 13,1).

Por esto, cada vez que en la Liturgia eucarística nos acercamos al Cuerpo y
Sangre de Cristo, nos dirigimos también a Ella que, adhiriéndose plenamente al
sacrificio de Cristo, lo ha acogido para toda la Iglesia. Los Padres sinodales
han afirmado que « María inaugura la participación de la Iglesia en el
sacrificio del Redentor ».[104] Ella es la Inmaculada que acoge
incondicionalmente el don de Dios y, de esa manera, se asocia a la obra de la
salvación. María de Nazaret, icono de la Iglesia naciente, es el modelo de cómo
cada uno de nosotros está llamado a recibir el don que Jesús hace de sí mismo en
la Eucaristía.

SEGUNDA PARTE

EUCARISTÍA,

MISTERIO QUE SE HA DE CELEBRAR

«Os aseguro que no fue Moisés quien os dio el pan del cielo,

sino que es mi
Padre el que os da el verdadero pan del cielo» (Jn 6,32)

Lex orandi y
lex credendi

34. El Sínodo de los Obispos ha reflexionado mucho sobre la relación intrínseca
entre fe eucarística y celebración, poniendo de relieve el nexo entre lex
orandi
y lex credendi, y subrayando la primacía de la acción
litúrgica
. Es necesario vivir la Eucaristía como misterio de la fe celebrado
auténticamente, teniendo conciencia clara de que « el intellectus fidei
está originariamente siempre en relación con la acción litúrgica de la Iglesia
».[105] En este ámbito, la reflexión teológica nunca puede prescindir
del orden sacramental instituido por Cristo mismo. Por otra parte, la acción
litúrgica nunca puede ser considerada genéricamente, prescindiendo del misterio
de la fe. En efecto, la fuente de nuestra fe y de la liturgia eucarística es el
mismo acontecimiento: el don que Cristo ha hecho de sí mismo en el Misterio
pascual.

Belleza y liturgia

35. La relación entre el misterio creído y celebrado se manifiesta de modo
peculiar en el valor teológico y litúrgico de la belleza. En efecto, la
liturgia, como también la Revelación cristiana, está vinculada intrínsecamente
con la belleza: es veritatis splendor. En la liturgia resplandece el
Misterio pascual mediante el cual Cristo mismo nos atrae hacia sí y nos llama a
la comunión. En Jesús, como solía decir san Buenaventura, contemplamos la
belleza y el fulgor de los orígenes.[106] Este atributo al que nos
referimos no es mero esteticismo sino el modo en que nos llega, nos fascina y
nos cautiva la verdad del amor de Dios en Cristo, haciéndonos salir de nosotros
mismos y atrayéndonos así hacia nuestra verdadera vocación: el amor.[107]
Ya en la creación, Dios se deja entrever en la belleza y la armonía del cosmos
(cf. Sb 13,5; Rm 1,19-20). Encontramos después en el Antiguo
Testamento grandes signos del esplendor de la potencia de Dios, que se
manifiesta con su gloria a través de los prodigios obrados en el pueblo elegido
(cf. Ex 14; 16,10; 24,12-18; Nm 14,20-23). En el Nuevo Testamento
se llega definitivamente a esta epifanía de belleza en la revelación de Dios en
Jesucristo.[108] Él es la plena manifestación de la gloria divina. En
la glorificación del Hijo resplandece y se comunica la gloria del Padre (cf.
Jn
1,14; 8,54; 12,28; 17,1). Sin embargo, esta belleza no es una simple
armonía de formas; « el más bello de los hombres » (Sal 45[44],33) es
también, misteriosamente, quien no tiene « aspecto atrayente, despreciado y
evitado por los hombres [...], ante el cual se ocultan los rostros » (Is
53,2). Jesucristo nos enseña cómo la verdad del amor sabe también transfigurar
el misterio oscuro de la muerte en la luz radiante de la resurrección. Aquí el
resplandor de la gloria de Dios supera toda belleza mundana. La verdadera
belleza es el amor de Dios que se ha revelado definitivamente en el Misterio
pascual.

La belleza de la liturgia es parte de este misterio; es expresión eminente de la
gloria de Dios y, en cierto sentido, un asomarse del Cielo sobre la tierra. El
memorial del sacrificio redentor lleva en sí mismo los rasgos de aquel
resplandor de Jesús del cual nos han dado testimonio Pedro, Santiago y Juan
cuando el Maestro, de camino hacia Jerusalén, quiso transfigurarse ante ellos
(cf. Mc 9,2). La belleza, por tanto, no es un elemento decorativo de la
acción litúrgica; es más bien un elemento constitutivo, ya que es un atributo de
Dios mismo y de su revelación. Conscientes de todo esto, hemos de poner gran
atención para que la acción litúrgica resplandezca según su propia naturaleza.


La celebración eucarística,

obra del «Christus totus»

Christus totus in capite et in corpore

36. La belleza intrínseca de la liturgia tiene como sujeto propio a Cristo
resucitado y glorificado en el Espíritu Santo que, en su actuación, incluye a la
Iglesia.[109] En esta perspectiva, es muy sugestivo recordar las
palabras de san Agustín que describen elocuentemente esta dinámica de fe propia
de la Eucaristía. El gran santo de Hipona, refiriéndose precisamente al Misterio
eucarístico, pone de relieve cómo Cristo mismo nos asimila a sí: « Este pan que
vosotros veis sobre el altar, santificado por la palabra de Dios, es el cuerpo
de Cristo. Este cáliz, mejor dicho, lo que contiene el cáliz, santificado por la
palabra de Dios, es sangre de Cristo. Por medio de estas cosas quiso el Señor
dejarnos su cuerpo y sangre, que derramó para la remisión de nuestros pecados.
Si lo habéis recibido dignamente, vosotros sois eso mismo que habéis recibido ».[110]
Por lo tanto, « no sólo nos hemos convertido en cristianos, sino en Cristo mismo
».[111] Así podemos contemplar la acción misteriosa de Dios que
comporta la unidad profunda entre nosotros y el Señor Jesús: « En efecto, no se
ha de creer que Cristo esté en la cabeza sin estar también en el cuerpo, sino
que está enteramente en la cabeza y en el cuerpo ».[112]

Eucaristía y Cristo resucitado

37. Puesto que la liturgia eucarística es esencialmente actio Dei que nos
une a Jesús a través del Espíritu, su fundamento no está sometido a nuestro
arbitrio ni puede ceder a la presión de la moda del momento. En esto también es
válida la afirmación indiscutible de san Pablo: « Nadie puede poner otro
cimiento fuera del ya puesto, que es Jesucristo » (1 Co 3,11). El Apóstol
de los gentiles nos asegura además que, por lo que se refiere a la Eucaristía,
no nos transmite su doctrina personal, sino lo que él, a su vez, recibió
(cf. 1 Co 11,23). En efecto, la celebración de la Eucaristía implica la
Tradición viva. A partir de la experiencia del Resucitado y de la efusión del
Espíritu Santo, la Iglesia celebra el Sacrificio eucarístico obedeciendo el
mandato de Cristo. Por este motivo, al inicio, la comunidad cristiana se reúne
el día del Señor para la fractio panis. El día en que Cristo resucitó de entre los muertos, el domingo, es también el primer día de la
semana, el día que según la tradición veterotestamentaria representaba el
principio de la creación. Ahora, el día de la creación se ha convertido en el
día de la « nueva creación », el día de nuestra liberación en el que
conmemoramos a Cristo muerto y resucitado.[113]

Ars celebrandi

38. En los trabajos sinodales se ha insistido varias veces en la necesidad de
superar cualquier posible separación entre el ars celebrandi, es decir,
el arte de celebrar rectamente, y la participación plena, activa y fructuosa de
todos los fieles. Efectivamente, el primer modo con el que se favorece la
participación del Pueblo de Dios en el Rito sagrado es la adecuada celebración
del Rito mismo. El ars celebrandi es la mejor premisa para la actuosa
participatio
.[114] El ars celebrandi proviene de la
obediencia fiel a las normas litúrgicas en su plenitud, pues es precisamente
este modo de celebrar lo que asegura desde hace dos mil años la vida de fe de
todos los creyentes, los cuales están llamados a vivir la celebración como
Pueblo de Dios, sacerdocio real, nación santa (cf. 1 P 2,4-5.9).[115]

El Obispo, liturgo por excelencia

39. Si bien es cierto que todo el Pueblo de Dios participa en la Liturgia
eucarística, en el correcto ars celebrandi desempeñan un papel imprescindible
los que han recibido el sacramento del Orden. Obispos, sacerdotes y diáconos,
cada uno según su propio grado, han de considerar la celebración como su deber
principal.[116] En primer lugar el Obispo diocesano: en efecto, él,
como « primer dispensador de los misterios de Dios en la Iglesia particular a él
confiada, es el guía, el promotor y custodio de toda la vida litúrgica ».[117]
Todo esto es decisivo para la vida de la Iglesia particular, no sólo porque la
comunión con el Obispo es la condición para que toda celebración en su
territorio sea legítima, sino también porque él mismo es por excelencia el
liturgo de su propia Iglesia.[118] A él corresponde salvaguardar la
unidad concorde de las celebraciones en su diócesis. Por tanto, ha de ser un «
compromiso del Obispo hacer que los presbíteros, diáconos y los fieles
comprendan cada vez mejor el sentido auténtico de los ritos y los textos
litúrgicos, y así se les guíe hacia una celebración de la Eucaristía activa y
fructuosa ».[119] En particular, exhorto a cumplir todo lo necesario
para que las celebraciones litúrgicas oficiadas por el Obispo en la iglesia
Catedral respeten plenamente el ars celebrandi, de modo que puedan ser
consideradas como modelo para todas las iglesias de su territorio.[120]

Respeto de los libros litúrgicos y de la riqueza de los signos

40. Por consiguiente, al subrayar la importancia del ars celebrandi, se
pone de relieve el valor de las normas litúrgicas.[121] El ars
celebrandi
ha de favorecer el sentido de lo sagrado y el uso de las formas
exteriores que educan para ello, como, por ejemplo, la armonía del rito, los
ornamentos litúrgicos, la decoración y el lugar sagrado. Favorece la celebración
eucarística que los sacerdotes y los responsables de la pastoral litúrgica se
esfuercen en dar a conocer los libros litúrgicos vigentes y las respectivas
normas, resaltando las grandes riquezas de la Ordenación General del Misal
Romano
y de la Ordenación de las Lecturas de la Misa. En las comunidades eclesiales se da quizás por descontado que se conocen y
aprecian, pero a menudo no es así. En realidad, son textos que contienen
riquezas que custodian y expresan la fe, así como el camino del Pueblo de Dios a
lo largo de dos milenios de historia. Para una adecuada ars celebrandi es
igualmente importante la atención a todas las formas de lenguaje previstas por
la liturgia: palabra y canto, gestos y silencios, movimiento del cuerpo, colores
litúrgicos de los ornamentos. En efecto, la liturgia tiene por su naturaleza una
variedad de formas de comunicación que abarcan todo el ser humano. La sencillez
de los gestos y la sobriedad de los signos, realizados en el orden y en los
tiempos previstos, comunican y atraen más que la artificiosidad de añadiduras
inoportunas. La atención y la obediencia de la estructura propia del ritual, a
la vez que manifiestan el reconocimiento del carácter de la Eucaristía como don,
expresan la disposición del ministro para acoger con dócil gratitud dicho don
inefable.

El arte al servicio de la celebración

41. La relación profunda entre la belleza y la liturgia nos lleva a considerar
con atención todas las expresiones artísticas que se ponen al servicio de la
celebración.[122] Un elemento importante del arte sacro es ciertamente
la arquitectura
de las iglesias,[123] en las que debe resaltar la
unidad entre los elementos propios del presbiterio: altar, crucifijo,
tabernáculo, ambón, sede. A este respecto, se ha de tener presente que el
objetivo de la arquitectura sacra es ofrecer a la Iglesia, que celebra los
misterios de la fe, en particular la Eucaristía, el espacio más apto para el
desarrollo adecuado de su acción litúrgica.[124] En efecto, la
naturaleza del templo cristiano se define por la acción litúrgica misma, que
implica la reunión de los fieles (ecclesia), los cuales son las piedras
vivas del templo (cf. 1 P 2,5).

El mismo principio vale para todo el arte sacro, especialmente la pintura y la
escultura, en los que la iconografía religiosa se ha de orientar a la mistagogía
sacramental. Un conocimiento profundo de las formas que el arte sacro ha
producido a lo largo de los siglos puede ser de gran ayuda para los que tienen
la responsabilidad de encomendar a arquitectos y artistas obras relacionadas con
la acción litúrgica. Por tanto, es indispensable que en la formación de los
seminaristas y de los sacerdotes se incluya la historia del arte como materia
importante, con especial referencia a los edificios de culto, según las normas
litúrgicas. Es necesario que en todo lo que concierne a la Eucaristía haya gusto
por la belleza. También hay respetar y cuidar los ornamentos, la decoración,
los vasos sagrados, para que, dispuestos de modo orgánico y ordenado entre sí,
fomenten el asombro ante el misterio de Dios, manifiesten la unidad de la fe y
refuercen la devoción.[125]

El canto litúrgico

42. En el ars celebrandi desempeña un papel importante el canto
litúrgico.[126] Con razón afirma san Agustín en un famoso sermón: « El
hombre nuevo conoce el cántico nuevo. El cantar es expresión de alegría y, si lo
consideramos atentamente, expresión de amor ».[127] El Pueblo de Dios
reunido para la celebración canta las alabanzas de Dios. La Iglesia, en su
historia bimilenaria, ha compuesto y sigue componiendo música y cantos que son
un patrimonio de fe y de amor que no se ha de perder. Ciertamente, no podemos
decir que en la liturgia sirva cualquier canto. A este respecto, se ha de evitar
la fácil improvisación o la introducción de géneros musicales no respetuosos del
sentido de la liturgia. Como elemento litúrgico, el canto debe estar en
consonancia con la identidad propia de la celebración.[128] Por
consiguiente, todo —el texto, la melodía, la ejecución— ha de corresponder al
sentido del misterio celebrado, a las partes del rito y a los tiempos
litúrgicos.[129] Finalmente, si bien se han de tener en cuenta las
diversas tendencias y tradiciones muy loables, deseo, como han pedido los Padres
sinodales, que se valore adecuadamente el canto gregoriano[130] como
canto propio de la liturgia romana.[131]


Estructura de la celebración eucarística

43. Después de haber recordado los elementos básicos del ars celebrandi
puestos de relieve en los trabajos sinodales, quisiera llamar la atención de
modo más concreto sobre algunas partes de la estructura de la celebración
eucarística que requieren un cuidado especial en nuestro tiempo, para ser fieles
a la intención profunda de la renovación litúrgica deseada por el Concilio
Vaticano II, en continuidad con toda la gran tradición eclesial.

Unidad intrínseca de la acción litúrgica

44. Ante todo, hay que considerar la unidad intrínseca del rito de la santa
Misa. Se ha de evitar que, tanto en la catequesis como en el modo de la
celebración, se dé lugar a una visión yuxtapuesta de las dos partes del rito. La
liturgia de la Palabra y la liturgia eucarística —además de los ritos de
introducción y conclusión— « están estrechamente unidas entre sí y forman un
único acto de culto ».[132] En efecto, la Palabra de Dios y la
Eucaristía están intrínsecamente unidas. Escuchando la Palabra de Dios nace o se
fortalece la fe (cf. Rm 10,17); en la Eucaristía, el Verbo hecho carne se
nos da como alimento espiritual.[133] Así pues, « la Iglesia recibe y
ofrece a los fieles el Pan de vida en las dos mesas de la Palabra de Dios y del
Cuerpo de Cristo ».[134] Por tanto, se ha de tener constantemente
presente que la Palabra de Dios, que la Iglesia lee y proclama en la liturgia,
lleva a la Eucaristía como a su fin connatural.

Liturgia de la Palabra

45. Junto con el Sínodo, pido que la liturgia de la Palabra se prepare y se viva
siempre de manera adecuada. Por tanto, recomiendo vivamente que en la liturgia
se ponga gran atención a la proclamación de la Palabra de Dios por parte de
lectores bien instruidos. Nunca olvidemos que « cuando se leen en la Iglesia las
Sagradas Escrituras, Dios mismo habla a su Pueblo, y Cristo, presente en su
palabra, anuncia el Evangelio ».[135] Si las circunstancias lo
aconsejan, se puede pensar en unas breves moniciones que ayuden a los fieles a
una mejor disposición. Para comprenderla bien, la Palabra de Dios ha de ser
escuchada y acogida con espíritu eclesial y siendo conscientes de su unidad con
el Sacramento eucarístico. En efecto, la Palabra que anunciamos y escuchamos es
el Verbo hecho carne (cf. Jn 1,14), y hace referencia intrínseca a la
persona de Cristo y a su permanencia de manera sacramental. Cristo no habla en
el pasado, sino en nuestro presente, ya que Él mismo está presente en la acción
litúrgica. En esta perspectiva sacramental de la revelación cristiana,[136]
el conocimiento y el estudio de la Palabra de Dios nos permite apreciar,
celebrar y vivir mejor la Eucaristía. A este respecto, se aprecia también en
toda su verdad la afirmación, según la cual « desconocer la Escritura es
desconocer a Cristo ».[137]

Para lograr todo esto es necesario ayudar a los fieles a apreciar los tesoros de
la Sagrada Escritura en el leccionario, mediante iniciativas pastorales,
celebraciones de la Palabra y la lectura meditada (lectio divina).
Tampoco se ha de olvidar promover las formas de oración conservadas en la
tradición, la Liturgia de las Horas, sobre todo Laudes, Vísperas, Completas y
también las celebraciones de vigilias. El rezo de los Salmos, las lecturas
bíblicas y las de la gran tradición del Oficio divino pueden llevar a una
experiencia profunda del acontecimiento de Cristo y de la economía de la
salvación, que a su vez puede enriquecer la comprensión y la participación en la
celebración eucarística.[138]

Homilía

46. La necesidad de mejorar la calidad de la homilía está en relación con la
importancia de la Palabra de Dios. En efecto, ésta « es parte de la acción
litúrgica »; [139] tiene como
finalidad favorecer una mejor comprensión
y eficacia de la Palabra de Dios en la vida de los fieles. Por eso los ministros
ordenados han de « preparar la homilía con esmero, basándose en un conocimiento
adecuado de la Sagrada Escritura ».[140] Han de evitarse homilías
genéricas o abstractas. En particular, pido a los ministros un esfuerzo para que
la homilía ponga la Palabra de Dios proclamada en estrecha relación con la
celebración sacramental[141] y con la vida de la comunidad, de modo que
la Palabra de Dios sea realmente sustento y vigor de la Iglesia.[142]
Se ha de tener presente, por tanto, la finalidad catequética y exhortativa de la
homilía. Es conveniente que, partiendo del leccionario trienal, se prediquen a
los fieles homilías temáticas que, a lo largo del año litúrgico, traten los
grandes temas de la fe cristiana, según lo que el Magisterio propone en los
cuatro « pilares » del
Catecismo de la Iglesia Católica
y en su reciente

Compendio
: la profesión de la fe, la celebración del misterio cristiano,
la vida en Cristo y la oración cristiana.[143]

Presentación de las ofrendas

47. Los Padres sinodales han puesto también su atención en la presentación de
las ofrendas. Ésta no es sólo como un « intervalo » entre la liturgia de la
Palabra y la eucarística. Entre otras razones, porque eso haría perder el
sentido de un único rito con dos partes interrelacionadas. En realidad, este
gesto humilde y sencillo tiene un sentido muy grande: en el pan y el vino que
llevamos al altar toda la creación es asumida por Cristo Redentor para ser
transformada y presentada al Padre.[144] En este sentido, llevamos
también al altar todo el sufrimiento y el dolor del mundo, conscientes de que
todo es precioso a los ojos de Dios. Este gesto, para ser vivido en su auténtico
significado, no necesita enfatizarse con añadiduras superfluas. Permite
valorar la colaboración originaria que Dios pide al hombre para realizar en él
la obra divina y dar así pleno sentido al trabajo humano, que mediante la
celebración eucarística se une al sacrificio redentor de Cristo.

Plegaria eucarística

48. La Plegaria eucarística es « el centro y la cumbre de toda la celebración ».[145]
Su importancia merece ser subrayada adecuadamente. Las diversas Plegarias
eucarísticas que hay en el Misal nos han sido transmitidas por la tradición viva
de la Iglesia y se caracterizan por una riqueza teológica y espiritual
inagotable. Se ha de procurar que los fieles las aprecien. La Ordenación
General del Misal Romano
nos ayuda en esto, recordándonos los elementos
fundamentales de toda Plegaria eucarística: acción de gracias, aclamación,
epíclesis, relato de la institución y consagración, anámnesis, oblación,
intercesión y doxología conclusiva.[146] En particular, la
espiritualidad eucarística y la reflexión teológica se iluminan al contemplar la
profunda unidad de la anáfora, entre la invocación del Espíritu Santo y el
relato de la institución,[147] en la que « se realiza el sacrificio que
el mismo Cristo instituyó en la última Cena ».[148] En efecto, « la
Iglesia, por medio de determinadas invocaciones, implora la fuerza del Espíritu
Santo para que los dones que han presentado los hombres queden consagrados, es
decir, se conviertan en el Cuerpo y Sangre de Cristo, y para que la víctima
inmaculada que se va a recibir en la Comunión sea para la salvación de quienes
la reciben ».[149]

Rito de la paz

49. La Eucaristía es por su naturaleza sacramento de paz. Esta dimensión del
Misterio eucarístico se expresa en la celebración litúrgica de manera específica
con el rito de la paz. Se trata indudablemente de un signo de gran valor (cf.
Jn
14,27). En nuestro tiempo, tan lleno de conflictos, este gesto adquiere,
también desde el punto de vista de la sensibilidad común, un relieve especial,
ya que la Iglesia siente cada vez más como tarea propia pedir a Dios el don de
la paz y la unidad para sí misma y para toda la familia humana. La paz es
ciertamente un anhelo indeleble en el corazón de cada uno. La Iglesia se hace
portavoz de la petición de paz y reconciliación que surge del alma de toda
persona de buena voluntad, dirigiéndola a Aquel que « es nuestra paz » (Ef
2,14), y que puede pacificar a los pueblos y personas aun cuando fracasen las
iniciativas humanas. Por ello se comprende la intensidad con que se vive
frecuentemente el rito de la paz en la celebración litúrgica. A este propósito,
sin embargo, durante el Sínodo de los Obispos se ha visto la conveniencia de
moderar este gesto, que puede adquirir expresiones exageradas, provocando cierta
confusión en la asamblea precisamente antes de la Comunión. Sería bueno recordar
que el alto valor del gesto no queda mermado por la sobriedad necesaria para
mantener un clima adecuado a la celebración, limitando por ejemplo el
intercambio de la paz a los más cercanos.[150]

Distribución y recepción de la Eucaristía

50. Otro momento de la celebración, al que es necesario hacer referencia, es la
distribución y recepción de la santa Comunión. Pido a todos, en particular a los
ministros ordenados y a los que, debidamente preparados, están autorizados para
el ministerio de distribuir la Eucaristía en caso de necesidad real, que hagan
lo posible para que el gesto, en su sencillez, corresponda a su valor de
encuentro personal con el Señor Jesús en el Sacramento. Respecto a las
prescripciones para una praxis correcta, me remito a los documentos emanados
recientemente.[151] Todas las comunidades cristianas han de atenerse
fielmente a las normas vigentes, viendo en ellas la expresión de la fe y el amor
que todos han de tener respecto a este sublime Sacramento. Tampoco se descuide
el tiempo precioso de acción de gracias después de la Comunión: además de un
canto oportuno, puede ser también muy útil permanecer recogidos en silencio.[152]

A este propósito, quisiera llamar la atención sobre un problema pastoral con el
que nos encontramos frecuentemente en nuestro tiempo. Me refiero al hecho de que
en algunas circunstancias, como por ejemplo en las santas Misas celebradas con
ocasión de bodas, funerales o acontecimientos análogos, además de fieles
practicantes, asisten también a la celebración otros que tal vez no se acercan
al altar desde hace años, o quizás están en una situación de vida que no les
permite recibir los sacramentos. Otras veces sucede que están presentes personas
de otras confesiones cristianas o incluso de otras religiones. Situaciones
similares se producen también en iglesias que son meta de visitantes, sobre todo
en las grandes ciudades de en las que abunda el arte. En estos casos, se ve la
necesidad de usar expresiones breves y eficaces para hacer presente a todos el
sentido de la Comunión sacramental y las condiciones para recibirla. Donde se
den situaciones en las que no sea posible garantizar la debida claridad sobre el
sentido de la Eucaristía, se ha de considerar la conveniencia de sustituir la
Eucaristía con una celebración de la Palabra de Dios.[153]

Despedida: « Ite, missa est »

51. Quisiera detenerme ahora en lo que los Padres sinodales han dicho sobre el
saludo de despedida al final de la Celebración eucarística. Después de la
bendición, el diácono o el sacerdote despide al pueblo con las palabras: Ite,
missa est
. En este saludo podemos apreciar la relación entre la Misa
celebrada y la misión cristiana en el mundo. En la antigüedad, « missa »
significaba simplemente « terminada ». Sin embargo, en el uso cristiano ha
adquirido un sentido cada vez más profundo. La expresión « missa » se
transforma, en realidad, en « misión ». Este saludo expresa sintéticamente la
naturaleza misionera de la Iglesia. Por tanto, conviene ayudar al Pueblo de Dios
a que, apoyándose en la liturgia, profundice en esta dimensión constitutiva de
la vida eclesial. En este sentido, sería útil disponer de textos debidamente
aprobados para la oración sobre el pueblo y la bendición final que expresen
dicha relación.[154]

Actuosa participatio

Auténtica participación

52. El Concilio Vaticano II puso un énfasis particular en la participación
activa, plena y fructuosa de todo el Pueblo de Dios en la celebración
eucarística.[155] Ciertamente, la renovación llevada a cabo en estos
años ha favorecido notables progresos en la dirección deseada por los Padres
conciliares. Pero no hemos de ocultar el hecho de que, a veces, ha surgido
alguna incomprensión precisamente sobre el sentido de esta participación. Por
tanto, conviene dejar claro que con esta palabra no se quiere hacer referencia a
una simple actividad externa durante la celebración. En realidad, la
participación activa deseada por el Concilio se ha de comprender en términos más
sustanciales, partiendo de una mayor toma de conciencia del misterio que se
celebra y de su relación con la vida cotidiana. Sigue siendo totalmente válida
la recomendación de la Constitución conciliar
Sacrosanctum Concilium
, que
exhorta a los fieles a no asistir a la liturgia eucarística « como espectadores
mudos o extraños », sino a participar « consciente, piadosa y activamente en la
acción sagrada ».[156] El Concilio prosigue la reflexión: los fieles, «
instruidos por la Palabra de Dios, reparen sus fuerzas en el banquete del Cuerpo
del Señor, den gracias a Dios, aprendan a ofrecerse a sí mismos al ofrecer la
hostia inmaculada no sólo por manos del sacerdote, sino también juntamente con
él, y se perfeccionen día a día, por Cristo Mediador, en la unidad con Dios y
entre sí ».[157]

Participación y ministerio sacerdotal

53. La belleza y armonía de la acción litúrgica se manifiestan de manera
significativa en el orden con el cual cada uno está llamado a participar
activamente. Eso comporta el reconocimiento de las diversas funciones
jerárquicas implicadas en la celebración misma. Es útil recordar que, de por sí,
la participación activa no es lo mismo que desempeñar un ministerio particular.
Sobre todo, no ayuda a la participación activa de los fieles una confusión
ocasionada por la incapacidad de distinguir las diversas funciones que
corresponden a cada uno en la comunión eclesial.[158] En particular, es
preciso que haya claridad sobre las tareas específicas del sacerdote. Éste es,
como atestigua la tradición de la Iglesia, quien preside de modo insustituible
toda la celebración eucarística, desde el saludo inicial a la bendición final.
En virtud del Orden sagrado que ha recibido, él representa a Jesucristo, Cabeza
de la Iglesia y, de la manera que le es propia, también a la Iglesia misma.[159]
En efecto, toda celebración de la Eucaristía está dirigida por el Obispo, « ya
sea personalmente, ya por los presbíteros, sus colaboradores ».[160] Es
ayudado por el diácono, que tiene algunas funciones específicas en la
celebración: preparar el altar y prestar servicio al sacerdote, proclamar el
Evangelio, predicar eventualmente la homilía, enunciar las intenciones en la
oración universal, distribuir la Eucaristía a los fieles.[161] En
relación con estos ministerios vinculados al sacramento del Orden, hay también
otros ministerios para el servicio litúrgico, que desempeñan religiosos y laicos
preparados, lo que es de alabar.[162]

Celebración eucarística e inculturación

54. A partir de las afirmaciones fundamentales del Concilio Vaticano II, se ha
subrayado varias veces la importancia de la participación activa de los fieles
en el Sacrificio eucarístico. Para favorecerla se pueden permitir algunas
adaptaciones apropiadas a los diversos contextos y culturas.[163] El
hecho de que haya habido algunos abusos no disminuye la claridad de este
principio, que se debe mantener de acuerdo con las necesidades reales de la
Iglesia, que vive y celebra el mismo misterio de Cristo en situaciones
culturales diferentes. En efecto, el Señor Jesús, precisamente en el misterio de
la Encarnación, naciendo de mujer como hombre perfecto (cf. Ga 4,4), no
sólo está
en relación directa con las expectativas expresadas en el Antiguo
Testamento, sino también con las de todos los pueblos. Con eso, Él ha
manifestado que Dios quiere encontrarse con nosotros en nuestro contexto vital. Por tanto,
para una participación más eficaz de los fieles en los santos Misterios, es útil
proseguir el proceso de inculturación en el ámbito de la celebración
eucarística, teniendo en cuenta las posibilidades de adaptación que ofrece la
Ordenación General del Misal Romano
,[164] interpretadas a la luz de
los criterios fijados por la IV Instrucción de la Congregación para el Culto
divino y la Disciplina de los Sacramentos, Varietates legitimae, del 25
de enero de 1994,[165] y de las directrices dadas por el Papa Juan
Pablo II en las Exhortaciones apostólicas postsinodales
Ecclesia in Africa
,

Ecclesia in America,
Ecclesia in Asia
,
Ecclesia in Oceania
,
Ecclesia in Europa
.[166] Para lograr este objetivo,
recomiendo a
las Conferencias Episcopales que favorezcan el adecuado equilibrio entre los
criterios y normas ya publicadas y las nuevas adaptaciones,[167]
siempre de acuerdo con la Sede Apostólica.

Condiciones personales para una « actuosa participatio »

55. Al considerar el tema de la actuosa participatio de los fieles en el
rito sagrado, los Padres sinodales han resaltado también las condiciones
personales de cada uno para una fructuosa participación.[168] Una de
ellas es ciertamente el espíritu de conversión continua que ha de caracterizar
la vida de cada fiel. No se puede esperar una participación activa en la
liturgia eucarística cuando se asiste superficialmente, sin antes examinar la
propia vida. Favorece dicha disposición interior, por ejemplo, el recogimiento y
el silencio, al menos unos instantes antes de comenzar la liturgia, el ayuno y,
cuando sea necesario, la confesión sacramental. Un corazón reconciliado con Dios
permite la verdadera participación. En particular, es preciso persuadir a los
fieles de que no puede haber una actuosa participatio en los santos
Misterios si no se toma al mismo tiempo parte activa en la vida eclesial en su
totalidad, la cual comprende también el compromiso misionero de llevar el amor
de Cristo a la sociedad.

Sin duda, la plena participación en la Eucaristía se da cuando nos acercamos
también personalmente al altar para recibir la Comunión.[169] No
obstante, se ha de poner atención para que esta afirmación correcta no induzca a
un cierto automatismo entre los fieles, como si por el solo hecho de encontrarse
en la iglesia durante la liturgia se tenga ya el derecho o quizás incluso el
deber de acercarse a la Mesa eucarística. Aun cuando no es posible acercarse a
la Comunión sacramental, la participación en la santa Misa sigue siendo
necesaria, válida, significativa y fructuosa. En estas circunstancias, es bueno
cultivar el deseo de la plena unión con Cristo, practicando, por ejemplo, la
comunión espiritual, recordada por Juan Pablo II[170] y recomendada por
los Santos maestros de la vida espiritual.[171]

Participación de los cristianos no católicos

56. Al tratar el tema de la participación nos encontramos inevitablemente con el
de los cristianos pertenecientes a Iglesias o Comunidades eclesiales que no
están en plena comunión con la Iglesia Católica. A este respecto, se ha de decir
que la unión intrínseca que se da entre Eucaristía y unidad de la Iglesia nos
lleva a desear ardientemente, por un lado, el día en que podamos celebrar junto
con todos los creyentes en Cristo la divina Eucaristía y expresar así
visiblemente la plenitud de la unidad que Cristo ha querido para sus discípulos
(cf. Jn 17,21). Por otro lado, el respeto que debemos al sacramento del
Cuerpo y Sangre de Cristo nos impide hacer de él un simple « medio » que se usa
indiscriminadamente para alcanzar esta misma unidad.[172] En efecto, la
Eucaristía no sólo manifiesta nuestra comunión personal con Jesucristo, sino que
también implica la plena communio con la Iglesia. Este es, pues, el
motivo por el cual, con dolor pero no sin esperanza, pedimos a los cristianos no
católicos que comprendan y respeten nuestra convicción, basada en la Biblia y en
la Tradición. Nosotros sostenemos que la Comunión eucarística y la comunión
eclesial están tan íntimamente unidas que por lo general resulta imposible que los cristianos no católicos
participen en una sin tener la otra.
Menos sentido tendría aún una verdadera concelebración con ministros de
Iglesias o Comunidades eclesiales que no están en plena comunión con la Iglesia Católica.
No obstante, es verdad que, de cara a la salvación, existe la posibilidad de
admitir individualmente a cristianos no católicos a la Eucaristía, al sacramento
de la Penitencia y a la Unción de los enfermos. Pero eso sólo en situaciones
determinadas y excepcionales, caracterizadas por condiciones bien precisas.[173]
Éstas están indicadas claramente en el
Catecismo de la Iglesia Católica

[174] y en su
Compendio
.[175] Todos tienen el deber de
atenerse fielmente a ellas.

Participación a través de los medios de comunicación social

57. Debido al gran desarrollo de los medios de comunicación social, la palabra «
participación » ha adquirido en las últimas décadas un sentido más amplio que en
el pasado. Todos reconocemos con satisfacción que estos instrumentos ofrecen
también nuevas posibilidades en lo que se refiere a la Celebración eucarística.[176]
Eso exige a los agentes pastorales del sector una preparación específica y un
acentuado sentido de responsabilidad. En efecto, la santa Misa que se transmite
por televisión adquiere inevitablemente una cierta ejemplaridad. Por tanto, se
ha de poner una especial atención en que la celebración, además de hacerse en
lugares dignos y bien preparados, respete las normas litúrgicas.

Por lo que se refiere al valor de la participación en la santa Misa que los
medios de comunicación hacen posible, quien ve y oye dichas transmisiones ha de
saber que, en condiciones normales, no cumple con el precepto dominical. En
efecto, el lenguaje de la imagen representa la realidad, pero no la reproduce en
sí misma.[177] Si es loable que ancianos y enfermos participen en la
santa Misa festiva a través de las transmisiones radiotelevisivas, no puede
decirse lo mismo de quien, mediante tales transmisiones, quisiera dispensarse de
ir al templo para la celebración eucarística en la asamblea de la Iglesia viva.

« Actuosa participatio » de los enfermos

58. Teniendo presente la condición de los que no pueden ir a los lugares de
culto por motivos de salud o edad, quisiera llamar la atención de toda la
comunidad eclesial sobre la necesidad pastoral de asegurar la asistencia
espiritual a los enfermos, tanto a los que están en su casa como a los que están
hospitalizados. En el Sínodo de los Obispos se ha hecho referencia a ellos
varias veces. Se ha de procurar que estos hermanos y hermanas nuestros puedan
recibir con frecuencia la Comunión sacramental. Al reforzar así la relación con
Cristo crucificado y resucitado, podrán sentir su propia vida integrada
plenamente en la vida y la misión de la Iglesia mediante la ofrenda del propio
sufrimiento en unión con el sacrificio de nuestro Señor. Se ha de reservar una
atención particular a los discapacitados; si lo permite su condición, la
comunidad cristiana ha de favorecer su participación en la celebración en un
lugar de culto. A este respecto, se ha de procurar que los edificios sagrados no
tengan obstáculos arquitectónicos que impidan el acceso de los minusválidos. Se
ha de dar también la Comunión eucarística, cuando sea posible, a los
discapacitados mentales, bautizados y confirmados: ellos reciben la Eucaristía
también en la fe de la familia o de la comunidad que los acompaña.[178]

Atención pastoral a los presos

59. La tradición espiritual de la Iglesia, siguiendo una indicación específica
de Cristo (cf. Mt 25,36), ha reconocido en la visita a los presos una de
las obras de misericordia corporal. Los que se encuentran en esta situación
tienen una necesidad especial de ser visitados por el Señor mismo en el
sacramento de la Eucaristía. Sentir la cercanía de la comunidad eclesial,
participar en la Eucaristía y recibir la sagrada Comunión en un período de la vida
tan particular y doloroso puede ayudar sin duda en el propio camino de fe y
favorecer la plena reinserción social de la persona. Interpretando los deseos
manifestados en la asamblea sinodal pido a las diócesis que, en la medida de lo posible,
pongan los medios adecuados para una actividad pastoral que se ocupe de atender
espiritualmente a los presos.[179]

Los emigrantes y su participación en la Eucaristía

60. Al plantearse el problema de los que se ven obligados a dejar la propia
tierra por diversos motivos, el Sínodo ha expresado particular gratitud a los
que se dedican a la atención pastoral de los emigrantes. En este contexto, se ha
de prestar una atención especial a los emigrantes que pertenecen a las Iglesias
católicas orientales y a los que, lejos de su propia casa, tienen dificultades
para participar en la liturgia eucarística según su propio rito de pertenencia.
Por eso, donde sea posible, concédaseles que puedan ser asistidos por sacerdotes de
su rito. En todo caso, pido a los Obispos que acojan en la caridad de Cristo a
estos hermanos. El encuentro entre los fieles de diversos ritos puede
convertirse también en ocasión de enriquecimiento recíproco. Pienso
particularmente en el beneficio que puede aportar, sobre todo para el clero, el
conocimiento de las diversas tradiciones.[180]

Las grandes concelebraciones

61. La asamblea sinodal ha considerado la calidad de la participación en las
grandes celebraciones que tienen lugar en circunstancias particulares, en las
que, además de un gran número de fieles, concelebran muchos sacerdotes.[181]
Por un lado, es fácil reconocer el valor de estos momentos, especialmente cuando
el Obispo preside rodeado de su presbiterio y de los diáconos. Por otro, en
estas circunstancias se pueden producir problemas por lo que se refiere a la
expresión sensible de la unidad del presbiterio, especialmente en la Plegaria
eucarística y en la distribución de la santa Comunión. Se ha de evitar que estas
grandes concelebraciones produzcan dispersión. Para ello, se han de prever modos
adecuados de coordinación y disponer el lugar de culto de manera que permita a
los presbíteros y a los fieles una participación plena y real. En todo caso, se
ha de tener presente que se trata de concelebraciones de carácter excepcional y
limitadas a situaciones extraordinarias.

Lengua latina

62. Lo dicho anteriormente, sin embargo, no debe ofuscar el valor de estas
grandes liturgias. En particular, pienso en las celebraciones que tienen lugar
durante encuentros internacionales, hoy cada vez más frecuentes. Se las debe
valorar debidamente. Para expresar mejor la unidad y universalidad de la
Iglesia, quisiera recomendar lo que ha sugerido el Sínodo de los Obispos, en
sintonía con las normas del Concilio Vaticano II: [182] exceptuadas las
lecturas, la homilía y la oración de los fieles, sería bueno que dichas
celebraciones fueran en latín; también se podrían rezar en latín las oraciones
más conocidas[183] de la tradición de la Iglesia y, eventualmente,
cantar algunas partes en canto gregoriano. Más en general, pido que los futuros sacerdotes,
desde el tiempo del seminario, se preparen para comprender y celebrar la santa
Misa en latín, además de utilizar textos latinos y cantar en gregoriano; y se ha
de
procurar que los mismos fieles conozcan las oraciones más comunes en latín y
que canten en gregoriano algunas partes de la liturgia.[184]

Celebraciones eucarísticas en pequeños grupos

63. Una situación muy distinta es la que se da en algunas circunstancias
pastorales en las que, precisamente para lograr una participación más
consciente, activa y fructuosa, se favorecen las celebraciones en pequeños
grupos. Aun reconociendo el valor formativo que tienen estas iniciativas,
conviene precisar que han de estar en armonía con el conjunto del proyecto
pastoral de la diócesis. En efecto, dichas experiencias perderían su carácter
pedagógico si se las considerara como antagonistas o paralelas con respecto a la
vida de la Iglesia particular. A este propósito, el Sínodo ha subrayado algunos
criterios a los que es preciso atenerse: los grupos pequeños han de servir para unificar la
comunidad parroquial, no para fragmentarla; esto se debe evaluar en la praxis
concreta; estos grupos tienen que favorecer la participación fructuosa de toda
la asamblea y preservar en lo posible la unidad de la vida
litúrgica de cada familia.[185]


La celebración participada interiormente

Catequesis mistagógica

64. La gran tradición litúrgica de la Iglesia nos enseña que, para una
participación fructuosa, es necesario esforzarse por corresponder personalmente
al misterio que se celebra mediante el ofrecimiento a Dios de la propia vida, en
unión con el sacrificio de Cristo por la salvación del mundo entero. Por este
motivo, el Sínodo de los Obispos ha recomendado que los fieles tengan una
actitud coherente entre las disposiciones interiores y los gestos y las
palabras. Si faltara ésta, nuestras celebraciones, por muy animadas que fueren,
correrían el riesgo de caer en el ritualismo. Así pues, se ha de promover una
educación en la fe eucarística que disponga a los fieles a vivir personalmente
lo que se celebra. Ante la importancia esencial de esta participatio
personal y consciente, ¿cuáles pueden ser los instrumentos formativos idóneos? A
este respecto, los Padres sinodales han propuesto unánimemente una catequesis de
carácter mistagógico que lleve a los fieles a adentrarse cada vez más en los
misterios celebrados.[186] En particular, por lo que se refiere a la
relación entre el ars celebrandi y la actuosa participatio, se ha
de afirmar ante todo que « la mejor catequesis sobre la Eucaristía es la
Eucaristía misma bien celebrada ».[187] En efecto, por su propia
naturaleza, la liturgia tiene una eficacia propia para introducir a los fieles
en el conocimiento del misterio celebrado. Precisamente por ello, el itinerario
formativo del cristiano en la tradición más antigua de la Iglesia, aun sin
descuidar la comprensión sistemática de los contenidos de la fe, tuvo siempre un
carácter de experiencia, en el cual era determinante el encuentro vivo y
persuasivo con Cristo, anunciado por auténticos testigos. En este sentido, el
que introduce en los misterios es ante todo el testigo. Dicho encuentro ahonda
en la catequesis y tiene su fuente y su culmen en la celebración de la
Eucaristía. De esta estructura fundamental de la experiencia cristiana nace la
exigencia de un itinerario mistagógico, en el cual se han de tener siempre
presentes tres elementos:

a) Ante todo, la interpretación de los ritos a la luz de los acontecimientos
salvíficos
, según la tradición viva de la Iglesia. Efectivamente, la
celebración de la Eucaristía contiene en su infinita riqueza continuas
referencias a la historia de la salvación. En Cristo crucificado y resucitado
podemos celebrar verdaderamente el centro que recapitula toda la realidad (cf.
Ef 1,10). Desde el principio, la comunidad cristiana ha leído los
acontecimientos de la vida de Jesús, y en particular el misterio pascual, en
relación con todo el itinerario veterotestamentario.

b) Además, la catequesis mistagógica ha de introducir en el significado de los
signos contenidos en los ritos
. Este cometido es particularmente urgente en
una época como la actual, tan imbuida por la tecnología, en la cual se corre el
riesgo de perder la capacidad perceptiva de los signos y símbolos. Más que
informar, la catequesis mistagógica debe despertar y educar la sensibilidad de
los fieles ante el lenguaje de los signos y gestos que, unidos a la palabra,
constituyen el rito.

c) Finalmente, la catequesis mistagógica ha de enseñar el significado de los
ritos en relación con la vida cristiana
en todas sus facetas, como el
trabajo y los compromisos, el pensamiento y el afecto, la actividad y el
descanso. Forma parte del itinerario mistagógico subrayar la relación entre los
misterios celebrados en el rito y la responsabilidad misionera de los fieles. En
este sentido, el resultado final de la mistagogía es tomar conciencia de que la
propia vida se transforma progresivamente por los santos misterios que se
celebran. Por otra parte, toda la educación cristiana tiene como objetivo formar
al fiel como « hombre nuevo », con una fe adulta, que lo haga capaz de
testimoniar en su propio ambiente la esperanza cristiana que lo anima.

Para realizar en nuestras comunidades eclesiales esta tarea educativa, hay
que contar con formadores bien preparados. Ciertamente, todo el Pueblo de Dios
ha de sentirse comprometido en esta formación. Cada comunidad cristiana está
llamada a ser ámbito pedagógico que introduce en los misterios que se celebran
en la fe. A este respecto, durante el Sínodo los Padres han subrayado la
conveniencia de una mayor participación de las comunidades de vida consagrada,
de los movimientos y demás grupos que, por sus propios carismas, pueden aportar
un renovado impulso a la formación cristiana.[188] También en nuestro
tiempo el Espíritu Santo prodiga la efusión de sus dones para sostener la misión
apostólica de la Iglesia, a la cual corresponde difundir la fe y educarla hasta
su madurez.[189]

Veneración de la Eucaristía

65. Un signo convincente de la eficacia que la catequesis eucarística tiene en
los fieles es sin duda el crecimiento en ellos del sentido del misterio de Dios
presente entre nosotros. Eso se puede comprobar a través de manifestaciones
específicas de veneración de la Eucaristía, hacia la cual el itinerario
mistagógico debe introducir a los fieles.[190] Pienso, en general, en
la importancia de los gestos y de la postura, como arrodillarse durante los
momentos principales de la Plegaria eucarística. Para adecuarse a la legítima
diversidad de los signos que se usan en el contexto de las diferentes culturas,
cada uno ha de vivir y expresar que es consciente de encontrarse en toda
celebración ante la majestad infinita de Dios, que llega a nosotros de manera
humilde en los signos sacramentales.

Adoración y piedad eucarística

Relación intrínseca entre celebración y adoración

66. Uno de los momentos más intensos del Sínodo fue cuando, junto con muchos
fieles, nos desplazamos a la Basílica de San Pedro para la adoración
eucarística. Con este gesto de oración, la asamblea de los Obispos quiso llamar
la atención, no sólo con palabras, sobre la importancia de la relación
intrínseca entre celebración eucarística y adoración. En este aspecto
significativo de la fe de la Iglesia se encuentra uno de los elementos decisivos
del camino eclesial realizado tras la renovación litúrgica querida por el
Concilio Vaticano II. Mientras la reforma daba sus primeros pasos, a veces no se
percibió de manera suficientemente clara la relación intrínseca entre la santa
Misa y la adoración del Santísimo Sacramento. Una objeción difundida entonces se
basaba, por ejemplo, en la observación de que el Pan eucarístico no habría sido
dado para ser contemplado, sino para ser comido. En realidad, a la luz de la
experiencia de oración de la Iglesia, dicha contraposición se mostró carente de
todo fundamento. Ya decía san Agustín: « nemo autem illam carnem manducat,
nisi prius adoraverit
; [...] peccemus non adorando

– Nadie come de
esta carne sin antes adorarla [...], pecaríamos si no la adoráramos ».[191]
En efecto, en la Eucaristía el Hijo de Dios viene a nuestro encuentro y desea
unirse a nosotros; la adoración eucarística no es sino la continuación obvia de
la celebración eucarística, la cual es en sí misma el acto más grande de
adoración de la Iglesia.[192] Recibir la Eucaristía significa adorar al
que recibimos. Precisamente así, y sólo así, nos hacemos una sola cosa con Él y,
en cierto modo, pregustamos anticipadamente la belleza de la liturgia celestial.
La adoración fuera de la santa Misa prolonga e intensifica lo acontecido en la
misma celebración litúrgica. En efecto, « sólo en la adoración puede madurar una
acogida profunda y verdadera. Y precisamente en este acto personal de encuentro
con el Señor madura luego también la misión social contenida en la Eucaristía y
que quiere romper las barreras no sólo entre el Señor y nosotros, sino también y
sobre todo las barreras que nos separan a los unos de los otros ».[193]

Práctica de la adoración eucarística

67. Por tanto, juntamente con la asamblea sinodal, recomiendo ardientemente a los
Pastores de la Iglesia y al Pueblo de Dios la práctica de la adoración
eucarística, tanto personal como comunitaria.[194] A este respecto,
será de gran ayuda una catequesis adecuada en la que se explique a los fieles la
importancia de este acto de culto que permite vivir más profundamente y con
mayor fruto la celebración litúrgica. Además, cuando sea posible, sobre todo en
los lugares más poblados, será conveniente indicar las iglesias u oratorios que
se pueden dedicar a la adoración perpetua. Recomiendo también que en la
formación catequética, sobre todo en el ciclo de preparación para la Primera
Comunión, se inicie a los niños en el significado y belleza de estar con
Jesús, fomentando el asombro por su presencia en la Eucaristía.

Además, quisiera expresar admiración y apoyo a los Institutos de vida consagrada
cuyos miembros dedican una parte importante de su tiempo a la adoración
eucarística. De este modo ofrecen a todos el ejemplo de personas que se dejan
plasmar por la presencia real del Señor. Al mismo tiempo, deseo animar a las
asociaciones de fieles, así como a las Cofradías, que tienen esta práctica como
un compromiso especial, siendo así fermento de contemplación para toda la
Iglesia y llamada a la centralidad de Cristo para la vida de los individuos y de
las comunidades.

Formas de devoción eucarística

68. La relación personal que cada fiel establece con Jesús, presente en la
Eucaristía, lo pone siempre en contacto con toda la comunión eclesial, haciendo
que tome conciencia de su pertenencia al Cuerpo de Cristo. Por eso, además de
invitar a los fieles a encontrar personalmente tiempo para estar en oración ante
el Sacramento del altar, pido a las parroquias y a otros grupos eclesiales que
promuevan momentos de adoración comunitaria. Obviamente, conservan todo su valor
las formas de devoción eucarística ya existentes. Pienso, por ejemplo, en las
procesiones eucarísticas, sobre todo la procesión tradicional en la solemnidad
del Corpus Christi, en la práctica piadosa de las Cuarenta Horas, en los
Congresos eucarísticos locales, nacionales e internacionales, y en otras
iniciativas análogas. Estas formas de devoción, debidamente actualizadas y
adaptadas a las diversas circunstancias, merecen ser cultivadas también hoy.[195]

Lugar del sagrario en la iglesia

69. Sobre la importancia de la reserva eucarística y de la adoración y
veneración del sacramento del sacrificio de Cristo, el Sínodo de los Obispos ha
reflexionado sobre la adecuada colocación del sagrario en nuestras iglesias.[196]
En efecto, esto ayuda a reconocer la presencia real de Cristo en el Santísimo
Sacramento. Por tanto, es necesario que el lugar en que se conservan las
especies eucarísticas sea identificado fácilmente por cualquiera que entre en la
iglesia, también gracias a la lamparilla encendida. Para ello, se ha de tener en
cuenta la estructura arquitectónica del edificio sacro: en las iglesias donde no
hay capilla del Santísimo Sacramento, y el sagrario está en el altar mayor,
conviene seguir usando dicha estructura para la conservación y adoración de la
Eucaristía, evitando poner delante la sede del celebrante. En las iglesias
nuevas conviene prever que la capilla del Santísimo esté cerca del presbiterio;
si esto no fuera posible, es preferible poner el sagrario en el presbiterio,
suficientemente alto, en el centro del ábside, o bien en otro punto donde
resulte bien visible. Todos estos detalles ayudan a dar dignidad al sagrario,
cuyo aspecto artístico también debe cuidarse. Obviamente, se ha tener en
cuenta lo que dice a este respecto la Ordenación General del Misal Romano.[197]
En todo caso, el juicio último en esta materia corresponde al Obispo diocesano.

TERCERA PARTE

EUCARISTÍA,

MISTERIO QUE SE HA DE VIVIR

«El Padre que vive me ha enviado y yo vivo por el Padre;

del mismo modo, el que
come, vivirá por mí» (Jn 6,57)


Forma eucarística de la vida cristiana

El culto espiritual – logiké latreía
(Rm 12,1)

70. El Señor Jesús, que por nosotros se ha hecho alimento de verdad y de amor,
hablando del don de su vida nos asegura que « quien coma de este pan vivirá para
siempre » (Jn 6,51). Pero esta « vida eterna » se inicia en nosotros ya
en este tiempo por el cambio que el don eucarístico realiza en nosotros: « El
que me come vivirá por mí » (Jn 6,57). Estas palabras de Jesús nos permiten
comprender cómo el misterio « creído » y « celebrado » contiene en sí un
dinamismo que lo convierte en principio de vida nueva en nosotros y forma de la
existencia cristiana. En efecto, comulgando el Cuerpo y la Sangre de Jesucristo
se nos hace partícipes de la vida divina de un modo cada vez más adulto y
consciente. Análogamente a lo que san Agustín dice en las Confesiones
sobre el Logos eterno, alimento del alma, poniendo de relieve su carácter
paradójico, el santo Doctor imagina que se le dice: « Soy el manjar de los
grandes: crece, y me comerás, sin que por eso me transforme en ti, como el
alimento de tu carne; sino que tú te transformarás en mí ».[198] En
efecto, no es el alimento eucarístico el que se transforma en nosotros, sino que
somos nosotros los que gracias a él acabamos por ser cambiados misteriosamente.
Cristo nos alimenta uniéndonos a él; « nos atrae hacia sí ».[199]

La Celebración eucarística aparece aquí con toda su fuerza como fuente y culmen
de la existencia eclesial, ya que expresa, al mismo tiempo, tanto el inicio como
el cumplimiento del nuevo y definitivo culto, la logiké latreía.[200]
A este respecto, las palabras de san Pablo a los Romanos son la formulación más
sintética de cómo la Eucaristía transforma toda nuestra vida en culto espiritual
agradable a Dios: « Os exhorto, por la misericordia de Dios, a presentar
vuestros cuerpos como hostia viva, santa, agradable a Dios; éste es vuestro
culto razonable » (Rm 12,1). En esta exhortación se ve la imagen del
nuevo culto como ofrenda total de la propia persona en comunión con toda la
Iglesia. La insistencia del Apóstol sobre la ofrenda de nuestros cuerpos subraya
la concreción humana de un culto que no es para nada desencarnado. A este
propósito, el santo de Hipona nos sigue recordando que « éste es el sacrificio
de los cristianos: es decir, el llegar a ser muchos en un solo cuerpo en Cristo.
La Iglesia celebra este misterio con el sacramento del altar, que los fieles
conocen bien, y en el que se les muestra claramente que en lo que se ofrece ella
misma es ofrecida ».[201] En efecto, la doctrina católica afirma que la
Eucaristía, como sacrificio de Cristo, es también sacrificio de la Iglesia, y
por tanto de los fieles.[202] La insistencia sobre el sacrificio —«
hacer sagrado »— expresa aquí toda la densidad existencial que se encuentra
implicada en la transformación de nuestra realidad humana ganada por Cristo (cf.
Flp
3,12).

Eficacia integradora del culto eucarístico

71. El nuevo culto cristiano abarca todos los aspectos de la vida,
transfigurándola: « Cuando comáis o bebáis o hagáis cualquier otra cosa, hacedlo
todo para gloria de Dios » (1 Co 10,31). El cristiano está llamado a
expresar en cada acto de su vida el verdadero culto a Dios. De aquí toma forma
la naturaleza intrínsecamente eucarística de la vida cristiana. La Eucaristía,
al implicar la realidad humana concreta del creyente, hace posible, día a día,
la transfiguración progresiva del hombre, llamado a ser por gracia imagen del
Hijo de Dios (cf. Rm 8,29 s.). Todo lo que hay de auténticamente humano —pensamientos y afectos, palabras y obras— encuentra en el sacramento de la
Eucaristía la forma adecuada para ser vivido en plenitud. Aparece aquí todo el
valor antropológico de la novedad radical traída por Cristo con la Eucaristía:
el culto a Dios en la vida humana no puede quedar relegado a un momento
particular y privado, sino que, por su naturaleza, tiende a impregnar todos los
aspectos de la realidad del individuo. El culto agradable a Dios se convierte así
en un nuevo modo de vivir todas las circunstancias de la existencia, en la que
cada detalle queda exaltado al ser vivido dentro de la relación con Cristo y
como ofrenda a Dios. La gloria de Dios es el hombre viviente (cf. 1 Co
10,31). Y la vida del hombre es la visión de Dios.[203]

« Iuxta dominicam viventes » – Vivir según el domingo

72. Esta novedad radical que la Eucaristía introduce en la vida del hombre ha
estado presente en la conciencia cristiana desde el principio. Los fieles
percibieron en seguida el influjo profundo que la Celebración eucarística ejercía
sobre su estilo de vida. San Ignacio de Antioquía expresaba esta verdad
definiendo a los cristianos como « los que han llegado a la nueva esperanza »,
y los presentaba como los que viven « según el domingo » (iuxta dominicam
viventes
).[204] Esta fórmula del gran mártir antioqueno
pone
claramente de relieve la relación entre la realidad eucarística y la vida cristiana en su
cotidianidad. La costumbre característica de los cristianos de reunirse el
primer día después del sábado para celebrar la resurrección de Cristo —según el
relato de san Justino mártir[205]— es el hecho que define también la
forma de la existencia renovada por el encuentro con Cristo. La fórmula de san
Ignacio —« vivir según el domingo »— subraya también el valor paradigmático
que este día santo posee con respecto a cualquier otro día de la semana. En efecto,
su diferencia no está simplemente en dejar las actividades habituales, como una
especie de paréntesis dentro del ritmo normal de los días. Los cristianos
siempre han vivido este día como el primero de la semana, porque en él se hace
memoria de la radical novedad traída por Cristo. Así pues, el domingo es el día
en que el cristiano encuentra aquella forma eucarística de su existencia que
está llamado a vivir constantemente. « Vivir según el domingo » quiere decir
vivir conscientes de la liberación traída por Cristo y desarrollar la propia
vida como ofrenda de sí mismos a Dios, para que su victoria se manifieste
plenamente a todos los hombres a través de una conducta renovada íntimamente.

Vivir el precepto dominical

73. Los Padres sinodales, conscientes de este nuevo principio de vida que la
Eucaristía pone en el cristiano, han reafirmado la importancia del precepto
dominical para todos los fieles, como fuente de libertad auténtica, para poder
vivir cada día según lo que han celebrado en el « día del Señor ». En efecto, la
vida de fe peligra cuando ya no se siente el deseo de participar en la
Celebración eucarística, en que se hace memoria de la victoria pascual.
Participar en la asamblea litúrgica dominical, junto con todos los hermanos y
hermanas con los que se forma un solo cuerpo en Jesucristo, es algo que la
conciencia cristiana reclama y que al mismo tiempo la forma. Perder el sentido
del domingo, como día del Señor para santificar, es síntoma de una pérdida del
sentido auténtico de la libertad cristiana, la libertad de los hijos de Dios.[206]
A este respecto, son hermosas las observaciones de mi venerado predecesor Juan
Pablo II en la Carta apostólica
Dies Domini
.[207] a propósito de
las diversas dimensiones del domingo para los cristianos: es dies Domini,
con referencia a la obra de la creación; dies Christi como día de la
nueva creación y del don del Espíritu Santo que hace el Señor Resucitado;
dies Ecclesiae
como día en que la comunidad cristiana se congrega para la
celebración; dies hominis como día de alegría, descanso y caridad
fraterna.

Por tanto, este día se manifiesta como fiesta primordial en la que cada fiel, en el
ambiente en que vive, puede ser anunciador y custodio del sentido del tiempo. En
efecto, de este día brota el sentido cristiano de la existencia y un nuevo modo
de vivir el tiempo, las relaciones, el trabajo, la vida y la muerte. Por eso,
convienes que en el día del Señor los grupos eclesiales organicen en torno a la
Celebración eucarística dominical manifestaciones propias de la comunidad
cristiana: encuentros de amistad, iniciativas para formar la fe de niños,
jóvenes y adultos, peregrinaciones, obras de caridad y diversos momentos de
oración. Ante estos valores tan importantes —aun cuando el sábado por la tarde,
desde las primeras Vísperas, ya pertenezca al domingo y esté permitido cumplir
el precepto dominical— es preciso recordar que el domingo merece ser santificado
en sí mismo, para que no termine siendo un día « vacío de Dios ».[208]

Sentido del descanso y del trabajo

74. Es particularmente urgente en nuestro tiempo recordar que el día del Señor
es también el día de descanso del trabajo. Esperamos con gran interés que la
sociedad civil lo reconozca también así, a fin de que sea posible liberarse de
las actividades laborales sin sufrir por ello perjuicio alguno. En efecto, los
cristianos, en cierta relación con el sentido del sábado en la tradición judía,
han considerado el día del Señor también como el día del descanso del trabajo
cotidiano. Esto tiene un significado propio, al ser una relativización del
trabajo
, que debe estar orientado al hombre: el trabajo es para el hombre y
no el hombre para el trabajo. Es fácil intuir cómo así se protege al hombre en
cuanto se emancipa de una posible forma de esclavitud. Como he
afirmado, « el trabajo reviste una importancia primaria para la realización del
hombre y el desarrollo de la sociedad, y por eso es preciso que se organice y
desarrolle siempre en el pleno respeto de la dignidad humana y al servicio del
bien común. Al mismo tiempo, es indispensable que el hombre no se deje dominar
por el trabajo, que no lo idolatre, pretendiendo encontrar en él el sentido
último y definitivo de la vida ».[209] En el día consagrado a Dios es
donde el hombre comprende el sentido de su vida y también de la actividad
laboral.[210]

Asambleas dominicales en ausencia de sacerdote

75. Al profundizar en el sentido de la Celebración dominical para la vida del
cristiano, se plantea espontáneamente el problema de las comunidades cristianas
en las que falta el sacerdote y donde, por consiguiente, no es posible celebrar
la santa Misa en el día del Señor. A este respecto, se ha de reconocer que nos
encontramos ante situaciones bastante diferentes entre sí. El Sínodo, ante todo,
ha recomendado a los fieles acercarse a una de las iglesias de la diócesis en
que esté garantizada la presencia del sacerdote, aun cuando eso requiera un
cierto sacrificio.[211] En cambio, allí donde las grandes distancias
hacen prácticamente imposible la participación en la Eucaristía dominical, es
importante que las comunidades cristianas se reúnan igualmente para alabar al
Señor y hacer memoria del día dedicado a Él. Sin embargo, esto debe realizarse
en el contexto de una adecuada instrucción acerca de la diferencia entre la
santa Misa y las asambleas dominicales en ausencia de sacerdote. La atención
pastoral de la Iglesia se expresa en este caso vigilando para que la liturgia de la
Palabra, organizada bajo la dirección de un diácono o de un responsable de la
comunidad, al que le haya sido confiado debidamente este ministerio por la
autoridad competente, se cumpla según un ritual específico elaborado por las
Conferencias episcopales y aprobado por ellas para este fin.[212]
Recuerdo que corresponde a los Ordinarios conceder la facultad de distribuir la
comunión en dichas liturgias, valorando cuidadosamente la conveniencia de la
opción. Además, se ha de evitar que dichas asambleas provoquen confusión sobre
el papel central del sacerdote y la dimensión sacramental en la vida de la
Iglesia. La importancia del papel de los laicos, a los que se ha de agradecer su
generosidad al servicio de las comunidades cristianas, nunca ha de ocultar el
ministerio insustituible de los sacerdotes para la vida de la Iglesia.[213]
Así pues, se ha de vigilar atentamente para que las asambleas en ausencia de sacerdote no den
lugar a puntos de vista eclesiológicos en contraste con la verdad del Evangelio
y la tradición de la Iglesia. Es más, deberían ser ocasiones privilegiadas para
pedir a Dios que mande sacerdotes santos según su corazón. A este respecto, es
conmovedor lo que escribía el Papa Juan Pablo II en la
Carta a los Sacerdotes
para el Jueves Santo de 1979, recordando aquellos lugares en los que la
gente, privada del sacerdote por parte del régimen dictatorial, se reunía en una
iglesia o santuario, ponía sobre el altar la estola que conservaba todavía y
recitaba las oraciones de la liturgia eucarística, haciendo silencio « en el
momento que corresponde a la transustanciación »,
dando así testimonio del ardor con que « desean escuchar las palabras, que sólo
los labios de un sacerdote pueden pronunciar eficazmente ».[214]
Precisamente en esta perspectiva, teniendo en cuenta el bien incomparable que se
deriva de la celebración del Sacrificio eucarístico, pido a todos los sacerdotes
una activa y concreta disponibilidad para visitar lo más a menudo posible las
comunidades confiadas a su atención pastoral, para que no permanezcan demasiado
tiempo sin el Sacramento de la caridad.

Una forma eucarística de la vida cristiana,

la pertenencia eclesial

76. La importancia del domingo como dies Ecclesiae nos
remite a la
relación intrínseca entre la victoria de Jesús sobre el mal y sobre la muerte y
nuestra pertenencia a su Cuerpo eclesial. En efecto, en el Día del Señor todo
cristiano descubre también la dimensión comunitaria de su propia existencia
redimida. Participar en la acción litúrgica, comulgar el Cuerpo y la Sangre
de Cristo quiere decir, al mismo tiempo, hacer cada vez más íntima y profunda la
propia pertenencia a Él, que murió por nosotros (cf. 1 Co 6,19 s.;
7,23). Verdaderamente, quién se alimenta de Cristo vive por Él. El sentido
profundo de la communio sanctorum se entiende en relación con el Misterio
eucarístico. La comunión tiene siempre y de modo inseparable una connotación
vertical y una horizontal: comunión con Dios y comunión con los hermanos y
hermanas. Las dos dimensiones se encuentran misteriosamente en el don
eucarístico. « Donde se destruye la comunión con Dios, que es comunión con el
Padre, con el Hijo y con el Espíritu Santo, se destruye también la raíz y el
manantial de la comunión con nosotros. Y donde no se vive la comunión entre
nosotros, tampoco es viva y verdadera la comunión con el Dios Trinitario ».[215]
Así pues, llamados a ser miembros de Cristo y, por tanto, miembros los unos de
los otros (cf. 1 Co 12,27), formamos una realidad fundada ontológicamente
en el Bautismo y alimentada por la Eucaristía, una realidad que requiere una
respuesta sensible en la vida de nuestras comunidades.

La forma eucarística de la vida cristiana es sin duda una forma eclesial y
comunitaria. El modo concreto en que cada fiel puede experimentar su pertenencia
al Cuerpo de Cristo se realiza a través de la diócesis y las parroquias, como
estructuras fundamentales de la Iglesia en un territorio particular.
Las asociaciones, los movimientos eclesiales y las nuevas comunidades —con la vitalidad de
sus carismas concedidos por el Espíritu Santo para nuestro tiempo—, así como
también los Institutos de vida consagrada, tienen el deber de dar su
contribución específica para favorecer en los fieles la percepción de pertenecer
al Señor (cf. Rm 14,8). El fenómeno de la secularización, que
comporta aspectos marcadamente individualistas, ocasiona sus efectos deletéreos
sobre todo en las personas que se aíslan, y por el escaso sentido de
pertenencia. El cristianismo, desde sus comienzos, supone siempre una compañía,
una red de relaciones vivificadas continuamente por la escucha de la Palabra, la
Celebración eucarística y animadas por el Espíritu Santo.

Espiritualidad y cultura eucarística

77. Es significativo que los Padres sinodales hayan afirmado que « los fieles
cristianos necesitan comprender más profundamente las relaciones entre la
Eucaristía y la vida cotidiana. La espiritualidad eucarística no es solamente
participación en la Misa y devoción al Santísimo Sacramento. Abarca la vida
entera ».[216] Esta consideración tiene hoy un significado
particular
para todos nosotros. Se ha de reconocer que uno de los efectos más graves de la
secularización, mencionada antes, consiste en haber relegado la fe cristiana al
margen de la existencia, como si fuera algo inútil con respecto al desarrollo
concreto de la vida de los hombres. El fracaso de este modo de vivir « como si
Dios no existiera » está ahora a la vista de todos. Hoy se necesita redescubrir
que Jesucristo no es una simple convicción privada o una doctrina abstracta,
sino una persona real cuya entrada en la historia es capaz de renovar la vida de
todos. Por eso la Eucaristía, como fuente y culmen de la vida y de la misión de
la Iglesia, se tiene que traducir en espiritualidad, en vida « según el Espíritu
» (cf. Rm 8,4 s.; Ga 5,16.25). Resulta significativo que san
Pablo, en el pasaje de la Carta a los Romanos en que invita a vivir el nuevo
culto espiritual, mencione al mismo tiempo la necesidad de cambiar el propio
modo de vivir y pensar: « Y no os ajustéis a este mundo, sino transformaos por
la renovación de la mente, para que sepáis discernir lo que es la voluntad de
Dios, lo bueno, lo que agrada, lo perfecto » (12,2). De esta manera, el Apóstol
de los gentiles subraya la relación entre el verdadero culto espiritual y la
necesidad de entender de un modo nuevo la vida y vivirla. La renovación de la
mentalidad es parte integrante de la forma eucarística de la vida cristiana, «
para que ya no seamos niños sacudidos por las olas y llevados al retortero por
todo viento de doctrina » (Ef 4,14).

Eucaristía y evangelización de las culturas

78. De todo lo expuesto se desprende que el Misterio eucarístico nos hace entrar
en diálogo
con las diferentes culturas, aunque en cierto sentido también
las desafía
.[217] Se ha de reconocer el carácter intercultural de
este nuevo culto, de esta logiké latreía. La presencia de Jesucristo y la
efusión del Espíritu Santo son acontecimientos que pueden confrontarse siempre
con cada realidad cultural, para fermentarla evangélicamente. Por consiguiente,
esto comporta el compromiso de promover con convicción la evangelización de las
culturas, con la conciencia de que el mismo Cristo es la verdad de todo hombre y
de toda la historia humana. La Eucaristía se convierte en criterio de
valorización de todo lo que el cristiano encuentra en las diferentes expresiones
culturales. En este importante proceso podemos escuchar las muy significativas
palabras de san Pablo que, en su primera Carta a los Tesalonicenses, exhorta: «
examinadlo todo, quedándoos con lo bueno » (5,21).

Eucaristía y fieles laicos

79. En Cristo, Cabeza de la Iglesia que es su Cuerpo, todos los cristianos
forman « una raza elegida, un sacerdocio real, una nación consagrada, un pueblo
adquirido por Dios para proclamar las hazañas del que nos llamó a salir de la
tiniebla y a entrar en su luz maravillosa » (1 P 2,9). La Eucaristía,
como misterio que se ha de vivir, se ofrece a cada persona en la condición en
que se encuentra, haciendo que viva diariamente la novedad cristiana en su
situación existencial. Puesto que el Sacrificio eucarístico alimenta y
acrecienta en nosotros lo que ya se nos ha dado en el Bautismo, por el cual
todos estamos llamados a la santidad,[218] esto debería aflorar y
manifestarse también en las situaciones o estados de vida en que se encuentra
cada cristiano. Este, viviendo la propia vida como vocación, se convierte día
tras día en culto agradable a Dios. Ya desde la reunión litúrgica, el Sacramento
de la Eucaristía nos compromete en la realidad cotidiana para que todo se haga
para gloria de Dios.

Puesto que el mundo es « el campo » (Mt 13,38) en el que Dios pone a sus
hijos como buena semilla, los laicos cristianos, en virtud del Bautismo y de la
Confirmación, y fortalecidos por la Eucaristía, están llamados a vivir la
novedad radical traída por Cristo precisamente en las condiciones comunes de la
vida.[219] Han de cultivar el deseo de que la Eucaristía influya cada
vez más profundamente en su vida cotidiana, convirtiéndolos en testigos visibles
en su propio ambiente de trabajo y en toda la sociedad.[220] Animo
en especial a las familias para que este Sacramento sea fuente de fuerza e
inspiración. El amor entre el hombre y la mujer, la acogida de la vida y la
tarea educativa son ámbitos privilegiados en los que la Eucaristía
puede mostrar su capacidad de transformar la existencia y llenarla de sentido.[221]
Los Pastores siempre han de apoyar, educar y animar a los fieles laicos a vivir
plenamente su propia vocación a la santidad en el mundo, al que Dios ha amado
tanto que le ha entregado a su Hijo para que se salve por Él (cf. Jn
3,16).

Eucaristía y espiritualidad sacerdotal

80. Indudablemente, la forma eucarística de la existencia cristiana se manifiesta de modo
particular en el estado de vida sacerdotal. La espiritualidad sacerdotal es
intrínsecamente eucarística. La semilla de esta espiritualidad  ya se
encuentra en las palabras que el Obispo pronuncia en la liturgia de la
Ordenación: « Recibe la ofrenda del pueblo santo para presentarla a Dios.
Considera lo que realizas e imita lo que conmemoras, y conforma tu vida con el
misterio de la cruz del Señor ».[222] El sacerdote, para dar a su vida
una forma eucarística cada vez más plena, ya en el período de formación y luego
en los años sucesivos, ha de dedicar tiempo a la vida espiritual.[223]
Está llamado a ser siempre un auténtico buscador de Dios, permaneciendo al
mismo tiempo cercano a las preocupaciones de los hombres. Una vida espiritual
intensa le permitirá entrar más profundamente en comunión con el Señor y le
ayudará a dejarse ganar por el amor de Dios, siendo su testigo en todas las
circunstancias, aunque sean difíciles y sombrías. Por esto, junto con los Padres
del Sínodo, recomiendo a los sacerdotes « la celebración diaria de la santa
Misa, aun cuando no hubiera participación de fieles ».[224] Esta
recomendación está en consonancia ante todo con el valor objetivamente infinito
de cada Celebración eucarística; y, además, está motivado por su singular
eficacia espiritual, porque si la santa Misa se vive con atención y con fe, es
formativa en el sentido más profundo de la palabra, pues promueve la
configuración con Cristo y consolida al sacerdote en su vocación.

Eucaristía y vida consagrada

81. En el contexto de la relación entre la Eucaristía y las diversas vocaciones
eclesiales resplandece de modo particular « el testimonio profético de las
consagradas y de los consagrados, que encuentran en la Celebración eucarística y
en la adoración la fuerza para el seguimiento radical de Cristo obediente, pobre
y casto ».[225] Los consagrados y las consagradas, incluso desempeñando
muchos servicios en el campo de la formación humana y en la atención a los
pobres, en la enseñanza o en la asistencia a los enfermos, saben que el objetivo
principal de su vida es « la contemplación de las cosas divinas y la unión
asidua con Dios ».[226] La contribución esencial que la Iglesia espera
de la vida consagrada es más en el orden del ser que en el del hacer. En este
contexto, quisiera subrayar la importancia del testimonio virginal precisamente
en relación con el misterio de la Eucaristía. En efecto, además de la relación
con el celibato sacerdotal, el Misterio eucarístico manifiesta una relación
intrínseca con la virginidad consagrada, ya que es expresión de la consagración
exclusiva de la Iglesia a Cristo, que ella con fidelidad radical y fecunda acoge
como a su Esposo.[227] La virginidad consagrada encuentra en la
Eucaristía inspiración y alimento para su entrega total a Cristo. Además, en la
Eucaristía obtiene consuelo e impulso para ser, también en nuestro tiempo, signo
del amor gratuito y fecundo de Dios a la humanidad. A través de su
testimonio específico, la vida consagrada se convierte objetivamente en
referencia y anticipación de las « bodas del Cordero » (Ap 19,7-9),
meta de toda la historia de la salvación. En este sentido, es una llamada eficaz
al horizonte escatológico que todo hombre necesita para poder orientar sus
propias opciones y decisiones de vida.

Eucaristía y transformación moral

82. Descubrir la belleza de la forma eucarística de la vida cristiana nos lleva
a reflexionar también sobre la fuerza moral que dicha forma produce para
defender la auténtica libertad de los hijos de Dios. Con esto deseo recordar una
temática surgida en el Sínodo sobre la relación entre forma eucarística de la
vida y transformación moral
. El Papa Juan Pablo II afirmaba que la vida
moral « posee el valor de un ‘‘culto espiritual” (Rm 12,1; cf. Flp
3,3) que nace y se alimenta de aquella inagotable fuente de santidad y
glorificación de Dios que son los sacramentos, especialmente la Eucaristía; en
efecto, participando en el sacrificio de la Cruz, el cristiano comulga con el
amor de donación de Cristo y se capacita y compromete a vivir esta misma caridad
en todas sus actitudes y comportamientos de vida ».[228] En definitiva,
« en el ‘‘culto” mismo, en la comunión eucarística, está incluido a la vez el
ser amado y el amar a los otros. Una Eucaristía que no comporte un ejercicio
práctico del amor es fragmentaria en sí misma ».[229]

Esta referencia al valor moral del culto espiritual no se ha de interpretar en
clave moralista. Es ante todo el gozoso descubrimiento del dinamismo del amor en
el corazón que acoge el don del Señor, se abandona a Él y encuentra la verdadera
libertad. La transformación moral que comporta el nuevo culto instituido por
Cristo, es una tensión y un deseo cordial de corresponder al amor del Señor con
todo el propio ser, a pesar de la conciencia de la propia fragilidad. Todo esto
está bien reflejado en el relato evangélico de Zaqueo (cf. Lc 19,1-10).
Después de haber hospedado a Jesús en su casa, el publicano se ve completamente
transformado: decide dar la mitad de sus bienes a los pobres y devuelve cuatro
veces más a quienes había robado. El impulso moral, que nace de acoger a Jesús
en nuestra vida, brota de la gratitud por haber experimentado la inmerecida
cercanía del Señor.

Coherencia eucarística

83. Es importante notar lo que los Padres sinodales han denominado coherencia
eucarística
, a la cual está llamada objetivamente nuestra vida. En efecto,
el culto agradable a Dios nunca es un acto meramente privado, sin consecuencias
en nuestras relaciones sociales: al contrario, exige el testimonio público de la
propia fe. Obviamente, esto vale para todos los bautizados, pero tiene una
importancia particular para quienes, por la posición social o política que
ocupan, han de tomar decisiones sobre valores fundamentales, como el respeto y
la defensa de la vida humana, desde su concepción hasta su fin natural, la
familia fundada en el matrimonio entre hombre y mujer, la libertad de educación
de los hijos y la promoción del bien común en todas sus formas.[230]
Estos valores no son negociables. Así pues, los políticos y los legisladores
católicos, conscientes de su grave responsabilidad social, deben sentirse
particularmente interpelados por su conciencia, rectamente formada, para
presentar y apoyar leyes inspiradas en los valores fundados en la naturaleza
humana.[231] Esto tiene además una relación objetiva con la Eucaristía
(cf. 1 Co 11,27-29). Los Obispos han de llamar constantemente la atención
sobre estos valores. Ello es parte de su responsabilidad para con la grey que se
les ha confiado.[232]


Eucaristía, misterio que se ha de anunciar

Eucaristía y misión

84. En la
homilía durante la Celebración eucarística con la que he iniciado
solemnemente mi ministerio en la Cátedra de Pedro, decía: « Nada hay más hermoso
que haber sido alcanzados, sorprendidos, por el Evangelio, por Cristo. Nada más
bello que conocerle y comunicar a los otros la amistad con él ».[233]
Esta afirmación asume una mayor intensidad si pensamos en el Misterio
eucarístico. En efecto, no podemos guardar para nosotros el amor que celebramos
en el Sacramento. Éste exige por su naturaleza que sea comunicado a todos. Lo
que el mundo necesita es el amor de Dios, encontrar a Cristo y creer en Él. Por
eso la Eucaristía no es sólo fuente y culmen de la vida de la Iglesia; lo es
también de su misión: « Una Iglesia auténticamente eucarística es una Iglesia
misionera ».[234] También nosotros podemos decir a nuestros hermanos
con convicción: « Lo que hemos visto y oído os lo anunciamos para que estéis
unidos con nosotros » (1 Jn 1,3). Verdaderamente, nada hay más hermoso
que encontrar a Cristo y comunicarlo a todos. Además, la institución misma
de la Eucaristía anticipa lo que es el centro de la misión de Jesús: Él es el
enviado del Padre para la redención del mundo (cf. Jn 3,16-17; Rm
8,32). En la última Cena Jesús confía a sus discípulos el Sacramento que
actualiza el sacrificio que Él ha hecho de sí mismo en obediencia al Padre para
la salvación de todos nosotros. No podemos acercarnos a la Mesa eucarística sin
dejarnos llevar por ese movimiento de la misión que, partiendo del corazón mismo
de Dios, tiende a llegar a todos los hombres. Así pues, el impulso misionero es
parte constitutiva de la forma eucarística de la vida cristiana.

Eucaristía y testimonio

85. La misión primera y fundamental que recibimos de los santos Misterios que
celebramos es la de dar testimonio con nuestra vida. El asombro por el don que
Dios nos ha hecho en Cristo infunde en nuestra vida un dinamismo nuevo,
comprometiéndonos a ser testigos de su amor. Nos convertimos en testigos cuando,
por nuestras acciones, palabras y modo de ser, aparece Otro y se comunica. Se
puede decir que el testimonio es el medio con el que la verdad del amor de Dios
llega al hombre en la historia, invitándolo a acoger libremente esta novedad
radical. En el testimonio Dios, por así decir, se expone al riesgo de la
libertad del hombre. Jesús mismo es el testigo fiel y veraz (cf. Ap 1,5;
3,14); vino para dar testimonio de la verdad (cf. Jn 18,37). Con
estas reflexiones deseo recordar un concepto muy querido por los primeros
cristianos, pero que también nos afecta a nosotros, cristianos de hoy: el
testimonio hasta el don de sí mismos, hasta el martirio, ha sido considerado
siempre en la historia de la Iglesia como la cumbre del nuevo culto espiritual:
« Ofreced vuestros cuerpos » (Rm 12,1). Se puede recordar, por ejemplo,
el relato del martirio de san Policarpo de Esmirna, discípulo de san Juan: todo
el acontecimiento dramático es descrito como una liturgia, más aún como si el
mártir mismo se convirtiera en Eucaristía.[235] Pensemos también en la
conciencia eucarística que san Ignacio de Antioquía expresa ante su martirio: él se
considera « trigo de Dios » y desea llegar a ser en el martirio « pan puro de
Cristo ».[236] El cristiano que ofrece su vida en el martirio entra en
plena comunión con la Pascua de Jesucristo y así se convierte con Él en
Eucaristía. Tampoco faltan hoy en la Iglesia mártires en los que se manifiesta
de modo supremo el amor de Dios. Sin embargo, aun cuando no se requiera la
prueba del martirio, sabemos que el culto agradable a Dios implica también
interiormente esta disponibilidad,[237] y se manifiesta en el
testimonio alegre y convencido ante el mundo de una vida cristiana coherente
allí donde el Señor nos llama a anunciarlo.

Jesucristo, único Salvador

86. Subrayar la relación intrínseca entre Eucaristía y misión nos ayuda a
redescubrir también el contenido último de nuestro anuncio. Cuanto más vivo sea
el amor por la Eucaristía en el corazón del pueblo cristiano, tanto más clara
tendrá la tarea de la misión: llevar a Cristo. No es sólo una idea o una
ética inspirada en Él, sino el don de su misma Persona. Quien no comunica la
verdad del Amor al hermano no ha dado todavía bastante. La Eucaristía, como
sacramento de nuestra salvación, nos lleva a considerar de modo ineludible la
unicidad de Cristo y de la salvación realizada por Él a precio de su sangre. Por
tanto, la exigencia de educar constantemente a todos al trabajo misionero, cuyo
centro es el anuncio de Jesús, único Salvador, surge del Misterio eucarístico,
creído y celebrado.[238] Así se evitará que se reduzca a una
interpretación meramente sociológica la decisiva obra de promoción humana que
comporta siempre todo auténtico proceso de evangelización.

Libertad de culto

87. En este contexto, deseo hablar de lo que los Padres han afirmado durante la
asamblea sinodal sobre las graves dificultades que afectan a la misión de
aquellas comunidades cristianas que viven en condiciones de minoría o incluso
privadas de la libertad religiosa.[239] Realmente debemos dar gracias
al Señor por todos los Obispos, sacerdotes, personas consagradas y laicos, que
se dedican a anunciar el Evangelio y viven su fe arriesgando la propia vida.
En muchas regiones del mundo el mero hecho de ir a la Iglesia es un testimonio
heroico que expone a las personas a la marginación y a la violencia. En esta
ocasión, deseo confirmar también la solidaridad de toda la Iglesia con los que
sufren por la falta de libertad de culto. Como sabemos, donde falta la libertad
religiosa, falta en definitiva la libertad más significativa, ya que
en la fe el hombre expresa su íntima convicción sobre el sentido último de su
vida. Pidamos, pues, que aumenten los espacios de libertad religiosa en
todos los Estados, para que los cristianos, así como también los miembros de
otras religiones, puedan vivir personal y comunitariamente sus convicciones
libremente.


Eucaristía,

misterio que se ha de ofrecer al mundo

Eucaristía: pan partido para la vida del mundo

88. « El pan que yo daré es mi carne para la vida del mundo » (Jn 6,51).
Con estas palabras el Señor revela el verdadero sentido del don de su propia
vida por todos los hombres y nos muestran también la íntima compasión que Él
tiene por cada persona. En efecto, los Evangelios nos narran muchas veces los
sentimientos de Jesús por los hombres, de modo especial por los que sufren y los
pecadores (cf. Mt 20,34; Mc 6,54; Lc 9,41). Mediante un
sentimiento profundamente humano, Él expresa la intención salvadora de Dios para
todos los hombres, a fin de que lleguen a la vida verdadera. Cada celebración
eucarística actualiza sacramentalmente el don de su propia vida que Jesús hizo en la Cruz por nosotros y por el mundo entero. Al mismo tiempo, en la
Eucaristía Jesús nos hace testigos de la compasión de Dios por cada hermano y
hermana. Nace así, en torno al Misterio eucarístico, el servicio de la caridad
para con el prójimo, que « consiste precisamente en que, en Dios y con Dios, amo
también a la persona que no me agrada o ni siquiera conozco. Esto sólo puede
llevarse a cabo a partir del encuentro íntimo con Dios, un encuentro que se ha
convertido en comunión de voluntad, llegando a implicar el sentimiento. Entonces
aprendo a mirar a esta otra persona no ya sólo con mis ojos y sentimientos, sino
desde la perspectiva de Jesucristo ».[240] De ese modo, en las personas
que encuentro reconozco a hermanos y hermanas por los que el Señor ha dado su
vida amándolos « hasta el extremo » (Jn 13,1). Por consiguiente, nuestras
comunidades, cuando celebran la Eucaristía, han de ser cada vez más conscientes
de que el sacrificio de Cristo es para todos y que, por eso, la Eucaristía
impulsa a todo el que cree en Él a hacerse « pan partido » para los demás y, por
tanto, a trabajar por un mundo más justo y fraterno. Pensando en la
multiplicación de los panes y los peces, hemos de reconocer que Cristo sigue
exhortando también hoy a sus discípulos a comprometerse en primera persona: «
dadles vosotros de comer » (Mt 14,16). En verdad, la vocación de cada uno
de nosotros consiste en ser, junto con Jesús, pan partido para la vida del
mundo
.

Implicaciones sociales del Misterio eucarístico

89. La unión con Cristo que se realiza en el Sacramento nos capacita también
para nuevos tipos de relaciones sociales: « la “mística” del Sacramento tiene
un carácter social ». En efecto, « la unión con Cristo es al mismo tiempo unión
con todos los demás a los que Él se entrega. No puedo tener a Cristo sólo para
mí; únicamente puedo pertenecerle en unión con todos los que son suyos o lo
serán »[241] A este respecto, hay que explicitar la relación entre
Misterio eucarístico y compromiso social. La Eucaristía es sacramento de
comunión entre hermanos y hermanas que aceptan reconciliarse en Cristo, el cual
ha hecho de judíos y paganos un pueblo solo, derribando el muro de enemistad que
los separaba (cf. Ef 2,14). Sólo esta constante tensión hacia la
reconciliación permite comulgar dignamente con el Cuerpo y la Sangre de Cristo
(cf. Mt 5,23- 24).[242] Cristo, por el memorial de su
sacrificio, refuerza la comunión entre los hermanos y, de modo particular,
apremia a los que están enfrentados para que aceleren su reconciliación
abriéndose al diálogo y al compromiso por la justicia. No cabe duda de que las
condiciones para establecer una paz verdadera son la restauración de la
justicia, la reconciliación y el perdón.[243] De esta toma de
conciencia nace la voluntad de transformar también las estructuras injustas para
restablecer el respeto de la dignidad del hombre, creado a imagen y semejanza de
Dios. La Eucaristía, a través de la puesta en práctica de este compromiso,
transforma en vida lo que ella significa en la celebración. Como he afirmado, la Iglesia no tiene como tarea propia emprender una batalla
política para realizar la sociedad más justa posible; sin embargo, tampoco puede
ni debe quedarse al margen de la lucha por la justicia. La Iglesia « debe
insertarse en ella a través de la argumentación racional y debe despertar las
fuerzas espirituales, sin las cuales la justicia, que siempre exige también
renuncias, no puede afirmarse ni prosperar ».[244]

En la perspectiva de la responsabilidad social de todos los cristianos, los
Padres sinodales han recordado que el sacrificio de Cristo es misterio de
liberación que nos interpela y provoca continuamente. Dirijo por tanto una
llamada a todos los fieles para que sean realmente operadores de paz y de
justicia: « En efecto, quien participa en la Eucaristía ha de comprometerse en
construir la paz en nuestro mundo marcado por tantas violencias y guerras, y de
modo particular hoy, por el terrorismo, la corrupción económica y la explotación
sexual ».[245] Todos estos problemas, que a su vez engendran otros
fenómenos degradantes, son los que despiertan viva preocupación. Sabemos que
estas situaciones no se pueden afrontar de un manera superficial. Precisamente,
gracias al Misterio que celebramos, deben denunciarse las circunstancias que van
contra la dignidad del hombre, por el cual Cristo ha derramado su sangre,
afirmando así el alto valor de cada persona.

El alimento de la verdad y la indigencia del hombre

90. No podemos permanecer pasivos ante ciertos procesos de globalización que con
frecuencia hacen crecer desmesuradamente en todo el mundo la diferencia entre
ricos y pobres. Debemos denunciar a quien derrocha las riquezas de la tierra,
provocando desigualdades que claman al cielo (cf. St 5,4). Por ejemplo,
es imposible permanecer callados ante « las imágenes sobrecogedoras de los
grandes campos de prófugos o de refugiados —en muchas partes del mundo—
concentrados
en precarias condiciones para librarse de una suerte peor, pero necesitados de
todo. Estos seres humanos, ¿no son nuestros hermanos y hermanas? ¿Acaso sus
hijos no vienen al mundo con las mismas esperanzas legítimas de felicidad que
los demás? ».[246] El Señor Jesús, Pan de vida eterna, nos apremia y
nos hace estar atentos a las situaciones de pobreza en que se halla todavía gran
parte de la humanidad: son situaciones cuya causa implica a menudo un clara e
inquietante responsabilidad por parte de los hombres. En efecto, « sobre la base de datos estadísticos disponibles,
se puede afirmar que menos de la mitad
de las ingentes sumas destinadas globalmente a armamento sería más que
suficiente para sacar de manera estable de la indigencia al inmenso ejército de
los pobres. Esto interpela a la conciencia humana. Nuestro común compromiso por
la verdad puede y tiene que dar nueva esperanza a estas poblaciones que viven
bajo el umbral de la pobreza, mucho más a causa de situaciones que dependen de
las relaciones internacionales políticas, comerciales y culturales, que a causa
de
circunstancias incontroladas ».[247]

El alimento de la verdad nos impulsa a denunciar las situaciones indignas del
hombre, en las que a causa de la injusticia y la explotación se muere por falta
de comida, y nos da nueva fuerza y ánimo para trabajar sin descanso en la
construcción de la civilización del amor. Los cristianos han procurado desde el
principio compartir sus bienes (cf. Hch 4,32) y ayudar a los pobres (cf.
Rm 15,26). La colecta en las asambleas litúrgicas no sólo nos lo recuerda
expresamente, sino que es también una necesidad muy actual. Las instituciones
eclesiales de beneficencia, en particular Caritas en sus diversos
ámbitos, prestan el precioso servicio de ayudar a las personas necesitadas,
sobre todo a los más pobres. Estas instituciones, inspirándose en la Eucaristía,
que es el sacramento de la caridad, se convierten en su expresión concreta; por
ello merecen todo encomio y estímulo por su compromiso solidario en el mundo.

Doctrina social de la Iglesia

91. El misterio de la Eucaristía nos capacita e impulsa a un trabajo audaz en
las estructuras de este mundo para llevarles aquel tipo de relaciones nuevas,
que tiene su fuente inagotable en el don de Dios. La oración que repetimos en
cada santa Misa: « Danos hoy nuestro pan de cada día », nos obliga a hacer todo
lo posible, en colaboración con las instituciones internacionales, estatales o
privadas, para que cese o al menos disminuya en el mundo el escándalo del hambre
y de la desnutrición que sufren tantos millones de personas, especialmente en
los países en vías de desarrollo. El cristiano laico en particular, formado en
la escuela de la Eucaristía, está llamado a asumir directamente su propia
responsabilidad política y social. Para que pueda desempeñar adecuadamente sus
cometidos hay que prepararlo mediante una educación concreta para la caridad y la
justicia. Por eso, como ha pedido el Sínodo, es necesario promover la doctrina
social de la Iglesia y darla a conocer en las diócesis y en las comunidades
cristianas.[248] En este precioso patrimonio, procedente de la más
antigua tradición eclesial, encontramos los elementos que orientan con profunda
sabiduría el comportamiento de los cristianos ante las cuestiones sociales
candentes. Esta doctrina, madurada durante toda la historia de la Iglesia, se
caracteriza por el realismo y el equilibrio, ayudando así a evitar compromisos
equívocos o utopías ilusorias.

Santificación del mundo y salvaguardia de la creación

92. Para desarrollar una profunda espiritualidad eucarística que pueda
influir
también de manera significativa en el campo social, se requiere que el pueblo
cristiano tenga conciencia de que, al dar gracias por medio de la Eucaristía, lo
hace en nombre de toda la creación, aspirando así a la santificación del mundo y
trabajando intensamente para tal fin.[249] La Eucaristía misma proyecta
una luz intensa sobre la historia humana y sobre todo el cosmos. En esta
perspectiva sacramental aprendemos, día a día, que todo acontecimiento eclesial
tiene carácter de signo, mediante el cual Dios se comunica a sí mismo y nos
interpela. De esta manera, la forma eucarística de la vida puede favorecer
verdaderamente un auténtico cambio de mentalidad en el modo de ver la historia y
el mundo. La liturgia misma nos educa para todo esto cuando, durante la
presentación de las ofrendas, el sacerdote dirige a Dios una oración de
bendición y de petición sobre el pan y el vino, « fruto de la tierra », « de la
vid » y del « trabajo del hombre ». Con estas palabras, además de incluir en la
ofrenda a Dios toda la actividad y el esfuerzo humano, el rito nos lleva a
considerar la tierra como creación de Dios, que produce todo lo necesario para
nuestro sustento. La creación no es una realidad neutral, mera materia que se
puede utilizar indiferentemente siguiendo el instinto humano. Más bien forma
parte del plan bondadoso de Dios, por el que todos nosotros estamos llamados a
ser hijos e hijas en el Hijo unigénito de Dios, Jesucristo (cf. Ef 1,4-12). La
fundada preocupación por las condiciones ecológicas en que se halla la
creación en muchas partes del mundo encuentra motivos de consuelo en la
perspectiva de la esperanza cristiana, que nos compromete a actuar
responsablemente en defensa de la creación.[250] En efecto, en la
relación entre la Eucaristía y el universo descubrimos la unidad del plan de
Dios y se nos invita a descubrir la relación profunda entre la creación y la «
nueva creación », inaugurada con la resurrección de Cristo, nuevo Adán. En ella
participamos ya desde ahora en virtud del Bautismo (cf. Col 2,12 s.), y
así se le abre a nuestra vida cristiana, alimentada por la Eucaristía, la
perspectiva del mundo nuevo, del nuevo cielo y de la nueva tierra, donde la
nueva Jerusalén baja del cielo, desde Dios, « ataviada como una novia que se
adorna para su esposo » (Ap 21,2).

Utilidad de un Compendio eucarístico

93. Al final de estas reflexiones, en las que he querido fijarme en las
orientaciones surgidas en el Sínodo, deseo acoger también una petición que
hicieron los Padres para ayudar al pueblo cristiano a creer, celebrar y vivir
cada vez mejor el Misterio eucarístico. Preparado por los Dicasterios
competentes se publicará un Compendio que recogerá textos del Catecismo
de la Iglesia Católica, oraciones y explicaciones de las Plegarias Eucarísticas
del Misal, así como todo lo que pueda ser útil para la correcta comprensión,
celebración y adoración del Sacramento del altar.[251] Espero que este
instrumento ayude a que el memorial de la Pascua del Señor se convierta cada vez
más en fuente y culmen de la vida y de la misión de la Iglesia. Esto impulsará a
cada fiel a hacer de su propia vida un verdadero culto espiritual.

CONCLUSIÓN

94. Queridos hermanos y hermanas, la Eucaristía es el origen de toda forma de
santidad, y todos nosotros estamos llamados a la plenitud de vida en el Espíritu
Santo. ¡Cuántos santos han hecho auténtica su propia vida gracias a su piedad
eucarística! De san Ignacio de Antioquía a san Agustín, de san Antonio abad a
san Benito, de san Francisco de Asís a santo Tomás de Aquino, de santa Clara de
Asís a santa Catalina de Siena, de san Pascual Bailón a san Pedro Julián Eymard,
de san Alfonso María de Ligorio al beato Carlos de Foucauld, de san Juan María
Vianney a santa Teresa de Lisieux, de san Pío de Pietrelcina a la beata Teresa
de Calcuta, del beato Piergiorgio Frassati al beato Iván Merz, sólo por citar
algunos de los numerosos nombres, la santidad ha tenido siempre su centro en el
sacramento de la Eucaristía.

Por eso, es necesario que en la Iglesia se crea realmente, se celebre con
devoción y se viva intensamente este santo Misterio. El don de sí mismo que
Jesús hace en el Sacramento memorial de su pasión, nos asegura que el culmen de
nuestra vida está en la participación en la vida trinitaria, que en él se nos
ofrece de manera definitiva y eficaz. La celebración y adoración de la
Eucaristía nos permiten acercarnos al amor de Dios y adherirnos personalmente a
él hasta unirnos con el Señor amado. El ofrecimiento de nuestra vida, la
comunión con toda la comunidad de los creyentes y la solidaridad con cada
hombre, son aspectos imprescindibles de la logiké latreía, del culto
espiritual, santo y agradable a Dios (cf. Rm 12,1), en el que toda
nuestra realidad humana concreta se transforma para su gloria. Invito, pues, a
todos los pastores a poner la máxima atención en la promoción de una
espiritualidad cristiana auténticamente eucarística. Que los presbíteros, los
diáconos y todos los que desempeñan un ministerio eucarístico, reciban siempre
de estos mismos servicios, realizados con esmero y preparación constante, fuerza
y estímulo para el propio camino personal y comunitario de santificación.
Exhorto a todos los laicos, en particular a las familias, a encontrar
continuamente en el Sacramento del amor de Cristo la fuerza para transformar la
propia vida en un signo auténtico de la presencia del Señor resucitado. Pido a
todos los consagrados y consagradas que manifiesten con su propia vida
eucarística el esplendor y la belleza de pertenecer totalmente al Señor.

95. A principios del siglo IV, el culto cristiano estaba todavía prohibido por las
autoridades imperiales. Algunos cristianos del Norte de África, que se sentían
en la obligación de celebrar el día del Señor, desafiaron la prohibición. Fueron
martirizados mientras declaraban que no les era posible vivir sin la Eucaristía,
alimento del Señor: sine dominico non possumus.[252] Que estos
mártires de Abitinia, junto con muchos santos y beatos que han hecho de la
Eucaristía el centro de su vida, intercedan por nosotros y nos enseñen la
fidelidad al encuentro con Cristo resucitado. Nosotros tampoco podemos vivir sin
participar en el Sacramento de nuestra salvación y deseamos ser iuxta
dominicam viventes
, es decir, llevar a la vida lo que celebramos en el día
del Señor. En efecto, este es el día de nuestra liberación definitiva. ¿Qué
tiene de extraño que deseemos vivir cada día según la novedad introducida por
Cristo con el misterio de la Eucaristía?

96. Que María Santísima, Virgen inmaculada, arca de la nueva y eterna alianza,
nos acompañe en este camino al encuentro del Señor que viene. En Ella
encontramos la esencia de la Iglesia realizada del modo más perfecto. La Iglesia
ve en María, « Mujer eucarística » —como la llamó el Siervo de Dios Juan
Pablo II [253]—, su icono más logrado, y la contempla como modelo
insustituible de vida eucarística. Por eso, disponiéndose a acoger sobre el
altar el « verum Corpus
natum de Maria Virgine
», el sacerdote, en nombre de la
asamblea litúrgica, afirma con las palabras del canon: « Veneramos la memoria,
ante todo, de la gloriosa siempre Virgen María, Madre de Jesucristo, nuestro
Dios y Señor ».[254] Su santo nombre se invoca y venera también en los
cánones de las tradiciones cristianas orientales. Los fieles, por su parte, «
encomiendan a María, Madre de la Iglesia, su vida y su trabajo. Esforzándose por
tener los mismos sentimientos de María, ayudan a toda la comunidad a vivir como
ofrenda viva, agradable al Padre ».[255] Ella es la Tota pulchra,
Toda hermosa, ya que en Ella brilla el resplandor de la gloria de Dios. La
belleza de la liturgia celestial, que debe reflejarse también en nuestras
asambleas, tiene un fiel espejo en Ella. De Ella hemos de aprender a
convertirnos en personas eucarísticas y eclesiales para poder presentarnos
también nosotros, según la expresión de san Pablo, « inmaculados » ante el
Señor, tal como Él nos ha querido desde el principio (cf. Col 1,21; Ef
1,4).[256]

97. Que el Espíritu Santo, por intercesión de la Santísima Virgen María,
encienda en nosotros el mismo ardor que sintieron los discípulos de Emaús (cf.
Lc
24,13-35), y renueve en nuestra vida el asombro eucarístico por el
resplandor y la belleza que brillan en el rito litúrgico, signo eficaz de la
belleza infinita propia del misterio santo de Dios. Aquellos discípulos se
levantaron y volvieron de prisa a Jerusalén para compartir la alegría con los
hermanos y hermanas en la fe. En efecto, la verdadera alegría está en reconocer
que el Señor se queda entre nosotros, compañero fiel de nuestro camino. La
Eucaristía nos hace descubrir que Cristo muerto y resucitado, se hace
contemporáneo nuestro en el misterio de la Iglesia, su Cuerpo. Hemos sido hechos
testigos de este misterio de amor. Deseemos ir llenos de alegría y admiración al
encuentro de la santa Eucaristía, para experimentar y anunciar a los demás la
verdad de la palabra con la que Jesús se despidió de sus discípulos: « Yo estoy
con vosotros todos los días, hasta al fin del mundo » (Mt 28,20).

En Roma, junto a san Pedro, el 22 de Febrero, fiesta de la Cátedra del Apóstol
san Pedro, del año 2007, segundo de mi Pontificado.


Notas

[1] Cf. Sto. Tomás de Aquino, Summa Theologiae, III, q. 73, a. 3.

[2] In Iohannis Evangelium Tractatus, 26,5: PL 35, 1609.

[3]
A los participantes en la Asamblea Plenaria de la Congregación para la Doctrina
de la Fe
 (10 febrero 2006): AAS 98 (2006), 255.

[4]
Discurso a los participantes en la III reunión del XI Consejo Ordinario del
Sínodo de los Obispos
 (1 junio 2006): L’Osservatore Romano, ed. en lengua española (9
junio 2006), p. 18.

[5] Cf. Propositio 2.

[6] Me refiero a la necesidad de una hermenéutica de la continuidad con referencia
también a una correcta lectura del desarrollo litúrgico después del Concilio
Vaticano II: cf.
Discurso a la Curia Romana
(22 diciembre 2005): AAS
98 (2006), 44-45.

[7] Cf. AAS 97(2005), 337-352.

[8] Cf.
Año de la Eucaristía. Sugerencias y propuestas
(14 octubre 2004):
L’Osservatore Romano
(15 octubre 2004), Suplemento.

[9] Cf. AAS 95(2003), 433-475. Recuérdese también la Instrucción de la
Congregación para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos,
Redemptionis Sacramentum
(25 marzo 2004): AAS 96 (2004), 549-601,
querida expresamente por Juan Pablo II.

[10] Por recordar sólo los principales: Conc. Ecum. de Trento, Doctrina et canones
de ss. Missae sacrificio
, DS 1738-1759; León XIII, Carta enc.
Mirae Caritatis
(28 mayo 1902): ASS (1903), 115- 136, 115-136; Pío
XII, Carta enc. Mediator Dei (20 noviembre 1947): AAS 39 (1947),
521-595; Pablo VI, Carta enc. Mysterium Fidei (3 septiembre 1965): AAS
57 (1965), 753-774; Juan Pablo II, Carta enc.
Ecclesia de Eucharistia

(17 abril 2003): AAS 95(2003), 433-475; Congregación para el Culto Divino
y la Disciplina de los Sacramentos, Instr. Eucharisticum mysterium (25 mayo 1967): AAS 59 (1967), 539-573; Instr. Liturgiam authenticam
(28 marzo 2001): AAS 93 (2001), 685-726.

[11] Cf. Propositio 1.

[12] N. 14: AAS 98 (2006), 229.

[13]
Catecismo de la Iglesia Católica
, 1327.

[14] Propositio 16.

[15]
Homilía en la Misa de toma de posesión de la Cátedra de Roma
 (7 mayo 2005): AAS 97 (2005), 752.

[16] Cf. Propositio 4.

[17] De Trinitate, VIII, 8, 12: CCL 50, 287.

[18] Carta enc.
Deus caritas est
(25 diciembre 2005), 12: AAS 98
(2006), 228.

[19] Cf. Propositio 3.

[20] Breviario Romano, Himno en el Oficio de lectura de la solemnidad del
Santísimo Cuerpo y Sangre de Cristo
.

[21] Carta enc.
Deus caritas est
(25 diciembre 2005), 13: AAS 98
(2006), 228.

[22]
Homilía en la explanada de Marienfeld
(21 agosto 2005): AAS 97 (2005), 891-892.

[23] Cf. Propositio 3.

[24] Cf. Misal Romano, Plegaria Eucarística IV.

[25] Catequesis XXIII, 7: PG 33, 1114s.

[26] Cf. Sobre el sacerdocio, VI, 4: PG 48, 681.

[27] Ibíd., III, 4: PG 48, 642.

[28] Propositio 22.

[29] Cf. Propositio 42: « Este encuentro eucarístico se realiza en el Espíritu
Santo que nos transforma y santifica. Él despierta en el discípulo la decidida
voluntad de anunciar con audacia a los demás lo que se ha escuchado y vivido,
para acompañarlos al mismo encuentro con Cristo. De este modo, el discípulo,
enviado por la Iglesia, se abre a una misión sin fronteras ».

[30] Cf. Conc. Ecum. Vat. II, Const. dogm.
Lumen gentium
, sobre la Iglesia, 3;
véase, por ejemplo, S. Juan Crisóstomo, Catequesis 3,13-19: SC
50,174-177.

[31] Juan Pablo II, Carta enc.
Ecclesia de Eucharistia
(17 abril 2003), 1:
AAS
95(2003) 433.

[32] Ibíd., 21: AAS 95 (2003), 447.

[33] Cf. Juan Pablo II, Carta enc.
Redemptor hominis
(4 marzo 1979), 20:
AAS
71 (1979), 309-316; Carta ap.
Dominicae Cenae
(24 febrero 1980),
4: AAS 72 (1980), 119-121.

[34] Cf. Propositio 5.

[35] Cf. Sto. Tomás de Aquino, Summa Theologiae, III, q. 80, a. 4.

[36] N. 38: AAS 95 (2003), 458.

[37] Conc. Ecum. Vat. II, Const. dogm.
Lumen gentium,
sobre la Iglesia, 23.

[38] Congregación para la Doctrina de la Fe, Carta
Communionis notio
, sobre
algunos aspectos de la Iglesia como comunión (28 mayo 1992), 11: AAS 85
(1993), 844-845.

[39] Propositio 5: « El término “católico” expresa la universalidad que proviene de la unidad
que la Eucaristía, que se celebra en cada Iglesia, favorece y edifica. En la
Eucaristía, las Iglesias particulares tienen el papel de hacer visible en la
Iglesia universal su propia unidad y su diversidad. Esta relación de amor
fraterno deja entrever la comunión trinitaria. Los concilios y los sínodos
expresan en la historia este aspecto fraterno de la Iglesia ».

[40] Cf. ibíd.

[41] Decr.
Presbyterorum Ordinis
, sobre el ministerio y vida de los
presbíteros, 5.

[42] Cf. Propositio 14.

[43] Const. dogm.
Lumen gentium,
sobre la Iglesia, 1.

[44] De Orat. Dom., 23: PL 4, 553.

[45] Conc. Ecum. Vat. II, Const. dogm.
Lumen gentium
, sobre la Iglesia, 48; cf. también
ibíd.
, 9.

[46] Cf. Propositio 13.

[47] Cf. Conc. Ecum. Vat. II, Const. dogm.
Lumen gentium
, sobre la Iglesia, 7.

[48] Cf. ibíd., 11; Conc. Ecum. Vat. II, Decr.
Ad gentes,
sobre la
actividad misionera de la Iglesia, 9.13.

[49] Cf. Juan Pablo II, Carta ap.
Dominicae Cenae
(24 febrero 1980), 7: AAS
72 (1980), 124-127; Conc. Ecum. Vat. II, Decr.
Presbyterorum Ordinis,

sobre el ministerio y vida de los presbíteros, 5.

[50] Cf. Código de los Cánones de las Iglesias Orientales, can. 710.

[51] Cf. Rito de la iniciación cristiana de los adultos, Introd. gen., nn.
34-36.

[52] Cf. Rito del Bautismo de los niños, Introd. nn. 18-19.

[53] Cf. Propositio 15.

[54] Cf. Propositio 7. Juan Pablo II, Carta enc.
Ecclesia de Eucharistia

(17 abril 2003), 36: AAS 95 (2003), 457-458.

[55] Cf. Juan Pablo II, Exhort. ap. postsinodal
Reconciliatio et paenitentia

(2 diciembre 1984), 18: AAS 77 (1985), 224-228.

[56] Cf.
Catecismo de la Iglesia Católica
, 1385.

[57] A este respecto, se puede pensar en el Confiteor o en las palabras del
sacerdote y de la asamblea antes de acercarse al altar: « Señor, no soy digno
de que entres en mi casa, pero una palabra tuya bastará para sanarme
». La
liturgia prevé justamente algunas oraciones muy bellas para el sacerdote,
transmitidas por la tradición y que le recuerdan la necesidad de ser perdonado,
como, por ejemplo, las que se pronuncian en voz baja antes de invitar a los
fieles a la comunión sacramental: « líbrame, por la recepción de tu Cuerpo y
de tu Sangre, de todas mis culpas y de todo mal. Concédeme cumplir siempre tus
mandamientos y jamás permitas que me separe de ti
».

[58] Cf. S. Juan Damasceno, Sobre la recta fe, IV, 9: PG 94, 1124C; S.
Gregorio Nacianceno, Discurso 39, 17: PG 36, 356A; Conc. Ecum. de
Trento, Doctrina de sacramento paenitentiae, cap. 2: DS 1672.

[59] Cf. Conc. Ecum. Vat. II, Cost. dogm.
Lumen gentium,
 sobre la Iglesia, 11; Juan Pablo II, Exhort. ap. postsinodal
Reconciliatio et paenitentia
(2 diciembre 1984), 30: AAS 77 (1985),
256-257.

[60] Cf. Propositio 7.

[61]Cf. Juan Pablo II, Motu proprio
Misericordia Dei
(7 abril
2002): AAS 94 (2002), 452-459.

[62] Junto con los Padres sinodales, recuerdo que las celebraciones penitenciales no
sacramentales, mencionadas en el ritual del sacramento de la Reconciliación,
pueden ser útiles para aumentar el espíritu de conversión y de comunión en las
comunidades cristianas, preparando así los corazones a la celebración del
sacramento: cf. Propositio 7.

[63] Cf.
Código de Derecho Canónico
, can. 508.

[64] Pablo VI, Const. ap. Indulgentiarum doctrina (1 enero 1967), Normae,
n. 1: AAS 59 (1967), 21.

[65] Ibíd., 9: AAS 59 (1967), 18-19.

[66] Cf.
Catecismo de la Iglesia Católica
, 1499-1531.

[67]
Ibíd
.,
1524.

[68] Cf. Propositio 44.

[69] Cf. Sínodo de los Obispos, II Asamblea General, Documento sobre el sacerdocio
ministerial Ultimis temporibus (30 noviembre 1971): AAS 63 (1971),
898-942.

[70] Cf. Juan Pablo II, Exhort. ap. postsinodal
Pastores dabo vobis
(25 marzo
1992), 42-69: AAS 84 (1992), 729-778.

[71] Cf. Conc. Ecum. Vat. II, Const. dogm.
Lumen gentium
, sobre la Iglesia,
10; Congregación para la Doctrina de la Fe, Carta sobre algunas cuestiones
concernientes al ministro de la Eucaristía Sacerdotium ministeriale (6
agosto 1983): AAS 75 (1983), 1001-1009.

[72]
Catecismo de la Iglesia Católica
, 1548.

[73]
Ibíd.
,
1552.

[74] Cf. In Iohannis Evangelium Tractatus 123, 5: PL 35, 1967.

[75] Cf. Propositio 11.

[76] Cf. Decr.
Presbyterorum Ordinis
, sobre el ministerio y vida de los
presbíteros, 16.

[77] Cf. Juan XXIII, Carta enc. Sacerdotii nostri primordia (1
agosto 1959): AAS 51 (1959), 545-579; Pablo VI, Carta enc. Sacerdotalis coelibatus (24 junio 1967): AAS 59 (1967), 657-697; Juan Pablo II, Exhort. ap.
postsinodal
Pastores dabo vobis
(25 marzo 1992), 29: AAS 84
(1992), 703-705; Benedicto XVI,
Discurso a la Curia Romana
( 22 diciembre
2006): L’Osservatore Romano, ed. en lengua española (29 diciembre 2006),
p. 7.

[78] Cf. Propositio 11.

[79] Cf. Conc. Ecum. Vat. II, Decr.
Optatam totius,
sobre la formación
sacerdotal, 6; Código de Derecho Canónico, can. 241, § 1 y can. 1029;
Código de los Cánones de las Iglesias Orientales
, can. 342, § 1 y can. 758;
Juan Pablo II, Exhort. ap. postsinodal
Pastores dabo vobis
(25 marzo
1992) 11.34.50: AAS 84 (1992), 673-675; 712-714; 746-748; Congregación
para el Clero, Directorio para el ministerio y la vida de los presbíteros
Dives Ecclesiae
(31 marzo 1994), 58: LEV, 1994, pp. 56-58;
Congregación para la Educación Católica,
Instrucción sobre los criterios de
discernimiento vocacional sobre las personas con tendencias homosexuales con
vistas a su admisión al Seminario y a las Órdenes sagradas
(4 noviembre 2005):
AAS
97 (2005), 1007-1013.

[80] Cf. Propositio 12; Juan Pablo II, Exhort. ap. postsinodal
Pastores dabo vobis
(25 marzo 1992) 41: AAS 84 (1992), 726-729.

[81] Conc. Ecum. Vat. II, Const. dogm.
Lumen gentium,
sobre la Iglesia, 29.

[82] Cf. Propositio 38.

[83] Cf. Juan Pablo II, Exhort. ap. postsinodal
Familiaris consortio
(22
noviembre 1981), 57: AAS 74 (1982), 149-150.

[84] Carta ap.
Mulieris dignitatem
(15 agosto 1988), 26: AAS 80 (1988),
1715-1716.

[85]
Catecismo de la Iglesia Católica
, 1617.

[86] Cf. Propositio 8.

[87] Cf. Conc. Ecum. Vat. II, Const. dogm.
Lumen gentium,
sobre la Iglesia,
11.

[88]Cf. Propositio 8.

[89] Cf. Juan Pablo II, Carta ap.
Mulieris dignitatem
(15 agosto 1988): AAS
80 (1988), 1653-1729; Congregación para la Doctrina de la Fe,
Carta a los
Obispos de la Iglesia Católica sobre la colaboración del hombre y de la mujer en
la Iglesia y en el mundo
(31 mayo 2004): AAS 96 (2004), 671-687.

[90] Cf. Propositio 9.

[91] Cf.
Catecismo de la Iglesia Católica
, 1640.

[92] Cf. Juan Pablo II, Exhort. ap. postsinodal
Familiaris consortio
(22
noviembre 1981), 84: AAS 74 (1982), 184-186; Congregación para la
Doctrina de la Fe,
Carta a los Obispos de la Iglesia Católica sobre la recepción
de la comunión eucarística por parte de los fieles divorciados y vueltos a casar
Annus Internationalis Familiae
(14 septiembre 1994): AAS 86
(1994), 974-979.

[93] Cf. Consejo Pontificio para los Textos Legislativos, Instrucción sobre las
normas que han de observarse en los tribunales eclesiásticos en las causas
matrimoniales
Dignitas connubii
(25 enero 2005), Ciudad del Vaticano,
2005.

[94] Cf. Propositio 40.

[95]
Discurso al Tribunal de la Rota Romana con ocasión de la inauguración del año
judicial
 (28 enero 2006): AAS 98 (2006), 138.

[96] Cf. Propositio 40.

[97] Cf. ibíd.

[98] Cf. ibíd.

[99] Cf. Conc. Ecum. Vat. II, Const. dogm.
Lumen gentium
, sobre la Iglesia,
48.

[100] Cf. Propositio 3.

[101] A este propósito, quisiera recordar las palabras llenas de esperanza y de
consuelo de la Plegaria eucarística II: « Acuérdate también de nuestros
hermanos que durmieron en la esperanza de la resurrección, y de todos los que
han muerto en tu misericordia; admítelos a contemplar la luz de tu rostro ».

[102] Cf.
Homilía
(8 diciembre 2005): AAS 98 (2006), 15-16.

[103] Const. dogm.
Lumen gentium
, sobre la Iglesia, 58.

[104] Propositio 4.

[105] Relatio post disceptationem, 4: L’Osservatore Romano
(14 octubre 2005), p. 5.

[106] Cf. Serm. 1, 7; 11, 10; 22, 7; 29, 76: Sermones dominicales ad fidem
codicum nunc denuo editi,
Grottaferrata, 1977, pp.135, 209 s., 292 s., 337;
Benedicto XVI,
Mensaje a los Movimientos Eclesiales y a las Nuevas
Comunidades
(22 mayo 2006): AAS 98 (2006), 463.

[107] Cf. Conc. Ecum. Vat. II, Const. past.
Gaudium et spes
, sobre la Iglesia en el mundo actual, 22.

[108] Cf. Conc. Ecum. Vat. II, Const. dogm.
Dei Verbum
, sobre la divina
revelación, 2.4.

[109] Propositio 33.

[110] Sermo 227, 1: PL 38, 1099.

[111] S. Agustín, In Iohannis Evangelium Tractatus, 21, 8: PL 35, 1568.

[112] Ibíd., 28,1: PL 35, 1622.

[113] Cf. Propositio 30. La santa Misa que la Iglesia celebra durante la
semana, y a la que se invita a los fieles a participar, tiene también su
paradigma en el día del Señor, el día de la resurrección de Cristo;
Propositio
43.

[114] Cf. Propositio 2.

[115] Cf. Propositio 25.

[116] Cf. Propositio 19. La Propositio 25 especifica: « Una auténtica
acción litúrgica expresa la sacralidad del Misterio eucarístico. Ésta debería
reflejarse en las palabras y las acciones del sacerdote celebrante mientras
intercede ante Dios, tanto con los fieles como por ellos ».

[117] Ordenación General del Misal Romano, 22; cf. Conc. Ecum. Vat. II, Const.
Sacrosanctum Concilium
, sobre la
sagrada liturgia, 41; Congregación para el Culto Divino y la Disciplina de los
Sacramentos, Instr.
Redemptionis Sacramentum
(25 marzo 2004), 19-25:
AAS
96 (2004), 555-557.

[118] Cf. Conc. Ecum. Vat. II, Decr.
Christus Dominus
, sobre la función
pastoral de los obispos, 14; Const.
Sacrosanctum Concilium
, sobre la
sagrada liturgia, 41.

[119] Ordenación General del Misal Romano, 22.

[120] Cf. ibíd.

[121] Cf. Propositio 25.

[122] Cf. Conc. Ecum. Vat. II, Const.
Sacrosanctum Concilium
, sobre la sagrada liturgia, 112-130.

[123] Cf. Propositio 27.

[124] Cf. ibíd.

[125] Con referencia a estos aspectos, es necesario atenerse fielmente a lo
establecido en la Ordenación General del Misal Romano, 319-351.

[126] Cf. Ordenación General del Misal Romano, 39-41; Conc. Ecum. Vat. II, Const.
Sacrosanctum Concilium
, sobre la sagrada liturgia,
112-118.

[127] Sermo 34, 1: PL 38, 210.

[128] Cf. Propositio 25: « Como todas las expresiones artísticas, también el
canto debe armonizarse íntimamente con la liturgia y contribuir eficazmente a su
finalidad, es decir, ha de expresar la fe, la oración, la admiración y el amor a
Jesús presente en la Eucaristía ».

[129] Cf. Propositio 29.

[130] Cf. Propositio 36.

[131] Cf. Conc. Ecum. Vat. II, Const.
Sacrosanctum Concilium
, sobre la sagrada
liturgia, 116; Ordenación General del Misal Romano, 41.

[132] Ordenación General del Misal Romano, 28; cf. Conc. Ecum. Vat. II, Const.
Sacrosanctum Concilium
, sobre la
sagrada liturgia, 56; Sagrada Congregación de Ritos, Instr. Eucharisticum
Mysterium
(25 mayo 1967), 3: AAS 57 (1967), 540-543.

[133] Cf. Propositio 18.

[134] Ibíd.

[135] Ordenación General del Misal Romano, 29.

[136] Cf. Juan Pablo II, Carta. enc.
Fides et ratio
 (14 septiembre 1998), 13: AAS 91 (1999), 15-16.

[137] S. Jerónimo, Comm. in Is., Prol.: PL 24, 17; cf. Conc.
Ecum. Vat. II, Const. dogm.
Dei Verbum
, sobre la divina revelación, 25.

[138] Cf. Propositio 31.

[139] Cf. Ordenación General del Misal Romano, 29; Conc. Ecum. Vat. II, Const.
Sacrosanctum Concilium
, sobre la sagrada liturgia,
7.33.52.

[140] Propositio 19.

[141] Cf. Conc. Ecum. Vat. II, Const.
Sacrosanctum Concilium
, sobre la sagrada
liturgia, 52.

[142] Cf. Conc. Ecum. Vat. II, Const. dogm.
Dei Verbum
, sobre la divina
revelación, 21.

[143] Para este fin, el Sínodo ha exhortado a elaborar elementos pastorales basados en
el leccionario trienal, que ayuden a unir intrínsecamente la proclamación de las
lecturas previstas con la doctrina de la fe: cf. Propositio 19.

[144] Cf. Propositio 20.

[145] Ordenación General del Misal Romano, 78.

[146] Cf. ibíd. 78-79.

[147] Cf. Propositio 22.

[148] Ordenación General del Misal Romano, 79d.

[149] Ibíd. 79c.

[150] Teniendo en cuenta costumbres antiguas y venerables, así como los deseos
manifestados por los Padres sinodales, he pedido a los Dicasterios competentes
que estudien la posibilidad de colocar el rito de la paz en otro momento, por
ejemplo, antes de la presentación de las ofrendas en el altar. Por lo demás,
dicha opción recordaría de manera significativa la amonestación del Señor sobre
la necesidad de reconciliarse antes de presentar cualquier ofrenda a Dios (cf.
Mt 5,23 s.): cf. Propositio 23.

[151] Cf. Congregación para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos, Instr.

Redemptionis Sacramentum
(25 marzo 2004), 80-96: AAS 96 (2004),
574-577.

[152] Cf. Propositio 34.

[153] Cf. Propositio 35.

[154] Cf. Propositio 24.

[155] Cf. Const.
Sacrosanctum Concilium
, sobre la sagrada liturgia, 14-20; 30
s.; 48 s.; Congregación para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos,
Instr.
Redemptionis Sacramentum
(25 marzo 2004), 36-42: AAS 96
(2004), 561-564.

[156] N. 48.

[157] Ibíd.

[158] Cf. Congregación para el Clero y otros Dicasterios de la Curia Romana, Instr.
Sobre algunas cuestiones acerca de la colaboración de los fieles laicos en el
sagrado ministerio de los sacerdotes, Ecclesiae de mysterio (15 agosto
1997): AAS 89 (1997), 852-877.

[159] Cf. Propositio 33.

[160] Ordenación General del Misal Romano, 92.

[161] Cf. ibíd., 94.

[162] Cf. Conc. Ecum. Vat. II, Decr.
Apostolicam actuositatem,
sobre el
apostolado de los laicos, 24; Ordenación General del Misal Romano, nn.
95-111; Congregación para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos,
Instr.
Redemptionis Sacramentum
(25 marzo 2004), 43-47: AAS 96
(2004), 564-566; Propositio 33: « Se han de introducir estos ministerios
de acuerdo con un mandato específico y las exigencias reales de la comunidad que
celebra. Las personas encargadas de estos servicios litúrgicos laicales han de
ser elegidas con mucha atención, bien preparadas y acompañadas con una formación
permanente. Su nombramiento ha de ser temporal. Dichas personas deben ser
conocidas por la comunidad y recibir de ella el debido reconocimiento ».

[163] Cf. Conc. Ecum. Vat. II, Const.
Sacrosanctum Concilium
, sobre la sagrada
liturgia, 37-42.

[164] Cf. nn. 386-399.

[165] AAS 87 (1995), 288-314.

[166] Cf. Exhort. ap. postsinodal Ecclesia in Africa (14 septiembre 1995),
55-71; Exhort. ap. postsinodal Ecclesia in America (22 enero 1999),
16.40.64.70-72: AAS 91 (1999), 752-753; 775-776; 799; 805-809; Exhort.
ap. postsinodal Ecclesia in Asia (6 noviembre 1999), 21s.: AAS 92
(2000), 482-487; Exhort. ap. postsinodal Ecclesia in Oceania (22
noviembre 2001), 16: AAS 94 (2002), 382- 384; Exhort. ap. postsinodal
Ecclesia in Europa
(28 junio 2003), 58- 60: AAS 95 (2003), 685-686.

[167] Cf. Propositio 26.

[168] Cf. Propositio 35; Conc. Ecum. Vat. II, Const.
Sacrosanctum Concilium
,
sobre la sagrada liturgia, 11.

[169] Cf.
Catecismo de la Iglesia Católica
, 1388; Conc. Ecum. Vat. II, Const.
Sacrosanctum Concilium
, sobre la sagrada liturgia, 55.

[170] Cf. Carta enc.
Ecclesia de Eucharistia
 (17 abril 2003), 34: AAS 95 (2003), 456.

[171] Así, por ejemplo, Sto. Tomás de Aquino, Summa Theologiae, III, q. 80, a.
1,2; Sta. Teresa de Jesús, Camino de perfección, cap. 35. La doctrina ha
sido confirmada con autoridad por el Concilio de Trento, sess. XIII, c. VIII.

[172] Cf. Juan Pablo II, Carta enc.
Ut unum sint
(25 mayo 1995), 8: AAS
87 (1995), 925-926.

[173] Cf. Propositio 41; Conc. Ecum. Vat. II, Decr.
Unitatis redintegratio
, sobre el ecumenismo, 8,15; Juan Pablo
II, Carta enc. Ut unum sint (25 mayo 1995), 46: AAS 87 (1995),
948; Carta enc. Ecclesia de Eucharistia (17 abril 2003), 45-46: AAS
95 (2003), 463- 464;
Código de Derecho Canónico
, can. 844 §§ 3-4;
Código de los Cánones de las Iglesias Orientales
, can. 671 §§ 3-4; Consejo
Pontificio para la Unidad de los Cristianos, Directoire pour l’application
des principes et des normes sur l’œcuménisme
(25 marzo 1993), 125, 129-131:
AAS 85 (1993), 1087, 1088-1089.

[174] Cf. nn. 1398-1401.

[175] Cf. n. 293.

[176]Cf. Consejo Pontificio de las Comunicaciones Sociales, Instr. past.
sobre las Comunicaciones Sociales en el 20º aniversario de la « Communio et
progressio »,
Aetatis novae
(22 febrero 1992): AAS 84 (1992),
447-468.

[177] Cf. Propositio 29.

[178] Cf. Propositio 44.

[179] Cf. Propositio 48.

[180] Este conocimiento se puede adquirir también en los años de formación de los
candidatos al sacerdocio en el seminario mediante iniciativas apropiadas: cf.
Propositio
45.

[181] Cf. Propositio 37.

[182] Cf. Const.
Sacrosanctum Concilium
, sobre la sagrada liturgia, 36 y 54.

[183] Propositio 36.

[184] Cf. ibíd.

[185] Cf. Propositio 32.

[186]Cf. Propositio 14.

[187] Propositio 19.

[188] Cf. Propositio 14.

[180] Cf.
Homilía en las primeras Vísperas de Pentecostés
(3 junio 2006):
AAS
98 (2006), 509.

[190] Cf. Propositio 34.

[191] Enarrationes in Psalmos 98,9 CCL XXXIX 1385; cf.
Discurso a la Curia Romana
(22 diciembre
2005): AAS 98 (2006), 44-45.

[192] Cf. Propositio 6.

[193]
Discurso a la Curia Romana
(22 diciembre 2005): AAS 98 (2006), 45.

[194] Cf. Propositio 6; Congregación para el Culto Divino y la Disciplina de
los Sacramentos,
Directorio sobre la piedad popular y liturgia
(17
diciembre 2001), nn. 164-165, Ciudad del Vaticano 2002; Sagrada Congregación de
Ritos, Instr. Eucharisticum Mysterium (25 mayo 1967): AAS 57
(1967), 539-573.

[195] Cf. Relatio post disceptationem, 11: L’Osservatore Romano (14
octubre 2005), p. 5.

[196]Cf. Propositio 28.

[197] Cf. n. 314.

[198] VII, 10, 16: PL 32, 742.

[199]
Homilía en la Explanada de Marienfeld
, (21 agosto 2005): AAS 97 (2005), 892; cf.
Homilía en la Vigilia de
Pentecostés
(3 junio 2006): AAS 98 (2006), 505.

[200] Cf. Relatio post disceptationem, 6,47: L’Osservatore
Romano
(14 octubre 2005), pp. 5. 6; Propositio 43.

[201] De civitate Dei, X, 6: PL 41, 284.

[202] Cf.
Catecismo de la Iglesia Católica
, 1368.

[203] Cf. S. Ireneo, Contra las herejías IV, 20, 7: PG 7, 1037.

[204] A los Magnesios, 9,1-2: PG 5, 670.

[205] Cf. I Apología 67, 1-6; 66: PG 6, 430 s. 427.
430.

[206] Cf. Propositio 30.

[207] Cf. AAS 90 (1998), 713-766.

[208] Propositio 30.

[209]
Homilía
 (19 marzo 2006): AAS 98 (2006), 324.

[210] Señala a este respecto el
Compendio de la doctrina social de la Iglesia
,
258: « El descanso abre al hombre, sujeto a la necesidad del trabajo, la
perspectiva de una libertad más plena, la del Sábado eterno (cf. Hb
4,9-10). El descanso permite a los hombres recordar y revivir las obras de Dios,
desde la Creación hasta la Redención, reconocerse a sí mismos como obra suya
(cf. Ef 2,10), y dar gracias por su vida y su subsistencia a Él, que de
ellas es el Autor ».

[211] Cf. Propositio 10.

[212] Cf. ibíd..

[213] Cf.
Discurso a los obispos de la conferencia episcopal de Canadá – Quebec en
visita ad limina Apostolorum
(11 mayo 2006): L’Osservatore Romano (12
mayo 2006), p. 5.

[214] N. 10: AAS 71(1979), 414-415.

[215]
Audiencia general del 29 marzo 2006: L’Osservatore Romano, ed. en lengua
española
(31 marzo 2006), p. 16.

[216] Propositio 39.

[217] Cf. Relatio post disceptationem, 30: L’Osservatore Romano (14
octubre 2005), p. 6.

[218] Cf. Conc. Ecum. Vat. II, Const. dogm.
Lumen gentium
sobre la Iglesia,
39-42.

[219] Cf. Juan Pablo II, Exhort. ap. postsinodal
Christifideles laici
(30
diciembre 1988), 14.16: AAS 81 (1989), 409-413; 416-418.

[220] Cf. Propositio 39.

[221] Cf. ibíd.

[222] Pontifical Romano. Ordenación del Obispo, de Presbíteros y de Diáconos, Rito de la
ordenación del presbítero, n. 150.

[223] Cf. Juan Pablo II, Exhort. ap. postsinodal
Pastores dabo vobis
(25 marzo
1992),19-33; 70-81: AAS 84 (1992), 686-712; 778-800.

[224] Propositio 38.

[225] Propositio 39. Cf. Juan Pablo II, Exhort. ap. postsinodal
Vita consecrata
(25
marzo 1996), 95: AAS 88 (1996), 470-471.

[226]
Código de Derecho Canónico
, can. 663, § 1.

[227] Cf. Juan Pablo II, Exhort. ap. postsinodal
Vita consecrata
(25 marzo
1996), 34: AAS 88 (1996), 407-408.

[228] Carta enc.
Veritatis splendor
 (6 agosto 1993), 107: AAS 85 (1993), 1216-1217.

[229] Carta enc.
Deus caritas est
 (25 diciembre 2005), 14: AAS 98 (2006), 229.

[230] Cf. Juan Pablo II, Carta enc.
Evangelium vitae
(25 marzo 1995): AAS
87 (1995), 401-522; Benedicto XVI,
Discurso a un congreso organizado por la
Academia Pontificia para la vida
(27 febrero 2006): AAS 98 (2006),
264-265.

[231] Cf. Congregación para la Doctrina de la Fe,
Nota doctrinal acerca de algunas
cuestiones con respecto al comportamiento de los católicos en la vida polític
a
(24 noviembre 2002): AAS 95 (2004), 359-370.

[232] Cf. Propositio 46.

[233] AAS (2005), 711.

[234] Propositio 42.

[235] Cf. Martirio de Policarpo, XV, 1: PG 5, 1039. 1042.

[236] A los Romanos, IV,1: PG 5, 690.

[237]Cf. Conc. Ecum. Vat. II, Const. dogm.
Lumen gentium
sobre la Iglesia, 42.

[238] Cf. Propositio 42; Congregación para la Doctrina de la Fe, Decl. sobre la
unicidad y la universalidad salvífica de Jesucristo y de la Iglesia
Dominus
Iesus
(6 agosto 2000), 13-15: AAS 92 (2000), 754-755.

[239] Cf. Propositio 42.

[240]Carta enc.
Deus caritas est
(25 diciembre 2005), 18: AAS 98
(2006), 232.

[241] Ibíd., n. 14.

[242] Durante la asamblea sinodal hemos escuchado conmovidos testimonios muy
significativos acerca de la eficacia del sacramento en la obra de pacificación.
Se afirma al respecto en la Propositio 49: « Gracias a las celebraciones
eucarísticas, pueblos en conflicto se han podido reunir alrededor de la Palabra
de Dios, escuchar su anuncio profético de reconciliación a través del perdón
gratuito, recibir la gracia de la conversión que permite la comunión en el mismo
pan y en el mismo cáliz ».

[243] Cf. Propositio 48.

[244] Carta enc.
Deus caritas est
(25 diciembre 2005), 28: AAS 98
(2006), 239.

[245] Propositio 48.

[246]
Discurso al Cuerpo
diplomático acreditado ante la Santa Sede
 (9 enero 2006), 28: AAS 98 (2006), 127.

[247] Ibíd.

[248] Cf. Propositio 48. A este respecto es muy útil el
Compendio de la doctrina social de la Iglesia.

[249] Cf. Propositio 43.

[250] Cf. Propositio 47.

[251] Cf. Propositio 17.

[252] Acta SS. Saturnini, Dativi et aliorum plurimorum martyrum in Africa, 7. 9. 10: PL 8, 707.709-710.

[253] Cf. Carta enc.
Ecclesia de Eucharistia
(17 abril 2003), 53: AAS 95
(2003), 469.

[254] Plegaria Eucarística I (Canon Romano).

[255] Propositio 50.

[256] Cf.
Homilía
(8 diciembre 2005): AAS 98 (2006), 15.

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